La presunción de que el océano escondido bajo el hielo de Europa, una de las lunas de Júpiter, pueda ser un reservorio de vida extraterrestre ha animado a científicos durante décadas. Sin embargo, una nueva investigación publicada en Nature Communications desbarata esta aspiración al sostener que en ese vasto mar subglacial probablemente faltan las condiciones energéticas mínimas para sustentar vida.
El origen de esta conclusión reside en el hallazgo de que la agitación geológica fundamental —elementos como actividades tectónicas y respiraderos hidrotermales— habría desaparecido hace miles de millones de años, sumiendo al lecho marino en una inquebrantable quietud.
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El profesor asociado Paul Byrne y su equipo del Departamento de Ciencias de la Tierra, Ambientales y Planetarias de la Universidad de Washington en St. Louis encabezaron este trabajo, combinando cálculos precisos sobre el tamaño, la estructura interna y la interacción gravitacional de Europa con el planeta gigante Júpiter.

Los pormenores del estudio
Esta carencia de dinamismo submarino, plantea Byrne, afectaría directamente la capacidad del océano para generar y sostener formas de vida.
“Si pudiéramos explorar ese océano con un submarino a control remoto, predecimos que no veríamos nuevas fracturas, volcanes activos ni columnas de agua caliente en el fondo marino”, afirmó Byrne, cuya declaración fue citada por la Universidad de Washington en St. Louis. Añadió que “Geológicamente, no hay gran actividad allí abajo. Todo estaría en calma. Y en un mundo helado como Europa, un fondo marino tranquilo bien podría significar un océano sin vida”.
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Entre los coautores se encuentran el profesor Philip Skemer (director asociado del Departamento), el profesor Jeffrey Catalano, Douglas Wiens (profesor distinguido Robert S. Brookings) y el estudiante de posgrado Henry Dawson. Todos integran también el Centro McDonnell para las Ciencias Espaciales.

El modo en que la gravedad de Júpiter afecta la actividad interna de sus lunas constituye un eje clave de la investigación. A través de los cálculos y simulaciones, el equipo comparó el caso de Europa con el de Ío, otra luna joviana cuyo dinamismo resulta notorio: “Ío, de hecho, es el cuerpo con mayor actividad volcánica del sistema solar”, explicó Byrne.
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“Las mareas en Ío son especialmente violentas porque la luna tiene una órbita errática que periódicamente la acerca a Júpiter, pero la órbita de Europa es relativamente estable y distante, lo que reduce la posibilidad de que se produzcan fuerzas de marea importantes”.
Aunque Europa es un poco más pequeña que la Luna terrestre, contiene mucha más agua que la Tierra. Su corteza helada tiene un espesor estimado de entre 15 y 25 km, debajo de la cual se extiende un océano de hasta 100 km de profundidad.
Este océano reposa sobre un núcleo rocoso que, según los cálculos, hace mucho tiempo dejó de irradiar calor suficiente para mantener el fondo marino activo. El calor interno habría escapado hace miles de millones de años, eliminando la energía térmica necesaria para que surjan condiciones como las que sostienen la vida cerca de los respiraderos en los océanos terrestres.
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Byrne aclaró: “Es probable que Europa experimente cierto calentamiento por mareas, razón por la cual no está completamente congelada. Y es posible que haya experimentado un calentamiento mucho mayor en el pasado lejano. Pero hoy en día no vemos volcanes surgiendo del hielo como los que vemos en Ío, y nuestros cálculos sugieren que las mareas no son lo suficientemente fuertes como para generar actividad geológica significativa en el fondo marino”.
La combinación de una órbita estable y lejana respecto de Júpiter, sumada al agotamiento térmico del núcleo, reduce de forma drástica los escenarios de actividad geológica persistente. Elementos que en la Tierra resultan esenciales para nutrir ecosistemas complejos —tales como la circulación de minerales gracias al movimiento de placas tectónicas y la presencia de fuentes hidrotermales calientes—, estarían prácticamente ausentes en Europa.
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El artículo publicado en Nature Communications precisa que los modelos utilizados cruzan información tomada de la Tierra y de otros cuerpos celestes, incluida nuestra Luna. El objetivo fue inferir con el mayor grado posible de certeza cómo pudo evolucionar el interior de Europa, ante la imposibilidad actual de enviar un submarino robótico que explore su océano profundo directamente.
Las ideas obtenidas no implican el cierre total de las hipótesis sobre vida en Europa, pero sí restringen drásticamente sus posibilidades: “Simplemente no parece haber suficiente energía para sustentar la vida, al menos hoy en día”, insistió Byrne.

En perspectiva científica, Byrne encuentra que el atractivo de Europa va mucho más allá de la espera por señales biológicas. Dijo: “Me interesa mucho saber cómo es ese fondo marino. A pesar de todo lo que se ha hablado del océano en sí, se ha hablado poco del fondo marino”.
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El futuro próximo ofrece esperanzas de conocer respuestas más precisas. La misión Europa Clipper, que sobrevolará la luna a partir de la primavera boreal de 2031, ha sido promovida en parte por Bill McKinnon, profesor distinguido Clark Way Harrison y director interino del Centro McDonnell para las Ciencias Espaciales. El objetivo es tomar fotografías detalladas de la superficie helada de Europa y obtener mediciones claras de la estructura de su corteza y de su océano.
De acuerdo con Byrne, “esas mediciones deberían responder muchas preguntas y darnos más certeza”. Inclusive ante la posibilidad de consolidar la hipótesis de un océano carente por completo de vida, para el investigador el impulso de la exploración conserva pleno sentido y vigor. Declaró: “No me preocuparía si no encontráramos vida en esta luna en particular. Estoy seguro de que hay vida en algún lugar, incluso a 100 años luz de distancia. Por eso exploramos: para ver qué hay ahí fuera”.
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