“Marco al teléfono, me contesta una secretaria y le digo ‘¿Me puede comunicar con Florián Salazar-Martín por favor?’. Me ponen al teléfono, me contesta Florián y me dice ‘¿Quién habla?’, le contesto:
‘Julio Godínez, soy reportero mexicano’
‘¿Qué quieres?’
‘¿Quiero saber si usted es el hijo de José Luis Salazar Martín’ se queda callado y luego me dice ‘Sí, soy yo ¿Qué se le ofrece?’”.
Julio Godínez es un periodista mexicano que vive su día a día entre Bélgica y su país natal. “El Mexicano de Buchenwald”, libro de su autoría que cuenta la historia de dos nacionales que pasaron una temporada al interior de un campo de concentración en territorio alemán, es el resultado de cuatro años de investigación que comenzaron a partir de que se abrieron los archivos de Bad Arolsen, que contienen los nombres de miles de personas que pasaron por las máquinas de genocidio diseñadas por el nazismo alemán.

Ahí, Godínez, y varios compañeros periodistas suyos, encontraron las insólitas historias de varias mexicanas y mexicanos que vivieron desde adentro los terrores del holocausto. Sin embargo, un par de nombres llamaron especialmente la atención de Julio. Él cuenta en especial el caso de José Luis Salazar Martín, quien se identificó en el campo de concentración como originario de “El Paso, México”. El detalle que inquietó a Godínez fue que, para el momento en que José Luis llegó a Buchenwald, la región de El Paso llevaba ya casi 100 años de que fue arrebatada a México por las fuerzas armadas estadounidenses.
“A mí, todas esas inconexiones me saltaron y dije ‘aquí hay algo para contar’”. ¿Qué sentido tenía que una persona diera información engañosa sobre un detalle tan pequeño como que El Paso pertenecía a México en vez de a los Estados Unidos? Esa pregunta, así como la novedad de encontrar nombres de personas mexicanas en las listas de los campos de concentración alemanes, fueron el primer impulso que llevaron a cuatro años de indagar en el pasado de José Luis.
Pese a las dificultades de indagar en hechos que ocurrieron hace décadas, Godínez se encontró con un ambiente deseoso de compartir información. “La gente que trabaja archivos, historia, es gente que siempre está dispuesta a ayudar. Es gente que se emociona mucho. Cada vez que yo les mencionaba esta historia, la gente se maravillaba. Me decían ‘¿Es que cómo pudo haber mexicanos en campos de concentración? ¿Qué hacían aquí?’”.

Responder esas mismas dudas fue una actividad que empezó como un hobby. Sin embargo, tras cuatro años, ese entretenimiento tomó la forma de una novela. Godínez dio el paso de periodista a escritor, obedeciendo al llamado que le hacía la misma historia que deseaba contar: “Nosotros [las y los periodistas] ocupamos la escritura como una herramienta de trabajo, pero en realidad muchas veces no nos sentimos escritores. Tenemos ese deseo, pero no nos sentimos como tal”.
Aunque la investigación historiográfica, de archivo e indagación entre documentos con décadas de antigüedad, fue una de las labores que más tiempo le ocupó a Julio, él narra un momento culminante en el que el pasado colisionó con el presente:
Siguiendo los apellidos de José Luis Salazar Martín y el cúmulo de documentos que dejó a su nombre tras pasar por la dictadura de Francisco Franco en España, la resistencia en Francia y el campo de concentración en Alemania, Godínez dió con uno de los descendientes del mexicano de Buchenwald.

Así también se dio cuenta del origen verdadero de José Luis, quien en realidad había nacido en la provincia de Málaga, en España. En un desesperado intento por escapar de la guerra hacia México (como lo hicieron años antes muchos otros españoles y españolas, huyendo de la dictadura de Francisco Franco) decidió mentir sobre su lugar de origen. Así, se convirtió en otro mexicano al interior del campo de Buchenwald, proveniente del ficticio “El Paso, México”.
Godínez aclara que, aunque el título está en singular, su novela es el relato paralelo de dos personas que pasaron por los horrores de la Alemania nazi. El otro personaje de su libro es un auténtico mexicano: Juan Rodrigo Del Fierro. El autor logró averiguar que su familia estaba conformada por una madre estadounidense de buen abolengo, mientras que su padre era originario de la comunidad de Nazas, en el estado de Durango. Sin embargo, nunca pudo seguir el rastro de la familia hasta Europa, por lo que la explicación de cómo acabó en un campo de concentración junto a José Luis permanece un misterio.
José Luis fue uno de esos personajes que atestiguaron los horrores de los campos de concentración y sobrevivieron. De hecho, alguna vez intentó que se le repararan los daños por el terror sufrido. Fue esta la clave que permitió a Godínez dar con uno de sus descendientes, puesto que en su regreso a Francia tras los campos de concentración, José Luis le reclama a los franceses por haberlo deportado. En los documentos que dan fe de sus quejas, él mismo apunta los nombres de sus hijos.
Así que, un día, Julio decide levantar el teléfono y marcar el número que encontró durante una búsqueda de internet: “‘¿Me puede comunicar con Florián Salazar-Martín por favor?’. Me ponen al teléfono, me contesta Florián y me dice ‘¿Quién habla?’ [...] Dos semanas más tarde estábamos los dos sentados en el puerto de Marsella [Francia], conversando cara a cara, y ahí es cuando toda la historia se revuelve en mí”.
Para entender el misterio de José Luis Salazar y las confusiones detrás de su lugar de origen, a Julio Godínez le hizo falta sólo un cuestionamiento por parte de Florián, el hijo de uno de los personajes principales de su novela: “¿Qué estarías dispuesto a hacer para sobrevivir? [...] Pues eso es lo que hizo mi padre”.
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