BEIRUT (AP) — Cortes de luz de hasta 20 horas diarias. Montañas de basura en las calles. Largas colas en las gasolineras.
No pareciera nada fuera de lo común en el Líbano, un país acostumbrado a lidiar con una infraestructura que se viene abajo, que salta de un desastre a otro.
Pero esta vez es diferente y todos los días surgen nuevos indicios de una crisis como nunca se ha visto en el país: Despidos masivos, hospitales a punto de colapsar, negocios y restaurantes cerrados, delitos derivados de la desesperación, militares que ya no pueden darle carne a sus soldados y venta de pollos viejos.
El Líbano avanza hacia un precipicio a paso acelerado, impulsado por la ruina financiera, instituciones que ya no funcionan, hiperinflación y una pobreza que aumenta rápidamente. Por si todo esto fuera poco, también es azotado por la pandemia del coronavirus.
El ministro de relaciones exteriores renunció el lunes diciendo que la falta de visión y de voluntad para implementar reformas estructurales podían convertir al país en un “estado fallido”.
El derrumbe amenaza con provocar un caos generalizado en una nación que fue modelo de diversidad y de fuerza para hacer frente a la adversidad. Los libaneses teman que la crisis cambie para siempre la identidad de este país del Mediterráneo, con un espíritu emprendedor que no tiene par en el Medio Oriente.
En el pasado, el Líbano pudo atribuir parte de la responsabilidad de sus problemas a fuerzas del exterior. Tiene 18 sectas religiosas, un gobierno central débil y vecinos mucho más fuertes, y a menudo se ve envuelta en rivalidades regionales que generan una parálisis política y violencia. La guerra civil de 1975 a 1990 hizo que la palabra Beirut fuese sinónimo de la devastación que provoca una guerra y produjo una generación de caudillos dedicados a la política de la que el Líbano no se puede librar.
Desde el final de la guerra, el país sufrió una ocupación siria, reiterados conflictos con Israel, peleas sectarias, asesinatos políticos y numerosas crisis económicas, además de la llegada de más de un millón de refugiados sirios. La presencia de la poderosa organización chiíta Hezbollah, creada por Irán en la década de 1980 para combatir una ocupación israelí, garantiza que el país siempre estará sujeto a las luchas por la supremacía regional entre Irán y Arabia Saudí.
La crisis actual, sin embargo, no viene de afuera. Es la culminación de décadas de corrupción de una clase política que saqueó todos los sectores de la economía.
Por años el país evitó un colapso mientras acumulaba una de las deudas públicas más abultadas del mundo. Un sistema que permitía compartir el poder entre grupos sectarios asignaba cargos en base a la filiación política, no a las aptitudes del funcionario. Esto permitía a los políticos sobrevivir a partir del favoritismo y el clientelismo.
“Uno de los problemas del Líbano es que la corrupción se democratizó, no se asocia con una sola persona. Está en todos lados”, dijo Marwan Muasher, vicepresidente del Carnegie Endowment for International Peace.
“Cada secta controla un sector de la economía y le saca dinero para mantener a la secta contenta”, expresó en una conferencia reciente del Centro para Políticas Globales.
La situación estalló a fines del 2019, con una ola de protestas por la intención del gobierno de cobrar un impuesto a la aplicación WhatsApp. Fue la gota que colmó el vaso y que sacó a la luz el resentimiento hacia los políticos. Las protestas fueron seguidas por el cierre de los bancos por dos semanas. A continuación se produjo una corrida bancaria y acto seguido se fijaron controles informales de capital que limitaban la cantidad de dólares que se podía retirar o transferir.
Ante la escasez de divisas extranjeras, la libra libanesa perdió el 80% de su valor en el mercado negro y los precios de los alimentos básicos y otros productos sufrieron un aumento descomunal. Los ahorros se evaporaron de la noche a la mañana y mucha gente quedó sumida en la pobreza.
El derrumbe del Líbano “es un colapso épico con un impacto generacional”, escribió Maha Yehia, director de Centro Carnegie para el Medio Oriente.
Librado a su suerte, en cuestión de meses el gobierno probablemente ya no pueda atender las necesidades de sus ciudadanos, incluidos el suministro de combustible, electricidad, internet y hasta alimentos básicos.
A diferencia de crisis previas en las que llegó ayuda internacional, esta vez el Líbano está solo.
Viejos amigos ya no parecen dispuestos a ayudar a un país con una corrupción tan arraigada, especialmente desde que el estado dejó de pagar su deuda en abril. Por otro lado, el país tiene un gobierno apoyado por Hezbollah, lo que hace más improbable todavía la llegada de asistencia de los países del Golfo Pérsico.
La única esperanza del Líbano es el Fondo Monetario Internacional. Meses de negociaciones, no obstante, no han arrojado resultados.
Un colapso total del Líbano puede tener consecuencias grandes en la región, generando un vacío en el terreno de la seguridad que puede ser explotado por extremistas.
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Zeina Karam está en www.twitter.com/zkaram.
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