
Bajo condiciones de hipergravedad, propias de entornos extremos como los que enfrentan pilotos de combate o astronautas, las moscas de la fruta han demostrado una inesperada capacidad de adaptación.
En un experimento reciente de la Universidad de California – Riverside (UCR), estos insectos no solo sobrevivieron a fuerzas muchas veces superiores a la gravedad terrestre, sino que también se aparearon, se reprodujeron y, tras una fase de alteraciones conductuales, recuperaron sus patrones normales de movimiento y comportamiento.
Estos resultados, publicados en el Journal of Experimental Biology, abren una nueva perspectiva sobre la resistencia biológica ante la hipergravedad y su posible relevancia para la exploración espacial.
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Los datos obtenidos por el equipo liderado por Sushmita Arumugam Amogh, estudiante de doctorado en neurociencia de la UCR y autora principal del estudio, revelan además un fenómeno de hiperactividad conductual que se extiende durante la mayor parte del ciclo de vida de las moscas sometidas a 4G, es decir, cuatro veces la gravedad de la Tierra.

Como explicó Ysabel Giraldo, profesora adjunta de entomología de la UCR y coautora del artículo, este experimento excede el alcance de la microgravedad, habitual en las investigaciones centradas en el espacio, y explora por primera vez de manera sostenida cómo responde un organismo a aumentos drásticos en la fuerza gravitacional.
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En concreto, cuando las moscas fueron expuestas a 4G durante 24 horas, su actividad aumentó notablemente y persistió durante aproximadamente siete semanas, cubriendo casi todo su ciclo de vida. Sin embargo, tras ese periodo, los niveles de actividad regresaron gradualmente a su estado basal. Por el contrario, grupos sometidos a fuerzas de 7G, 10G y 13G experimentaron, en vez de una activación, una disminución significativa en la movilidad y la capacidad de trepar, efecto que, no obstante, fue también reversible con el tiempo.
Cambios conductuales y recuperación tras exposición a hipergravedad
En el inicio del experimento, los investigadores colocaron a las moscas en una centrífuga diseñada para simular distintas intensidades de gravedad, desde 4G hasta 13G. El monitoreo de la actividad se realizó mediante sensores infrarrojos que detectaban cada cruce de las moscas a través de un haz ubicado en el interior de un tubo angosto.
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Los resultados iniciales sorprenden debido al carácter contraintuitivo de la respuesta animal: a niveles de 4G, surgió una hiperactividad sostenida, mientras que la exposición a fuerzas mayores produjo una clara reducción de movimiento. Esta dualidad, según explicó Giraldo, sugiere que “aumentos moderados de la gravedad impulsan a los animales a moverse más, quizá para compensar mayores demandas energéticas, pero bajo fuerzas extremas, el coste de moverse se vuelve demasiado elevado y el organismo opta por conservar energía”.

Las mediciones confirmaron también un aumento inmediato en el almacenamiento de grasas en las moscas poco después de la exposición a la hipergravedad. A medida que los individuos hiperactivos consumían más energía en su movimiento, esta reserva disminuyó. El estudio muestra que movimiento, metabolismo y comportamiento neuronal responden de manera dinámica y acoplada ante un desafío físico extremo.
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Este patrón de adaptación se mantuvo incluso tras largas exposiciones y en líneas sucesivas de descendencia. En uno de los experimentos más prolongados, las moscas no solo completaron su ciclo vital bajo hipergravedad permanente —desde el huevo hasta la adultez—, sino que el proceso se extendió a diez generaciones consecutivas, demostrando que los efectos del ambiente extremo pueden ser soportados y eventualmente compensados incluso a escala multigeneracional, según subraya el artículo de la UCR.
Adaptabilidad biológica a lo largo de generaciones bajo hipergravedad
El alcance temporal y generacional distingue este estudio de investigaciones precedentes. No se limitó únicamente a eventos aislados de hipergravedad, sino que integró exposiciones de 24 horas, inmersión desde el inicio al fin del ciclo biológico (unos 50 días) y la creación de una línea multigeneracional íntegramente criada bajo fuerza gravitacional elevada.
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Los datos muestran que bajo hipergravedad, todas las fases de la vida, desde la eclosión del huevo hasta la reproducción, pueden transcurrir de modo viable si se mantiene la adaptación. El análisis comportamental evidencia que tras un período de estrés inicial, los organismos restablecen progresivamente sus patrones normales de actividad, demostrándose así la resiliencia de los sistemas fisiológicos ante desafíos físicos de magnitud inédita en condiciones naturales.
Esta observación contradice la idea convencional según la cual los ambientes extremos generan únicamente daño irreversible. Por el contrario, los investigadores de la UCR concluyen que “el sistema puede ser llevado muy lejos de su estado normal y aun así reequilibrarse”, lo que amplía la comprensión de los límites funcionales de la biología animal, como aparece en la publicación.
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Este estudio no procura reproducir fielmente el entorno de los astronautas, pero sí apunta a descubrir cómo la gravedad opera no solo como límite físico, sino como señal reguladora activa del metabolismo y el comportamiento motor. Como explicó Arumugam Amogh, la gravedad “influye directamente en la toma de decisiones del cerebro vinculadas al uso de la energía y al movimiento”, y determina si el individuo se moviliza o ahorra recursos energéticos.

La conexión entre el almacenamiento de grasa, la activación conductual y la capacidad de recuperación sugiere la existencia de una sofisticada jerarquización energética en respuesta al estrés gravitatorio. Este modelo adaptativo resulta relevante dado el aumento de los retos fisiológicos durante las misiones espaciales de larga duración.
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Con el incremento en la duración y complejidad de las misiones tripuladas —como el programa Artemis II y las futuras misiones Artemis orientadas al regreso humano a la Luna—, comprender a fondo los efectos de la gravedad en el cuerpo resulta crítico. Las variaciones de fuerza gravitatoria, tanto hacia la ingravidez como hacia la hipergravedad experimentada durante el reingreso a la atmósfera terrestre, representan riesgos considerables para la salud humana y requieren estrategias de protección basadas en evidencia.
Como enfatizó Giraldo, “la relación entre la gravedad, la fisiología y el consumo de energía será cada vez más importante de comprender a medida que los viajes espaciales se generalicen en el futuro”.
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El trabajo con las moscas de la fruta revela que el cuerpo animal, lejos de ser un mero receptor pasivo de fuerzas externas, ejerce un control adaptativo complejo frente a la gravedad alterada. El almacenamiento dinámico de energía, los cambios reversibles en el movimiento y la viabilidad multigeneracional bajo exposición sostenida a la hipergravedad, confirman que la biología está dotada de estrategias para afrontar condiciones extremas.
Este fenómeno, documentado por el equipo de la Universidad de California – Riverside en su publicación, sugiere que la hipergravedad funcionaría como una señal que regula respuestas de uso y ahorro de energía. Estas respuestas, lejos de limitarse a un solo organismo o generación, pueden ser transmitidas y manifestarse a largo plazo, incluso cuando la presión ambiental se mantiene durante lapsos extendidos.
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