
Lejos del espesor que supone la narración realista del trauma, la escritora estadounidense Amy Fusselman configura en Ocho, su primer libro publicado al español, una trama luminosa sobre el dolor desde el plano de la subjetividad, a partir de dos novelas breves autobiográficas, que comienzan con la experiencia de una mujer que quiere quedar embarazada mientras atraviesa el duelo de su padre muerto.
El primer volumen traducido al español de Fusselman, que además significa la primera entrega del sello Chai, se presenta de un modo distinto a su versión original donde ambas nouvelles se publicaron por separadas: aquí, en cambio, modulan un diálogo con una misma voz literaria, más interesada en narrar una experiencia que en delimitar las barreras que separan ficción de no ficción.
Como una bitácora o un cuaderno personal, el primer texto del volumen se titula Diario a bordo y allí la escritora neoyorquina entrelaza un registro íntimo que cruza la angustia -a veces de una impactante frialdad emotiva- de los tratamientos de fertilidad para quedar embarazada, con pasajes del diario que escribió durante la Segunda Guerra Mundial su padre muerto.
La segunda parte de “Ocho”, que lleva el nombre del libro, relata una experiencia ubicada en otra temporalidad porque la narradora ya tuvo tres hijos: en un nivel aparece la historia de un abuso cuando era niña y en el otro la narradora logra poner en palabras la crianza de sus hijos desde la cotidianidad, intercalándola con su propia historia de niña y sus indagaciones como madre.
Publicada al holandés, al francés, al italiano y ahora al español de la mano de Chai y con traducción de Virginia Higa, la obra de esta artista, editora y escritora neoyorquina incluye los libros Idiophone y Savage Park y varios de sus ensayos aparecieron en The New York Times, The Atlantic, The Washington Post y McSweeney’s.

- El padre muerto, el abuso y la intervención física a partir de los variados y diversos tratamientos de embarazo son temas complejos, sin embargo, la narración tiene algo de liviano. ¿De qué modo construyó esa voz?
- Cuando empecé Ocho sabía que quería escribir un libro sobre un abuso sexual que no fuera oscuro. Quería escribir algo distinto a lo que había leído sobre el tema. Hasta ese momento, solo me había encontrado con memorias sobre situaciones traumáticas en las que el trauma era el gran tema a revelar. Quería saber si yo podría escribir un libro sobre un trauma que fuera divertido, esperanzador y no súper dramático. Quería que fuera real. Quería que sonara como una persona normal, una persona que no se la pasa llorando por los rincones (al menos no todo el tiempo), que es lo que soy. Soy muy funcional. Además, sufrí un abuso. Pienso que esto es así para muchas personas.
-Es un volumen que pertenece al género de la literatura del yo, en diálogo con la subjetividad, el volumen que puede leerse, incluso, como cuadernos de no ficción. ¿Qué desafío implica trabajar literariamente con lo autobiográfico?
- Creo que el mayor desafío para este tipo de texto es que tenés que tratar de ser lo más honesto posible. Tenés que ser vulnerable. Tenés que escribir “yo, Amy Fusselman” y trabajar desde ahí. Esto no fue tan nuevo para mí porque escribo poesía desde la adolescencia y creo que en la poesía el “yo” no da tanto miedo. Es el lugar donde empezás. Cantás desde ese lugar, desde vos. Lo más difícil fue escribir sobre los demás. No me gusta que la gente que conozco se enoje ni quiero sorprenderlos y por eso siempre dejo que los que aparecen en mis libros lo lean antes de publicar. Si hubiera problemas me gusta solucionarlos antes de sacarlos a la calle.
- ¿Y a qué asocia este crecimiento desde hace algunos años de escritores que al ficcionalizar su vida, también la exponen, como en tu caso?
- Noto que la tendencia a lo autobiográfico, a la narrativa del yo, viene de hace tiempo y, en realidad, puede que esté empezando a cambiar. El “yo” está cada vez más volcado a la ficción. Pero es cierto que las memorias y la no ficción han sido muy populares y esto se debió al menos en parte a que los lectores y los escritores buscaban esa transparencia, autenticidad e integridad en los textos.
Fuente: Télam
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