Viaje a las "noches blancas" de San Petersburgo, donde el sol nunca se va del todo

por Ricardo Marquina Montañana, desde San Petersburgo

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Es la una de la madrugada en San Petersburgo, cientos de personas pasean por esta noche de finales de junio junto al río Neva, disfrutando de uno de los momentos del año que hace única a esta ciudad del norte de Rusia: las Noches Blancas.

El sol ya no se ve, desde hace una hora, a la medianoche, pero la luz sigue presente. Podrían ser las 7 de la tarde de un verano en cualquier ciudad de centro Europa.

Atraídos por la belleza de la ciudad de los zares, miles de personas pasean en dirección a los principales puentes del centro sobre el río Neva, el Troitsky y el Dvortsovy, que unen la zona del palacio Hermitage, al sur, con el barrio de Petrogrado y el Castillo de Pedro y Pablo, al norte.

Los dos puentes, a las 1:20 de la mañana, comienzan lentamente a elevarse, para así dejar paso a los barcos mercantes rusos en su camino al mar báltico.

Entre la marea de turistas están Anna, Katya y Nadia, tres amigas, de unos 20 años, venidas desde Murmansk, en el extremo norte del país. Viven en San Petersburgo desde hace unos años, donde llegaron a estudiar. "En Murmansk las noches blancas son mucho más intensas" dice Nadia, "allí el sol nunca se retira en toda la noche, es difícil dormir". Anna, la más joven, es la primera vez que viene a ver los puentes, y no parece muy emocionada "Esperaba algo más espectacular" dice. Aunque son miles las personas que parecen estar pasándolo en grande en ese mismo momento.

Anna, Katya y Nadia viven en la zona norte de la ciudad, con lo que, hasta que no bajen los puentes, a las 6 de la madrugada, no podrán volver a casa. Como ellas, miles de personas comparten destino, y por ello los bares y discotecas del centro están, este fin de semana, atiborrados de gente.

La calle Dumskaya de Piter (la gente local llama Piter a San Petersburgo), es uno de los clásicos nocturnos de la ciudad. Unos 20 bares comparten calle, pero la temperatura, 22 grados, y la luz de esta madrugada, invitan a estar fuera.

Frente a uno de los locales más conocidos, el bar Fidel, encontramos a Jorge y Antonio, venidos de Buenos Aires para un festival de tango. Esta es la tercera vez para Jorge, que se confiesa enamorado de la ciudad. "Es una ciudad hermosísima, jamás vine en invierno, pero el verano es espectacular".

Lejos ya del bullicio de los bares, los turistas pasean con más calma junto al canal Griboyédova, donde se levanta la "Catedral de la Sangre Derramada", que debe su nombre a que fue edificada sobre el lugar donde fue asesinado el Zar Alejandro II de Rusia, el 13 de marzo de 1881.

Bajo sus imponentes cúpulas, vendedores de toda guisa ofrecen al visitante objetos de recuerdo de lo más variopinto: matrioscas, gorros de piel, medallas soviéticas, imanes de nevera en forma de tostada con caviar… Llama poderosamente la atención la sensación de seguridad que respira la zona, pese al trasiego incesante de gente, turistas con costosas cámaras fotográficas y carteras rebosantes de rublos. "Esta es una ciudad tranquila" me dice Paula, una joven española que estudia piano en la Universidad Estatal, su amiga Andrea, de Ecuador, asegura que "en Quito no salgo nunca sola por las noches, y aquí no hay ningún problema".

Una de las actividades más populares en estas noches sin noche, es subir a los tejados de los edificios emblemáticos del centro. No es ilegal, pero no está regulado, por lo que los turistas que optan por esta experiencia, generalmente contratando los servicios de un guía por internet, se arriesgan a que un vecino indignado les corte el paso en las escaleras, pero, una vez arriba, el espectáculo es magnífico.

Sobre uno de estos tejados, en la plaza Sennaya, a las 3 de la mañana con el sol ya visible en el horizonte, Pavel e Igor, dos amigos de unos 35 años, abren una cerveza cada uno, apoyados a una chimenea de comienzos del sXX.

Han salido de fiesta y han decidido terminarla aquí, no es la primera vez, ni seguramente la última. Frente a ellos, el sol comienza a subir sobre los tejados y el mar de antenas y cables de San Petersburgo, sin duda la más hermosa de las ciudades de Rusia.