
En uno de los países con mayor variedad de serpientes venenosas del mundo, la doctora Tri Maharani ha construido una carrera singular guiada por una experiencia personal que marcó su destino profesional. Maharani, ahora famosa como la “Reina de las serpientes”, estuvo frente a una situación límite hace 15 años, cuando un hombre de unos treinta años llegó a la sala de emergencias donde ella trabajaba tras ser mordido por una serpiente.
El paciente, consciente de su estado crítico, le tomó la mano y suplicó que le salvara la vida porque su hijo aún era un bebé. “Había muchos doctores en el hospital, pero no pudimos ayudarlo”, recuerda Maharani. Indonesia carecía entonces de especialistas ni protocolos para atender mordeduras de serpiente, a pesar de registrar cientos de especies venenosas en su territorio. El impacto de aquel suceso fue tal que decidió cambiar el rumbo de su carrera e investigar cómo revertir el desamparo sanitario ante este peligro recurrente.
La realidad expuesta por ese caso no era un hecho aislado, sino el reflejo de un contexto sanitario desafiante. Indonesia, archipiélago de más de 18.000 islas, cuenta con una de las mayores concentraciones de serpientes venenosas del planeta. Las estimaciones oficiales indican unas 135.000 mordeduras anuales, de las cuales al menos el 10% termina en muerte; sin embargo, Tri Maharani asegura que la cifra real podría ser mucho mayor. “Muchos pacientes se intentan curar solos o acuden a curanderos locales”, sostiene. Recomiendan succionar el veneno y aplicar soluciones caseras como agua caliente, cebollas rojas o rocas negras sobre las heridas, pero “el problema es que esos tratamientos artesanales pueden dañar los tejidos o incluso causar la muerte”. Además, el contacto entre humanos y serpientes aumenta “por la creciente urbanización y por el cambio climático”. El problema sanitario se intensifica mientras permanece fuera de las prioridades públicas.

Motivada por estas carencias, Maharani orientó su formación académica hacia campos apenas explorados en su país. Luego de doctorarse en ciencias biomédicas en Bélgica en 2012, emprendió estudios especializados en toxinología —la ciencia de las toxinas—, lo que la llevaría más adelante a obtener una beca para perfeccionarse en Australia en 2017. Tras regresar, recorrió el país “conformado por 18.000 islas”, recolectando “información y tratando a pacientes que hubieran sufrido mordeduras”. No existía una red articulada de lucha contra las mordeduras ni protocolos de atención unificados, realidad que impulsó su trabajo de campo intensivo.
La problemática, no obstante, rebasa las fronteras de Indonesia y se inserta en un contexto global alarmante. Alrededor del mundo se registran anualmente cerca de 2,7 millones de mordeduras venenosas, con Asia como epicentro. En 2017, la Organización Mundial de la Salud (OMS) designó el envenenamiento por serpiente como una enfermedad tropical desatendida, estableciendo el objetivo de “disminuir la tasa de mortalidad o de discapacidad causada por las mordeduras de serpiente antes de 2030”. Este aval permitió a expertos como Maharani apoyarse en directrices internacionales para promover estándares y atención adecuada.
En paralelo a su labor asistencial y científica, Tri Maharani dedicó parte de su carrera al entrenamiento de colegas, residentes y personal de primeros auxilios, adoptando las guías de la OMS para estandarizar procedimientos. Pero en este camino ha enfrentado importantes resistencias sociales y de género. “La gente no esperaba que una experta en toxinas fuera una mujer. Me decían ‘señor Maharani’”, relata. Más de una vez, reconoce, “me han maltratado, desafiado e incluso me han dicho groserías. También me han menospreciado, particularmente hombres que pensaban que eran más inteligentes que yo”. Contra esas adversidades, Maharani afirma: “Siempre he sabido que mi trabajo es salvar vidas. Ese es el llamado de Dios para que yo ayude a mi país”.

Las dificultades para atender mordeduras de serpiente en Indonesia no se limitan a la capacitación profesional. Uno de los escollos más graves es la limitada producción nacional de antídotos: sólo se elabora para tres especies, a pesar de que el país cuenta con cerca de 80 especies venenosas. Además, estos antídotos “hay que mantenerlos en frío, lo que dificulta su almacenamiento y transporte, especialmente entre las islas del archipiélago”. La consecuencia es dependiente de importaciones, lo que eleva el costo de un tratamiento a cerca de US$4.500 y restringe el acceso oportuno a quienes más lo necesitan.
El compromiso personal de Maharani con los pacientes ha quedado demostrado en casos extremos. Hace cinco años, durante una emergencia en la remota isla de Lembata, “tuve que volar a Tailandia para comprar el antídoto. Luego, tomé tres vuelos y dormí en el suelo de un aeropuerto para llegar a Lembata a tiempo”, cuenta la doctora, quien nunca pide remuneración a los pacientes más vulnerables. “Estoy sana y siempre puedo encontrar más dinero. Pero si tengo un paciente moribundo, el antídoto es la principal necesidad. Así que tengo que priorizar, y la prioridad siempre es la vida de una persona”. Su entrega ha generado incontables gestos de agradecimiento, como aquel padre que le regaló un coco, lo único valioso que poseía, tras recuperar a su hijo.
El impacto de su incansable labor se ha consolidado con el tiempo. Su campaña comunitaria “ha llegado a millones de personas, y el sencillo procedimiento de inmovilización tras la mordedura de una serpiente se ha convertido en un protocolo común”. El año pasado, desarrolló “con éxito un nuevo antídoto para la cobra de Java”, un avance clave para zonas densamente pobladas. Próximamente, proyecta “establecer la primera escuela clínica de toxinología del país y pasarle el mando para luchar contra la amenaza de las serpientes a una nueva generación de médicos”. El apodo de “Reina de las serpientes” sintetiza la labor de una vida consagrada, en sus propias palabras, a salvar vidas ante la indiferencia y el peligro.
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