El cerebro de un depredador marino que habitó la tierra hace unos 500 millones de años puede cambiar la historia de la evolución de los insectos y las arañas. Según un trabajo realizado por investigadores del Museo Real de Ontario, el cerebro y el sistema nervioso del Stanleycaris, hallado en una formación en las Montañas Rocosas canadienses de la Columbia Británica, brindan luz sobre “la evolución del cerebro, la visión y la estructura de la cabeza de los artrópodos”.
En el trabajo, titulado como “Un radiodonte de tres ojos con neuroanatomía fosilizada informa el origen de la cabeza y la segmentación del artrópodo” y publicado en la revista Current Biology, los científicos explicaron que esta investigación se basó en los restos fósiles de 268 especímenes de Stanleycaris, de 506 millones de años de antigüedad, que eran parte de una colección del Museo Real de Ontario. De este total, fueron 84 los que brindaron datos del cerebro y el sistema nervioso de este depredador marino, los cuales fueron hallados en la cantera Walcott de Burgess Shale, en el Parque Nacional Yoho, en Canadá.

Joseph Moysiuk, autor principal del trabajo y profesor de la Universidad de Toronto (UdeT) en Ecología y Biología Evolutiva (con sede en el Museo Real de Ontario) aseguró que “si bien los cerebros fosilizados del Período Cámbrico no son nuevos, este descubrimiento destaca por la asombrosa calidad de conservación y la gran cantidad de especímenes”. “Incluso podemos distinguir detalles finos, como centros de procesamiento visual que sirven a los ojos grandes y rastros de nervios que ingresan a los apéndices. Los detalles son tan claros que es como si estuviéramos mirando a un animal que murió ayer”, agregó.
“Llegamos a la conclusión de que una cabeza y un cerebro de dos segmentos tienen raíces profundas en el linaje de los artrópodos y que su evolución probablemente precedió al cerebro de tres segmentos que caracteriza a todos los miembros vivos de este diverso filo animal”, describió Moysiuk en el comunicado. Según explicó, el “cerebro de Stanleycaris estaba compuesto por dos segmentos, el protocerebrum y el deutocerebrum, los cuales estaban conectados con los ojos y las garras frontales, respectivamente”.

Los expertos explicaron que en los artrópodos modernos, como son los insectos, el cerebro está divido en: protocerebrum, deutocerebrum y tritocerebrum. Contar con esta información, según señalaron, tiene “implicaciones científicas radicales”, ya que, pese a que los artrópodos tienen órganos repetidos en sus cuerpos segmentados, conocer cómo se ubican dependiendo de las especies es esencial para entender la diversificación de estas estructuras. Es por eso que Moysiuk destacó: “Estos fósiles son como una piedra de Rosetta, que ayuda a vincular los rasgos de los radiodontes y otros artrópodos fósiles tempranos con sus contrapartes en los grupos sobrevivientes”.
“La presencia de un enorme tercer ojo en Stanleycaris fue inesperada. Destaca que estos animales tenían un aspecto aún más extraño de lo que pensábamos, pero también nos muestra que los primeros artrópodos ya habían desarrollado una variedad de sistemas visuales complejos como muchos de sus parientes modernos”, señaló el doctor Jean-Bernard Caron, Curador de Paleontología de Invertebrados Richard Ivey, del Museo Real de Ontario.

“Dado que la mayoría de los radiodontes solo se conocen a partir de fragmentos dispersos, este descubrimiento es un salto crucial para comprender cómo se veían y cómo vivían”, añadió el además profesor asociado en la UdeT. La investigación detectó, incluso, que el Stanleycaris tenía un gran ojo central en la parte delantera de la cabeza que acompañaba a su par de ojos “en tallo” (como los caracoles), una característica única para un radiodonte. Es más, tenían una boca circular bordeada de dientes y garras frontales con una gran cantidad de espinas.
Pese a que solo medía unos 20 cm de largo era uno de los depredadores más temidos, ya que en el Período Cámbrico los animales no crecían más allá de un dedo humano, siendo que su sistema sensorial y nerviosos le habría permitido detectar eficientemente en la oscuridad a las pequeñas presas. Siendo que, para lograr estos hallazgos, Moysiuk y Caron analizaron a 268 especímenes que formaban parte de una colección inédita recolectada entre las décadas de 1980 y 1990.
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