
La nueva novela de Margaret Atwood, segunda parte de El cuento de la criada, abre con una cita de George Eliot: "Se supone que toda mujer tiene los mismos motivos, o, si no, es un monstruo". La cita de Eliot -de su novela Daniel Deronda– anticipa el punto central de este acontecimiento literario que es Los testamentos (Salamandra). Eliot, que se llamaba en realidad Mary Anne Evans y escribía con seudónimo masculino, relata en obra las diferencias entre los hombres y las mujeres en la sociedad victoriana en la que, se supone, la mujer debe ser casta y resignar sus sueños e inquietudes a la vida en matrimonio. Allí la religión determina el deber ser y la diferencia siempre es vista como monstruosidad. Entonces, la cita que abre la nueva novela de Atwood nos advierte que habrá monstruos: mujeres que son diferentes, piensan diferente, actúan por fuera de las normas y, sobre todo, son capaces de romper con los sistemas que ellas mismas ayudaron a construir.

En la escritura se alternan un diario y dos registros de testigos, por lo que son tres las voces que reconstruyen la vida en Gilead -el inquietante país imaginario que Atwood creó en The Handmaid's Tale– y también fuera de sus límites. Se trata de dos jóvenes y de una mujer mayor, que tuvo una vida anterior a la imposición del nuevo sistema represivo, una vida que perdió para terminar convertida en un monstruo. Y aquí la sorpresa, ya que quien escribe el diario es la terrible tía Lydia, la implacable instructura de las criadas. Con su cinismo extremo, le habla a un lector particular que tiene en mente: aquella persona que vaya a encontrar en el futuro el registro minucioso de las operaciones en "Casa Ardua" y que, al leer su diario, podría entender, si no justificar, mucho de lo que allí aconteció.
Casa Ardua es el sitio de las Tías, lugar donde se entrena a las Criadas y se reclutan las Perlas, que serán quienes lleven adelante la difícil tarea de someter a otras mujeres para mantener el orden. La ley que las dirige es divina, patriarcal y violenta. "Casa Ardua" es el centro neurálgico de Gilead ya que, convengamos, sin Criadas, ni Martas, ni Tías o Perlas no hay sistema. A medida que avanzamos en este diario, se vislumbra esta terrible monstruosidad: son las mujeres las que manejan los hilos del Estado bajo la orden de hombres que incumplen una y otra vez las normas y son perdonados y justificados por mujeres como la tía Lydia. Sin embargo, este testamento que es su diario es una forma de redimirse, y de vengarse.

Los epígrafes continúan con una cita de Vasili Grossman, de su libro Vida y destino, que fue censurado por antisoviético y obligado a permanecer sin publicar por 300 años. La cita son las palabras de un oficial a un viejo bolchevique: "Cuando nos miramos el uno al otro, no solo vemos un rostro que odiamos, contemplamos un espejo. (…) ¿Acaso se reconocen ustedes mismos, su voluntad, en nosotros?" Las otras dos voces que forman la polifonía del relato en Los testamentos son los registros de las confesiones de dos testigos. Una de ellas es Daisy, hija de Melanie y Neil, una chica que se crió en Canadá y que ha crecido odiando el sistema opresivo de Gilead, solo que su vida se verá puesta en cuestión cuando su verdadera identidad se descubra y se enfrente a aquéllos que odia para recuperar su identidad y, por qué no, a su madre, la querida Offred, protagonista de El cuento de la criada.
El otro testigo es una niña también. Fue criada en Gilead y descubre muy temprano en la novela que también es hija de una Criada. Al principio su testimonio parece indicar que la vida en Gilead es tranquila pero pronto nos enteramos de la sumisión, del miedo a los hombres, de la desesperación por no poder denunciar un abuso, de los intentos de suicidio de niñas prometidas en casamiento que sienten pánico frente a la posibilidad de una relación sexual, la firmeza de los legados religiosos que imprimen un carácter sangriento a cada rito y, finalmente, la búsqueda de la salida más sencilla: convertirse en una Tía para escapar del matrimonio arreglado. Y el círculo se cierra de manera perversa.

La última cita al comienzo de la nueva novela de Atwood es de Úrsula K. Le Guin, de su novela Las tumbas de Atuan, segundo libro de la saga Terramar y que relata el momento trascendental en la vida de su protagonista, Ahra, quien al llegar a la adultez decide romper con todos los mandatos que se le habían impuesto para poder ser ella misma. La cita que toma Atwood completa de diferentes maneras las tres voces de la novela: "la libertad es una gran carga, un peso apabullante y extraño para el espíritu (…) No es un don: hay que elegirla, y la elección puede ser difícil".
Y, así, la notable escritora canadiense cierra el ciclo que comenzó en El cuento de la criada y, en un tono esperanzador, relata el derrumbe de Gilead, la caída del estado teocrático y machista que es derrotado por un nuevo orden que se impone: la unión en las diferencias, la posibilidad de cambiar de bando cuando estamos atados a mandatos que no nos definen y de convertirnos en monstruos a los ojos de los demás, si fuera necesario, para poder ser.

Los testamentos es una radiografía del totalitarismo y llega para regalarles a los lectores aquellos detalles que habían completado en su imaginación acerca de Gilead y de cómo llegó su final. Sin embargo, la maestría de Atwood yace en otro lugar: cuenta la historia con tres voces disidentes y complejas y se aleja entonces del binarismo del bien y el mal para poner el énfasis en la necesidad de estar siempre del lado de la libertad… Aunque pueda resultar una elección difícil.
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