
Durante los últimos treinta años, la pérdida de hielo terrestre en la Antártida fue el equivalente a la desaparición de una superficie de 12.820 kilómetros cuadrados, similar a diez veces la extensión de la ciudad de Los Ángeles y sus alrededores.
Lo descubrieron científicos de la Universidad de California en Irvine, Estados Unidos, al hacer un análisis basado en tres décadas de observaciones satelitales.
Su estudio, que fue publicado en la revista PNAS de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU., muestra que el 77% de la costa antártica permanece estable, pero existen sectores con retrocesos acelerados que generan preocupación por el aumento futuro del nivel del mar.

En ese periodo, el fenómeno se concentró principalmente en la Antártida Occidental, la Península Antártica y zonas del este del continente. Afectó la estabilidad de los glaciares y la evolución del nivel de los océanos.
Los investigadores contaron con la colaboración de la NASA, la agencia espacial estadounidense. También participó la misión satelital SAOCOM, que está a cargo de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE) de la Argentina, con el desarrollo de tecnologías de INVAP.
Glaciares afectados y áreas en retroceso

La investigación reveló que la línea de apoyo, es decir, donde el hielo se apoya en la roca antes de encontrarse con el océano, retrocedió significativamente en áreas puntuales.
En los sectores del Mar de Amundsen y Getz, ambos en la Antártida Occidental, se registraron retrocesos de entre diez y 42 kilómetros durante los treinta años analizados. El glaciar Smith perdió 42 kilómetros, Pine Island retrocedió 33 y Thwaites, 26.
El promedio anual de retroceso fue de 442 kilómetros cuadrados. En la Península Antártica, glaciares como Edgeworth retrocedieron hasta 16 kilómetros, mientras que Hektoria avanzó 21 kilómetros más allá de la posición registrada en 1996.
Causas y anomalías en la pérdida de hielo

De acuerdo con los expertos, la mayor parte del retroceso se atribuye a la intrusión de agua cálida del océano bajo los glaciares, impulsada por vientos que arrastran masas de agua a temperaturas superiores a la media.
Eric Rignot, profesor y principal responsable del estudio, explicó: “Donde el agua templada consigue llegar, las heridas en la masa de hielo son profundas”.
En la costa noreste de la Península Antártica persiste el enigma de un considerable retroceso sin que se hayan detectado pruebas concluyentes de agua cálida, lo que sugiere la existencia de factores no identificados que estarían influyendo en el comportamiento del hielo en esa zona.

Uno de los avances importantes del trabajo es el uso combinado de datos de satélites internacionales y radares de apertura sintética. Para eso, se contó con la colaboración de las agencias espaciales de Europa, Canadá, Japón, Italia, Alemania y Argentina.
Este enfoque permitió elaborar el primer mapa circumpolar unificado del desplazamiento de la línea de apoyo en toda la Antártida.
Bernd Scheuchl, investigador del proyecto, señaló que el acceso a observaciones diarias gracias a satélites comerciales y colaboraciones tecnológicas ha impulsado un cambio en la vigilancia polar.
Rignot enfatizó que “los modelos climáticos futuros deben reproducir con precisión el registro de estas tres décadas”, dado que representa un referente fundamental para validar proyecciones sobre el impacto global en el nivel del mar.
Implicancias para los pronósticos climáticos

Entender la diferencia entre áreas estables y sectores en retroceso ayuda a resolver discrepancias entre metodologías previas y confirma, con mayor exactitud, las zonas donde el hielo efectivamente está disminuyendo.
Los investigadores concluyeron que, aunque “el continente antártico continúa estable en su mayor parte”, la transformación acelerada de algunos glaciares constituye una advertencia ante las variaciones climáticas que podrían afectar otras regiones en el futuro.

Los científicos señalaron que la estabilidad observada en la mayor parte de la Antártida no contradice las pérdidas significativas detectadas en sectores vulnerables.
Explicaron que, aunque actualmente la mayor parte del continente permanece estable, si el retroceso que afecta a ciertas regiones se extendiera al resto, las consecuencias para el aumento del nivel del mar serían considerablemente más graves.
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