
Por años, la historia de un grupo de judíos que huyeron de un campo de exterminio nazi a través de un túnel hecho sin más herramientas que sus propias manos y algunas cucharas robadas a la hora del miserable alimento que recibían, fue un vago eco, una leyenda dictada por la imaginación, una fábula habitada por fantasmas…
Había razones para la incredulidad. Ningún rastro del campo de Ponar, Vilma, capital de Lituania. Ningún testimonio de viejos vecinos, jóvenes o niños cuando habrían sucedido los hechos, más allá que el esfumado mito aportaba atroces datos concretos: más de cien mil almas asesinadas –de ellas, setenta mil judíos–, con la ayuda de quince colaboracionistas lituanos.
Además, Ponar estaba fuera del ranking de los campos lúgubremente notorios: Auschwitz, Treblinka, Birkenau…
"Si existió –conjeturaron los primeros científicos dispuestos, pese a todo, a buscarlos–, debía ser la Zona Cero del Holocausto. La piedra fundacional…".

Era cierto. Ponar funcionó como una especie de sucursal menor de los grandes mataderos de humanos cuando todavía no funcionaba a pleno la máquina de muerte: vagones de traslado, trabajo forzado, cámaras de gas, robo de cuanto valioso y comercial tenían los cadáveres (dientes de oro, pelo, ojos azules para la macabra colección del médico y monstruo llamado Mengele), y hornos crematorios…
En ese pariente pobre del Infierno, los jefes de campo formaron la llamada "Brigada de Fuego". Nombre que algún distraído podía confundir con bravos y heroicos combatientes, pero que en verdad eran prisioneros judíos obligados a quemar los cadáveres de las víctimas nazis hasta que sólo fueran cenizas. Y a paso vivo, porque ya resonaban los rumores del avance, con fuerza de huracán, del Ejército Rojo. La gran esperanza rusa…
Poco tardaron los prisioneros a cargo de esa rutina en comprender algo decidido de antemano: terminada la misión, también serían masacrados, como todo testigo incómodo.
Una noche, cuarenta judíos de la brigada jugaron la carta más alta y peligrosa: fugarse a todo riesgo. A vida o muerte…
Pero, ¿cómo? Porque eludir a los guardias y vencer las alambradas de púa, además de los enormes reflectores buscadores y los perros entrenados para matar, era utópico.
La única salida era un túnel. Cavarlo de noche, a la luz de las velas, en pequeños tramos para evitar sospechas, y sin más herramientas que las propias manos y las pocas cucharas birladas a espaldas de los carceleros.
Y empezaron…

Eligieron, para la primera palada, una de las fosas donde había cuerpos enterrados que servirían de camuflaje, de capa protectora.
Cuatro largos meses pasaron. El túnel se acercó a los 34 metros de largo y a un diámetro estrecho que apenas dejaba pasar al cuerpo de un hombre flaco: nada difícil en esa perpetua hambruna: sopa con más papa que carne…
En la medianoche del 15 de abril de 1944, los cuarenta desesperados entrevieron, desde la boca de la otra punta del túnel, la luz de la luna iluminando, tenue, el bosque Ponar, que más tarde se llamaría Paneriai. Sólo faltaba reptar unos pocos metros, y después, la libertad.
Pero unos guardias, alertados por el eco que llegaba desde afuera hacia adentro, abrieron fuego. Veintiocho caídos, entre muertos y capturados. Pero doce alcanzaron la libertad. Y once sobrevivieron a la guerra para dar testimonio. Memoria viva…
Pero pasaron siete décadas –hasta 2014–, antes de que un grupo de científicos decidiera que la leyenda bien valía una investigación, aunque desde el vamos estuvieron convencidos de que esa obra de ingeniería casera y sin herramientas, era imposible.
Del lugar exacto del túnel no quedaban rastros. Sin embargo, el equipo internacional, formado por la Autoridad de Antigüedades de Israel y expertos de Estados Unidos, Canadá y Lituania, encontró los primeros indicios gracias a robots rastreadores de resonancia eléctrica topográfica: los mismos que se usan en la búsqueda de petróleo y minerales…
Pero con ventaja: diez años antes, un arqueólogo lituano descubrió, tapada por piedras y maleza, la entrada del túnel. A partir de ese hallazgo, geofísicos, cartógrafos e historiadores norteamericanos, australianos, canadienses e israelíes, luego de mediciones con aparatos de última generación –y aunque descreídos casi hasta el final–, admitieron que su vivisección, su autopsia sobre cada palmo de terreno, correspondía a la leyenda.
Que esa leyenda había sido descarnadamente real, trágica, heroica.
Y que el campo de Ponar, zona cero del Holocausto, hoy con un enorme pozo en el centro, una valla de piedras, y huellas palpables de la hazaña de buscarlo y encontrarlo, mereció por fin su página en la historia.
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