Jim Jarmusch, el cineasta estadounidense ya dirigió 12 películas
Jim Jarmusch, el cineasta estadounidense ya dirigió 12 películas

Paterson es una película acerca de un hombre llamado Paterson que vive en la ciudad de Paterson. Si bien su oficio es ser un conductor de autobús, su verdadera vocación reside en ser poeta y su principal ídolo literario es William Carlos Williams, cuya obra más famosa se llama, justamente, Paterson. Contar una trama así tiene algo de humorístico, pero creo que capta justamente el espíritu de una película que se basa mucho en la idea de la rutina y la repetición.

Su protagonista tiene como oficio realizar siempre el mismo recorrido; su novia es una chica que se la pasa haciendo cupcakes, diseñando vestidos parecidos y pintando varios retratos de un mismo perro. Por otro lado, Paterson tiene como compañero de trabajo a una persona que siempre le relata las mismas quejas sobre su vida, y vive en un lugar donde abundan los hermanos gemelos (o sea, donde abundan las caras repetidas). Lo curioso de Paterson es que esta inmersión en la rutina no tiene nada de desesperante ni de asfixiante, su director la presenta como algo hermoso y hasta ocasionalmente idílico, un espacio incluso de donde puede nacer una poesía que, como la del mencionado Williams, transforma las cosas de lo más diarias y cotidianas en algo a mirar como si tuviese una enorme belleza.

El director de esta película es Jim Jarmusch, y a quienes nunca vieron una película de él probablemente un largometraje como Paterson les resulte –para bien o para mal- algo completamente distinto a lo que ven habitualmente. Sin embargo, para quienes seguimos con atención la carrera de este cineasta, Paterson es una película con códigos ya conocidos de un director y que hasta se relaciona con su propia forma de trabajo. Después de todo, a lo largo de sus doce largometrajes de ficción hechos durante casi treinta años, Jarmusch parece haberse armado una misma rutina de trabajo tan férrea como la de su propio conductor de autobús.

Jim Jarmush, durante un alto en la grabación de “Extraños en el Paraíso”
Jim Jarmush, durante un alto en la grabación de “Extraños en el Paraíso”

Comenzó con películas de presupuesto bajísimo y hechas con amigos como la fallida Permanent Vacation (1981) y la influyente Extraños en el Paraíso (1984). Siguió contando historias de presos y prófugos en Bajo el peso de la ley (1986); entregó historias corales en Mistery Train (1989) y Una Noche en la Tierra (1991); ya más avanzado en los 90, con pocas películas pero mucho prestigio en su haber, realizó para la importante productora Miramax un western rarísimo llamado Dead Man (1995), y una mezcla magistral entre película de mafia y de samuráis llamada Ghost Dog (1999). En el pico de su renombre como cineasta, mandó al diablo a Miramax e hizo una película con presupuesto nimio y multiestelar que consistía en poner desde grandes estrellas hasta ignotos tomando café y fumando cigarrillos en una película llamada –valga la redundancia- Café y cigarrillos (2003), y ya llegando al siglo XXI, hablaría de un padre buscando a su hijo en Flores Rotas (2005), de un delincuente solitario en Los límites del control (2009), de vampiros en la increíble Sólo los amantes sobreviven (20013), para finalmente llegar a Paterson.

Con esta variedad de temas en películas con presupuestos muy distintos, Jarmusch sin embargo se las arregló para trabajar siempre del mismo modo: con un equipo pequeño de trabajo, y total libertad creativa para decidir cómo quería que fuera la película. Pero también se las arregló para que sus relatos tuvieran puntos en común muy fuertes, que hicieran que el espectador conocedor de su cine visitara sus largometrajes como si volviera a visitar un mismo territorio disfrazado de diferentes formas. En Jarmusch suele haber un humor extraño. Así es como, por ejemplo, en Extraños en el Paraíso puede construirse humor a partir de un chiste que no terrmina de contarse, o en Paterson puedan encontrarse gags cuya gracia estriba en que no terminan de encontrar un remate. También alusiones a poetas y músicos de todo tipo (Walt Whitman en Bajo el peso de la ley, William Blake en Hombre Muerto, Elvis en Mistery Train) que nunca suenan snob o gratuitas, sino perfectamente integradas a una trama. También actores que se repiten (desde los músicos John Lurie, Tom Waits e Iggy Pop, pasando por actores como Bill Murray, John Hurt y Alfred Molina) y un contraste entre el tono calmado del relato, y todo lo que sucede en ella. Ya sea porque sus personajes son mucho más cambiantes de lo que aparentan, o porque Jarmusch cuenta en una película varias historias breves.

