
Son las seis de la tarde. Juan Otero llegó hace una hora del colegio y se prepara para la entrevista con Teleshow. Ofrece un vaso de agua y va a elegir el look para la producción fotográfica. "Prefiero la remera antes que la camisa", sugiere, y saca de su vestidor unas zapatillas.
"¿Me esperan afuera que quiero ordenar el cuarto?", se excusa, mientras empieza a acomodar los almohadones con forma de emojis que están sobre la cama y acomoda el escritorio en el que luego se sentará a contar cómo llegó a la televisión con tan solo 10 años.
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Cursa quinto grado de un colegio al que describe como "relajado": no usa uniforme y puede ir vestido como quiera. Hijo de Florencia Peña y Mariano Otero, y es parte de S.T.O, el programa que Sofía Morandi y Julián Serrano conducen los domingos al mediodía por América.
La simpatía y desfachatez que exhibió al hablar sobre su madre en televisión lo convirtieron en un chico simpático, adorable y querido por el público. Y entonces, lo convocaron. "Odio verme en televisión. Nunca volví a ver un programa en el que estuve y tampoco le pedí consejos a mi mamá", se sincera Juan, que evita mostrarse frente a las cámaras tal cuál es. "Si soy yo… ¡preparate! Pero no soy yo. Es un ser extraño", dice, escudándose en un personaje que le permite preservar su intimidad, y la de su familia.
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Su habitación es su lugar en el mundo. Allí juega con la tablet, el celular, los slimes -más tarde explicará lo fanático que es de la masa elástica que es furor de los niños-, recibe a sus amigos, mira televisión y se duerme a altas horas de la madrugada.
"Hay días en que estoy despierto hasta las tres de la mañana, y me levanto a las ocho para ir al colegio. Como los sábados no tengo nada que hacer, los viernes puedo estar hasta las seis o siete", revela quien se describe como divertido y buen compañero. "No hace falta que me vengan a despertar más de una vez: a la primera ya me levanto, me cambio y bajo a desayunar", dice, y aclara que prefiere la chocolatada antes que un té.
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Junto a la cama convencional está dispuesto un colchón más chico, decorado como si estuviera dentro de una carpa de madera, con luces de colores. "Ahí duermo cuando vienen amigos míos y somos varios", detalla, mientras juega con una gorra que lleva puesta en la cabeza.
En su cuarto -en suite- también cuenta con un vestidor en el cual resaltan todos sus pares de zapatilas. En el baño hay un banquito junto al vanitory, indispensable para que Juan, al subirse, alcance a mirarse en el espejo.
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En la pared cuelga una lámpara con la inicial de su nombre, cuadros de Los Beatles y distintos superhéroes. En la biblioteca tiene retratos de su madre y hasta premios o reconocimientos que le han dado a la actriz. Y así se llega al estante de los slime. "¡Tengo 38!", cuenta, orgulloso sobre la masa elástica que, para muchos niños, incluso reemplaza al mundo digital.
Para Juan, su cuarto es su propio taller. Allí crea y juega con su experimento. "Antes hacía uno y no me duraba ni un día. Ahora, por ejemplo, tengo uno hace tres meses. Juego a la Play Station, pero no es algo que necesito; considero que el slime sí lo necesito", aclara quien tiene de ídolos musicales a los cantantes internacionales Ariana Grande y Shawn Mendes.
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Aunque en la puerta cuelga un cartel escrito a mano que advierte: "Por favor, tocar la puerta", mientras Juan cuenta que sus materias preferidas son Matemáticas y Ciencias Naturales -"aunque la semana anterior la odiaba…"-, Flor se asoma por la ventana de su balcón. Flor… ¿la mamá? No, una gatita que Juan encontró en la calle y que, en reconocimiento a que la actriz le permitió adoptarla y tenerla de mascota, lleva su nombre.
Flor Peña comparte en las redes divertidos videos con su hijo (Video: Instagram)
Con estilo propio
Parte de la libertad con la que Florencia Peña cría a sus hijos tiene que ver con que no les impone qué tienen que ponerse ni cómo vestirse. Las autoridades del colegio al que asiste Juan lo hacen de la misma forma. "Un día nos dijeron que fuéramos como queríamos, y llevé mi pijama de conejo", dice con naturalidad sobre el look que marcó tendencia: varios de sus compañeros le copiaron el estilo.
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"Toda la vida elegí yo solo lo que quería ponerme. Mis compañeros se levantan para ir al colegio y sus papás les dejan la ropa lista. Yo no: me despierto, me pongo lo que quiero y salgo".
La institución a la que asiste es privada, pero no le exige que tenga uniforme y tampoco guardapolvo. "Me pongo lo que quiero, salvo los días que tengo educación física, que voy con un jogging o short. Al igual que cuando tengo fútbol", aclara este hincha de Independiente y fanático de Lionel Messi, que juega de defensor.
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De la misma forma, y siguiendo con la ideología del colegio, le mandan tarea cada 15 días. "La tengo que entregar los viernes y yo la hago los jueves a la noche", lamenta quien se describe como "colgado".


