
La historia comienza hace más de una década, cuando un hallazgo casual en Wyoming, Estados Unidos, abrió una ventana inesperada a la vida animal de hace 230 millones de años. Durante una expedición en la formación Jelm, el paleontólogo David Lovelace levantó una piedra que guardaba algo más que sedimentos antiguos: en su interior apareció un pequeño cráneo incrustado en lo que parecía un túnel de barro fosilizado.
Según Muy Interesante, aquel descubrimiento, que en su momento pasó desapercibido para el gran público, terminaría contando una historia extraordinaria sobre adaptación, clima y memoria cultural.
Con el tiempo, el análisis detallado del fósil reveló que se trataba de un anfibio prehistórico desconocido hasta entonces. La especie fue bautizada como Ninumbeehan dookoodukah y su estudio mostró que había desarrollado una estrategia clave para sobrevivir en un mundo extremo: la estivación.
A diferencia de la hibernación, que protege del frío, este comportamiento permite resistir largos periodos de calor y sequía reduciendo el metabolismo al mínimo y permaneciendo enterrado hasta el regreso de las lluvias.
Un animal adaptado a un mundo hostil
Las investigaciones, publicadas años después en Proceedings of the Royal Society B, permitieron reconstruir el aspecto y el modo de vida del animal. Medía unos 30 centímetros y tenía un cráneo ancho y aplanado, con forma de pala, ideal para excavar. La tomografía computarizada y el estudio de campo revelaron una red de más de 80 madrigueras fosilizadas, algunas con restos del mismo anfibio, lo que confirmó que este comportamiento no era aislado.
Durante el Triásico, el supercontinente Pangea estaba sometido a fuertes contrastes climáticos, con lluvias intensas seguidas de sequías prolongadas. Para los anfibios, dependientes de la humedad, estas condiciones representaban un desafío enorme.

Ninumbeehan dookoodukah logró superarlo enterrándose en el lecho de antiguos ríos y esperando, inmóvil, el regreso del agua. Esa capacidad lo convierte en una de las evidencias más antiguas conocidas de estivación en vertebrados.
Pero esta no es solo la historia de un fósil. También es la historia de cómo se nombra y se cuenta la ciencia. Dado que los restos fueron hallados en tierras históricamente vinculadas al pueblo shoshone, los investigadores decidieron trabajar junto a esa comunidad para elegir el nombre de la especie. El proceso incluyó a estudiantes, docentes y ancianos de la escuela Fort Washakie, en un diálogo que combinó ciencia, lengua y memoria.
El nombre Ninumbeehan dookoodukah significa en lengua shoshone “el devorador de carne de los Pequeños Espíritus” y refleja tanto las características del animal como el universo simbólico de la comunidad.

Un hallazgo que sigue dialogando con el presente
En un contexto actual marcado por el cambio climático y la amenaza sobre muchas especies de anfibios, entender cómo organismos antiguos enfrentaron sequías extremas aporta claves valiosas sobre resiliencia y adaptación. Al mismo tiempo, el proceso de denominación recuerda que la ciencia no ocurre en el vacío, sino en territorios con historia y comunidades vivas.
La historia de Ninumbeehan dookoodukah demuestra que algunos fósiles no solo hablan del pasado remoto, sino que también conectan ciencia, cultura y presente. Un pequeño anfibio enterrado bajo el barro terminó dejando una huella duradera, tanto en la paleontología como en la forma de contar y compartir el conocimiento.
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