
Si hay una palabra que en sí misma posee una connotación negativa es estrés. Que una persona esté estresada es sinónimo de agotamiento físico y mental, agobio en lo laboral, problemas familiares o apremios económicos, por mencionar algunos desencadenantes.
Sin embargo, el estrés “no es nocivo en sí y se define como el conjunto de reacciones fisiológicas que preparan al organismo para la acción”, según explicó a Infobae, Fernanda Giralt Font, jefa del Departamento de Psicoterapia Cognitiva de Ineco, quien ahondó: “Por ejemplo, para reaccionar si un coche se me tira encima en la calle, si tengo que cumplir un deadline en el trabajo o cuando nos tuvimos que acomodar a la pandemia. Todas estas situaciones requieren de mayor energía para adaptarse a una situación particular y puede ser saludable si es moderado”.
En ese sentido, una investigación asegura que el estrés también juega un papel clave en el fortalecimiento del sistema inmunológico, forjando conexiones en el cerebro que mejoran el rendimiento mental y la capacidad cognitiva a largo plazo.

La novedosa mirada del asunto salió a la luz por primera vez a través del trabajo de un psiquiatra estadounidense llamado Firdaus Dhabhar, entonces investigador de la Universidad Rockefeller, Nueva York, quien estaba estudiando la conexión entre el estrés a corto plazo y el sistema inmunológico como parte de la respuesta de lucha o huida. Ya a mediados de los años 90, el experto creía que era ilógico que unánimemente el se considerara malo para las personas. “Desde una perspectiva darwiniana, los instintos de supervivencia de nuestros ancestros animales se habrían perfeccionado a través de repetidos encuentros con el peligro”, consideraba.
“No tiene sentido que el estrés sea siempre una entidad mala, dañina y negativa —consideró Dhabhar—. La respuesta al estrés de lucha o huida es esencial para la supervivencia. Una gacela necesita esta respuesta para escapar de las fauces y garras de un león, al igual que un león la necesita para atrapar su comida. La Madre Naturaleza nos dio esta respuesta para ayudarnos a sobrevivir y prosperar, no para matarnos”.
Durante los últimos 20 años, Dhabhar y otros colegas demostraron que los episodios de estrés a corto plazo pueden ayudar a las personas en el mundo moderno, según publicó The Guardian.

En una charla de Ted, Dhabhar, quien ahora es profesor de la Universidad de Miami, sobre los efectos positivos del estrés resaltó que “la tensión de una próxima carrera ayuda a preparar los sistemas cardiovascular y musculoesquelético de los atletas para un rendimiento óptimo, mientras que las encuestas incluso han encontrado que el estrés de tener que hacer el trabajo junto con el cuidado de los niños significa que es probable que los padres que sean trabajadores domésticos sean más productivos que aquellos sin hijos”.
Es que —según vieron los expertos— “tanto el estrés físico como el mental de leve a moderado estimulan la producción de sustancias químicas en la sangre llamadas interleucinas, activando el sistema inmunológico y haciéndolo más capaz de combatir las infecciones, mientras que el estrés puede incluso afectar el desarrollo de los niños antes de que nazcan. Los bebés nacidos de madres que experimentaron un estrés diario leve durante el embarazo tenían habilidades de desarrollo más avanzadas a la edad de dos años, en comparación con los hijos de madres que habían disfrutado de un embarazo relativamente relajado y sin estrés”.
Dadas las tasas crecientes de demencia previstas para las próximas décadas, el interés en la conexión entre el estrés positivo y la salud en la vejez no hará más que crecer. Equipos de científicos de todo el mundo tienen planes para tratar de aprovechar las propiedades beneficiosas del estrés moderado en el ámbito de la medicina, por ejemplo, para mejorar la curación y la recuperación después de una cirugía.

Pero, por supuesto, los especialistas no desconocen que hay una línea muy fina entre muy poco y demasiado estrés. La inflamación constante de bajo grado que resulta del estrés crónico, se sabe, se relaciona con la obesidad, las enfermedades cardíacas, la diabetes, la depresión, el asma y el Alzheimer, entre otras.
Andy Philp, quien dirige el programa de biología del envejecimiento en el Centenary Institute en Sydney, Australia describió en este punto el estrés moderado más como un pulso, donde se estimulan varias vías moleculares y tejidos en el cuerpo, antes de volver a la normalidad. “Con el estrés crónico, estas vías se activan y luego permanecen activadas durante mucho tiempo. Vemos esto en la obesidad y la diabetes. La respuesta inflamatoria no puede ser tan ágil y flexible como lo sería normalmente”.
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