
¿Se puede vivir sin cerebro? Pese a lo extraño que pueda parecer, la respuesta es “si”. La prestigiosa revista Science publicó un artículo sobre este tema, titulado “¿Es realmente necesario el cerebro?”.
La publicación aborda el hallazgo del doctor John Lorber, un neurólogo británico que trabajó en el Hospital de Niños de Sheffield, además de haber sido profesor de pediatría en la Universidad de Sheffield. Durante su carrera se especializó en trabajos sobre espina bífida.
Hace más de 30 años, Lorber -fallecido en 1996-, recibió la visita de un alumno de Matemáticas de esa universidad. El joven, un estudiante brillante con un elevado coeficiente intelectual de 126, se quejaba de un pequeño dolor de cabeza.
Al recibirlo, el doctor notó que la cabeza del alumno era un poco más grande de lo habitual. Con el objetivo de determinar el por qué de esa condición, decidió realizarle un escáner cerebral. Al obtener los resultados, se llevó una gran sorpresa: el chico prácticamente no tenía cerebro.
“Cuando le hicimos un escáner cerebral, vimos que en lugar del grosor normal de 4,5 centímetros del tejido cerebral entre los ventrículos y la superficie cortical, sólo había una fina capa de un milímetro más o menos. Su cráneo estaba lleno principalmente de líquido cefalorraquídeo”, comentó Lorber durante una conferencia de pediatras.
El estudiante en cuestión padecía una enfermedad llamada hidrocefalia en la cual “el líquido cerebroespinal no viaja a través del cerebro sino que habita la cavidad craneal”. Lo llamativo -y sorprendente- de este caso, es que la falta de masa cerebral no representó para el joven pérdida de movimientos, ni la de procesos sensoriales y tampoco la de la memoria u otras funciones cognitivas.

Patrick Wall, profesor de anatomía en la University College de Londres, indicó que “decenas de relatos similares llenan la literatura médica, y se remontan a mucho tiempo atrás”. No obstante, aclaró que lo importante del estudio de Lorber “es que ha hecho una larga serie de exploraciones sistemáticas, en lugar de limitarse a las anécdotas”. “Ha reunido un notable conjunto de datos y desafía, ‘¿Cómo lo explicamos?’”.
“¿Cómo puede alguien con un manto cerebral muy reducido no sólo moverse entre sus semejantes sin un déficit social aparente, sino también alcanzar un alto rendimiento académico?; ¿Cómo es que en algunos hidrocefálicos cuyos cerebros están gravemente distorsionados de forma asimétrica, la esperada parálisis unilateral está típicamente ausente?; ¿Y cómo se puede interpretar el aparente restablecimiento de la normalidad de un cerebro hidrocefálico tras una operación de derivación?”, planteó el neurólogo británico a sus colegas.
Una de las teorías que Lorber expuso es que “el cerebro tiene una gran redundancia en las funciones y una pequeña cantidad de materia cerebral puede aprender a representar los hemisferios faltantes”.
Por su parte, Science señaló que “Lorber llegó a hacer sus observaciones sobre la hidrocefalia a través de su participación en la evaluación y el tratamiento de la espina bífida, una condición congénita en la que la columna vertebral no se fusiona por completo, dejando el tejido nervioso peligrosamente expuesto”. Recordó, además, que “la gran mayoría de los pacientes con espina bífida también sufren de hidrocefalia”.
Aunque no está totalmente claro el origen de la hidrocefalia, lo que sí se conoce es que está asociada a una perturbación de la circulación del líquido cefalorraquídeo a través de un sistema de canales y depósitos, o ventrículos, en el cerebro. La prestigiosa revista explica que “se desarrolla una contrapresión, y esto puede hacer que los ventrículos se hinchen muchas veces su tamaño normal, presionando así el tejido cerebral superpuesto contra el cráneo”. En el caso de los niños pequeños, cuyos cráneos aún son maleables, una consecuencia puede ser un aumento del tamaño de la cabeza. “Este ataque físico desde el interior conduce a una pérdida real de materia cerebral. Por lo tanto, no es sorprendente que muchos hidrocefálicos sufran discapacidades intelectuales y físicas”.
En los primeros meses de vida de una persona, la hidrocefalia suele ser mortal. Y en caso de sobrevivir, esa persona suele sufrir discapacidades. Pero el joven estudiante, no sólo vivió una vida normal, sino que además se graduó con honores en Matemáticas.

Además de este caso, Lorber, quien estudió sistemáticamente la hidrocefalia, documentó más de 600 exploraciones de personas con esta afección. A éstos los dividió en cuatro grupos: personas con cerebros casi normales; aquellos con entre el 50 y el 70% del cráneo lleno de líquido; los que tienen del 70 al 90% del cráneo lleno de líquido; aquellos con el 95% del cráneo lleno de líquido. Este último, el más severo de todos, representó menos del 10% del estudio. La mitad de estas personas tenían una discapacidad mental profunda, mientras que la otra mitad registró un coeficiente intelectual superior a 100.
Roger Lewin, autor del artículo publicado por Science el 12 de diciembre de 1980, discutió el trabajo de Lorber, ya que algunos escépticos afirmaron que el neurólogo malinterpretó las exploraciones. Otros sostuvieron que no había cuantificado exactamente la cantidad de tejido cerebral faltante. Sobre esto, respondió apelando al caso del joven estudiante de matemática: “No puedo decir si tenía un cerebro que pesaba 50 gramos o 150 gramos, pero está claro que está lejos de los 1,5 kg normales y gran parte del cerebro que tiene se encuentra en las estructuras profundas más primitivas que están relativamente a salvo de la hidrocefalia”.
“Debe haber una enorme cantidad de capacidad libre en el cerebro, al igual que en el hígado y el riñón (...) La corteza cerebral del cerebro es probablemente responsable de mucho menos de lo que la mayoría de la gente imagina”, concluyó.
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