"¡Juan, intentá hacerla antes porque sino terminás re cansado y te acostás muy tarde!", suele reprocharle la protagonista de la obra teatral Cabaret. Siempre es en vano. Pero su mamá no encuentra otros motivos para lanzar un reproche: Juan trata de llevar todas las materias al día, y estudia para que le vaya bien en los exámenes.
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Acostumbrado a trabajar en televisión, y llevando en la piel la pasión por el arte, sorprende al enumerar las profesiones a las que se quiere dedicar cuando sea grande, además de la actuación. "Ni mi mamá se lo esperaba cuando se enteró", sonríe este aspirante a actor, chef y diseñador.
"Igual, esto lo digo ahora. Quizás el día de mañana no hago ninguna de las tres", avisa, quien ya practica en la cocina de su casa y hasta le prepara algún plato en especial a su madre para que coma cuando regresa del trabajo, y él ya está dormido. "Déjenle una porción a mi mami…", les pide a sus hermanos. "Lo que más hago es la tarta de zapallitos. Mi niñera me mete la fuente en el horno para que yo no me queme, pero yo corto las verduras". Sus comidas favoritas, en cambio, lejos están de lo natural: elige milanesas con papas fritas y hamburguesas.
Con respecto a su faceta de diseñador, Juan cuenta que comenzó hace dos años, cuando tenía ocho. "Le dije a mi mamá que quería ir a estudiar esa carrera a París, pero ella me dijo que antes tendría que aprender inglés, que es el idioma universal. Y el otro día me dieron el resultado de una prueba en la que me saqué 30 de 35. ¡Así que me fue bien!", celebra.
"En el colegio comparto un montón. Soy re buen compañero, pero en casa soy muy angurriento", asegura, retomando la charla sobre la comida. "Un día mi hermano más grande (Toto), se comió unos cubanitos de chocolate que me había comprado y me puse a llorar. Incluso, le pedí la plata para ir a comprarme otros. Cuando me tocan algo mío me enojo, me saco, y lo dejo bien escondido atrás en la heladera", cuenta. Incluso, evalúa la posibilidad de poner un cartel que indique "comida de Juan" cuando no quiere que nadie se lo coma.

Frente a la habitación de Juan se encuentra la de Felipe, el hijo que Flor Peña tuvo con el abogado salteño Ramiro Ponce de León. "Es chiquito (en octubre cumplirá dos años), y muchas veces se pone medio molesto. Entonces, le digo: '¡Bancatela!', y me voy. No le doy mucha bola. Pero cuando está buenito, me abraza y me da besos, me quedo y le juego…".
Sin embargo, el cuarto de Toto -que es el mayor de los tres hijos de Flor- está más alejado. "Con él siento que no fuéramos hermanos. Uno es el sol y el otro, la luna. Yo sería el sol, porque estoy más prendido; él está más apagado y en su mundo", describe sobre el ex novio de Juanita Tinelli.

Concluye la entrevista: Juan asegura que no le queda nada por contar. De inmediata, toma su celular para ver videos. Esta vez no bajará hasta la puerta de su casa, sino que se despedirá desde su cuarto. "¿Le piden a mi niñera que les abra?", dice, antes de cerrar la puerta, y después de haberse puesto unas pantuflas de unicornio para estar cómodo en la intimidad de su casa. Y volver a su rutina diaria entre la tecnología, los slimes y los juegos.

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