Bill Murray en “Flores Rotas”
Bill Murray en “Flores Rotas”

Pero una de las cosas que más destacan en el cine de Jarmusch es un choque entre lo ordinario y lo extraordinario. Seré más claro. Cuando uno se enfrenta al cine de Jarmusch tiene que estar dispuesto a saber que todo lo que amenaza con ser espectacular o supuestamente extraordinario finalmente no lo será. Si en su película hay vampiros, sus ataques quedarán en general fuera del campo visual; si está protagonizada por apostadores de carreras de caballos, nunca habrá una escena de las carreras a las que asisten; si la historia es sobre presos que se escapan de una cárcel, todo el suspenso de la fuga será elipsado para pasar bruscamente de la escena en que estas personas están en la cárcel a la escena en la que estas personas están ya fuera de ella.

Incluso cuando Jarmusch tiene que filmar alguna escena que cualquier otro director filmaría de manera espectacular o intentando crear suspenso, Jarmusch la filma como la cosa más rutinaria del mundo, como si no tuviese una importancia real dentro de la trama. En Ghost Dog por ejemplo, Forrest Whitaker hace de un asesino a sueldo prácticamente invencible. Cuando él "entra en acción", lo único que vemos es a este hombre caminando lento, apuntando y matando, yendo a contrapelo de cualquier lógica de escena de acción. Lo mismo sucede con los tiroteos en Hombre Muerto, todos filmados con un desgano que pareciera producir más un efecto cómico que otra cosa. Es como si Jarmusch simplemente quisiera sacarse esas escenas de encima, mostrarnos que los personajes saben hacer esto pero que la importancia de la historia pasa por otro lado: por filmarlos teniendo conversaciones aparentemente banales, por verlos en situaciones rutinarias o interactuando con desconocidos. De modo similar, Jarmusch utiliza a veces a grandes estrellas de rock o de cine haciendo de ellos mismos en situaciones de lo más corrientes y mostrando sentimientos de celos o incomodidad cercanos a cualquiera.

Iggy Pop y en “Cigarrettes and Alcohol”
Iggy Pop y en “Cigarrettes and Alcohol”

El tema está justamente en que estos personajes hacen situaciones de lo más frecuentes pero no son para nada frecuentes. Un poco a la inversa de Hitchcock, su idea no es hacer películas sobre personajes ordinarios en situaciones extraordinarias, sino sobre personajes extraordinarios en situaciones aparentemente ordinarias. Esto siempre genera una situación extraña en su cine, en donde lo cotidiano y lo así llamado normal choca con lo que uno llamaría lo sorprendente o lo anómalo, al punto tal que no pocas veces en su cine la línea entre una cosa y otra se vuelven indistinguible.

En medio de esto surge también una sensación, y es que Jarmusch hace un cine enamorado de sus personajes y el mundo que los rodea; de ahí que todo en el fondo le termina pareciendo fascinante y digno de ser filmado. Por eso también frente a un cine con tanto cariño la cuestión del homenaje y las declaraciones de amor a artistas o situaciones son frecuentes. Así es como en el cine de Jarmusch puede haber tributo a la poesía, a las charlas de café, a Elvis Presley al cine de gángsters y al terror de los 30. Ya el propio Jarmusch dijo una vez, en una de sus escasas declaraciones a la prensa, que la vida eterna no era algo que le interesara, ya que el ciclo de la vida le parecía algo demasiado precioso como para bastarle. En alguna medida, su cine muchas veces es esta misma expresión del amor por lo humano por lo humano en sí. De ahí que muchas veces en su cine parece sentir respeto por todos los personajes, aún con lo antitéticos que estos puedan llegar a ser. En Ghostdog por ejemplo, hay tanto respeto por el samurái como por el capomafia que lo combate; en Mistery Train es fácil encariñarse tanto con dos turistas inofensivos fanáticos de Elvis como con personas que terminarán siendo cómplices de un asesinato. En algún punto, sus dos últimas ficciones son expresiones opuestas de ese mismo cariño desmedido.

(Ilustración: Oliver Stafford)
(Ilustración: Oliver Stafford)

En Paterson, este cariño por lo humano está expresado en una película luminosa y dulce hasta lo inverosímil; en Sólo los amantes sobreviven, este amor excesivo termina también siendo paradójico y fatal. Allí dos vampiros deciden, por amor a seguir experimentando lo humano, volver a matar gente. En el desenlace de una película que dice que sólo los amantes sobreviven, vemos cómo efectivamente los dos amantes vampiros sobrevivirán pero sólo porque lograrán matar a dos amantes que justamente no podrán hacerlo. Y en ese acto de matar a dos personas habrá, al mismo tiempo, una forma de expresar amor por lo humano. Esa clase de paradojas logra Jarmusch, el cineasta de humor extraño, capaz de sumergirnos en un mundo que es al mismo tiempo estable y movedizo. No es un cine fácilmente accesible, pero una vez que se entra en sus códigos, resulta una de las experiencias más originales y ocasionalmente hermosas que da el cine contemporáneo. Allí se encontrará alguna que otra película fallida, algunas obras maestras (por favor, vean Extraños en el Paraíso, Bajo el Peso de la Ley y Ghostdog) y una sensación general de que en sus mejores momentos estamos viendo un cine que logra fusionar como muy pocos la luminosidad y la melancolía.

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