
El 3 de marzo de 1970, cuando aún no amanecía del todo en el sur del Ecuador, sesenta estudiantes secundarios salieron de Loja con un objetivo que parecía desmesurado para su edad: caminar hasta Quito para exigir al Estado lo que su provincia llevaba décadas esperando. Tenían entre 16 y 19 años, estudiaban en el Colegio Bernardo Valdivieso y estaban convencidos de que la única forma de ser escuchados era llegar, literalmente, hasta el poder. Así nació la caminata de 760 kilómetros que marcaría un antes y un después en la historia cívica de la ciudad.
En ese momento, Loja arrastraba un profundo rezago estructural. La ciudad sureña no contaba con un hospital moderno, la educación científica en su colegio emblemático era precaria por la falta de laboratorios adecuados y las vías de acceso seguían siendo, en muchos tramos, de tierra o en mal estado. La sensación de abandono estatal no era nueva, pero a fines de los años sesenta se había vuelto intolerable. Dos años antes, el incendio del antiguo Hospital San Juan de Dios había dejado a la provincia sin un centro de salud acorde a sus necesidades, y las promesas oficiales no se concretaban. Frente a ese escenario, la protesta no surgió desde partidos políticos ni sindicatos, sino desde un aula de colegio.
La idea de la caminata se fue gestando entre docentes y estudiantes del Bernardo Valdivieso como una acción cívica, no violenta y disciplinada. No sería una marcha improvisada ni una toma simbólica, sino una posta atlética organizada por relevos, que permitiera cubrir largas distancias sin detener el avance. Durante meses, los jóvenes entrenaron antes del inicio de clases, a partir de las cuatro de la mañana, bajo la supervisión de sus profesores. La preparación física era tan importante como la convicción política: sabían que cualquier falla podía deslegitimar su reclamo.
El día de la partida, Loja se volcó a despedirlos. Familias enteras, autoridades locales y vecinos se reunieron para ver salir a los estudiantes con un testigo simbólico que representaba la voz de la provincia. Ese objeto, que se iría pasando de mano en mano a lo largo del trayecto, formando postas, condensaba una idea sencilla pero potente: la demanda no pertenecía a un individuo, sino a toda una comunidad unida en los relevos. Desde ese instante, la caminata dejó de ser solo de los sesenta estudiantes y se convirtió en una causa colectiva.

El recorrido se extendió durante nueve días y atravesó, de sur a norte, pueblos, comunas, comunidades y ciudades de la Sierra ecuatoriana. Cada kilómetro era cubierto por uno de los jóvenes, mientras el resto avanzaba en buses de apoyo para relevarse. A su paso, la posta despertó una reacción inesperada: escuelas en el camino formaban filas para salir a vitorearlos, ciudadanos salían a las carreteras para alentarlos y estudiantes de otros colegios se sumaban por tramos, corriendo junto a ellos. Lo que empezó como una protesta local fue adquiriendo un carácter nacional, evidenciando que el reclamo de Loja dialogaba con una experiencia compartida por otras regiones postergadas.
No todo fue épica. Hubo lesiones, agotamiento extremo y momentos de duda. Algunos estudiantes tuvieron que abandonar temporalmente la carrera por problemas físicos, pero el grupo siguió avanzando. La caminata se sostuvo por una mezcla de disciplina y orgullo: abandonar significaba fallarle no solo al grupo, sino a la ciudad que los había enviado. Cada noche, al llegar a un nuevo punto de descanso, el cansancio se mezclaba con la certeza de que estaban haciendo algo que no tenía precedentes.
El 12 de marzo de 1970, la posta ingresó a Quito entre aplausos. En el centro histórico, decenas de personas se acercaron para ver a los jóvenes que habían recorrido el país a pie. La caminata culminó en el Palacio de Carondelet, donde los estudiantes fueron recibidos por el presidente José María Velasco Ibarra. En el Salón Amarillo, uno de los estudiantes tomó la palabra y entregó el pliego de demandas. No hubo gritos ni consignas militantes. El tono fue respetuoso, pero firme: Loja pedía un hospital, educación científica y caminos para salir del aislamiento.

El gesto sorprendió al poder político. Velasco Ibarra, conocido por su retórica grandilocuente, escuchó el planteamiento y dispuso que sus ministros atendieran las peticiones. Más allá del discurso, lo relevante fue que el reclamo quedó formalmente instalado en la agenda estatal. Los estudiantes regresaron a Loja sin garantías inmediatas, pero con la certeza de haber forzado una respuesta que no había llegado por otras vías.
Los resultados no fueron instantáneos, pero sí verificables con el paso del tiempo. Años después se concretó la construcción del hospital Isidro Ayora, hoy eje de la salud pública en el sur del país. Se completaron los laboratorios del colegio, mejorando la formación científica de generaciones posteriores, y avanzaron obras viales largamente postergadas. Ninguna de estas transformaciones puede explicarse únicamente por la caminata, pero para la memoria local, la posta fue el punto de quiebre que obligó al Estado a mirar hacia el sur.

Más de medio siglo después, la caminata de 1970 sigue siendo recordada como un acto excepcional de participación juvenil. En una época en la que la política juvenil suele asociarse a redes sociales, la historia de estos estudiantes plantea otra pregunta: qué ocurre cuando la juventud decide organizarse, sostener una demanda en el tiempo, movilizarse con firmeza cívica y asumir costos reales para ser escuchada.
A 56 años de la hazaña, el Municipio de Loja instaló en el hospital Isidro Ayora, un mural que recuerda a los jóvenes organizados que corrieron hasta Quito. La remembranza aparece como una lección política. Aquella posta de la lojanidad, demostró que la edad no limita la capacidad de incidir y que incluso desde una ciudad históricamente relegada es posible modificar la agenda nacional. Aquellos sesenta estudiantes no caminaron solo para llegar a la capital; caminaron para romper el silencio que rodeaba a su provincia. Y lo lograron.
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