
El 23 de abril de 1936 se inauguró oficialmente el Cementerio de La Tablada, en el partido bonaerense de La Matanza. Noventa años después, el predio administrado por AMIA se extiende sobre casi 59 hectáreas, alberga más de 150.000 sepulturas y es considerado el cementerio judío a cielo abierto más grande de América Latina y uno de los mayores del mundo.
Lo que comenzó como una respuesta urgente a una necesidad religiosa, la de dar sepultura judía a los inmigrantes que llegaban sin tener dónde ser enterrados según su tradición, se convirtió en un archivo vivo de la historia de la comunidad judía en Argentina.
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La quinta comunidad judía más grande del mundo tiene aquí su memoria enterrada, literalmente.

Por qué AMIA compró tierras en La Matanza en 1936
La historia del cementerio empieza antes de 1936, y empieza con una exclusión. Cuando los primeros inmigrantes judíos llegaron a la Argentina, los cementerios municipales requerían profesar la religión católica para acceder a una sepultura. La alternativa era el llamado “cementerio de los disidentes”, el espacio destinado a protestantes que funcionó primero en la calle Victoria, hoy Alsina, y luego migró hacia el predio actual en la Chacarita. Los primeros entierros judíos en Buenos Aires se realizaron en ese sector de disidentes.
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La comunidad sefaradí estableció su propio cementerio en Avellaneda. La comunidad asquenazí lo hizo en La Tablada. Tal como documentaron los investigadores Anita Weinstein y Eliahu Toker en Sitios de la memoria. Protagonistas y Forjadores de la comunidad judía argentina, en 1936, “luego de una sucesión de gestiones y superando diferentes escollos, fue adquirido un terreno en la localidad de Tablada”. El cementerio fue inaugurado el 23 de abril de ese año.

La misión fundacional de AMIA: nadie sin sepultura
AMIA se constituyó en 1894 bajo el nombre de Sociedad de Entierros, Jevrá Kedushá, con un único objetivo de garantizar la sepultura judía a quienes no tenían dónde ser enterrados conforme a su tradición. “Dar sepultura judía a cada judío fue la misión fundacional de la AMIA” - dice Salvador Auday, director de Sepelios Comunitarios de la institución-. Con esto no se negocia.”
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La sepultura en tierra y en cementerio judío es un precepto religioso que la comunidad sostiene con independencia del nivel de observancia de cada persona. No importa si el fallecido era más o menos practicante. La única condición, dice Auday, es que sea judío. “El resto no modifica en nada el tratamiento. Es igual para todos.”

Esa igualdad se ve en el cementerio. En La Tablada no hay mausoleos y tampoco grandes diferencias entre tumbas. La muerte, en la tradición judía, nivela. Y para quienes no pueden costear el sepelio, AMIA lo subsidia al cien por ciento. El dinero de quienes pagan sostiene a quienes no pueden. El mismo mecanismo financia la asistencia social que la institución brinda hoy.
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Los monumentos: piedras contra el olvido
A lo largo de sus 90 años, La Tablada fue incorporando monumentos que la convirtieron en algo más que un camposanto.
El más antiguo de los grandes memoriales es el dedicado a las víctimas de la Shoá, levantado en 1971 como versión renovada de un monumento anterior. En su interior se conserva una urna con cenizas de víctimas del Holocausto. Alrededor, un espacio especial alberga las sepulturas de sobrevivientes que llegaron a la Argentina y vivieron hasta el final de sus días. Sus lápidas marcan el descanso de quienes están enterrados allí y eternizan simbólicamente la memoria de sus familias, cuyos huesos quedaron dispersos en Europa sin una piedra que los señale.
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El 13 de abril de 1969 se inauguró el monumento a los caídos en defensa del Estado de Israel. Una Estrella de David de bronce y cemento, creación del escultor Simkho Schwarz y diseño paisajístico del arquitecto David Kaufman. Schwarz explicó su obra: “El entrelazado de los dos triángulos nos hace percibir a uno apuntando hacia lo intangible, hacia lo alto, símbolo de la espiritualidad y perennidad de la vida, mientras que el que va hacia el suelo expresa la vida sensible, hecha de esfuerzo, pena, alegría, vida y muerte terrenos.”
Cada árbol plantado a su alrededor recuerda a un judío argentino caído en las guerras de Israel o víctima de atentados. Tras el 7 de octubre de 2023, se inauguraron 31 monolitos nuevos.
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El 17 de marzo de 1992, un atentado destruyó la Embajada de Israel en Buenos Aires. En La Tablada, el recuerdo de esas víctimas toma la forma de una menorá, obra de la escultora Mariana Schapiro, réplica del candelabro que presidía el hall de entrada del edificio de la calle Arroyo y que fue rescatado de entre los escombros.
El 18 de julio de 1994, la bomba en la sede de AMIA en Pasteur 633 mató a 85 personas. El monumento que las recuerda en La Tablada también es obra de Schapiro, ganadora del concurso convocado por la institución. El tema central es el libro. “Como sinónimo de la Memoria Colectiva que nos trasciende”, escribió la artista.
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La plataforma sobre la que se asienta la escultura está construida con materiales rescatados de los escombros de la AMIA. Cerca, en un sector especial, descansan la mayor parte de las víctimas del atentado. Cada año, en el aniversario hebreo de la masacre, familias y dirigentes comunitarios se reúnen allí para renovar el reclamo de justicia.
En 2007 se emplazó la obra del escultor Ernesto Pesce dedicada a los judíos desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. Una escultura revestida de granito simboliza la opresión del terrorismo de Estado. Un cilindro de hierro perforado en su centro representa la fuerza de los pueblos que resisten. Se estima que 1.900 personas de origen judío fueron desaparecidas entre 1976 y 1983.
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Los nombres que guarda La Tablada
Más allá de los monumentos, el cementerio es también el lugar de descanso de quienes dejaron una marca en la vida cultural, periodística, científica y artística de la Argentina. Allí están los restos de Alejandra Pizarnik, Jorge Guinzburg, Miguel Najdorf, Jaime Barylko, José Eliaschev, Marcelo Zlotogwiazda, Sara Rus, Alejandro Romay, Mario Socolinsky y María Fux, entre muchos otros.
Auday recuerda el día en que una familia llegó a tramitar la sepultura de un hombre que, al principio, parecía un desconocido. Mientras revisaban los datos para confirmar su condición de judío. Sus padres habían fallecido en Europa, no aparecían en las bases de datos. La viuda mostró una foto de una escultura de mármol con nombres grabados en un cementerio de Polonia.
El hombre había vuelto al país en los años 70, sabía que los nazis habían destruido ese cementerio, y había construido con su propio dinero ese monumento para que el árbol genealógico de su familia quedara registrado en algún lugar. Lo que fue emergiendo después fue la historia de un partisano que, gracias a su altura y su cabello rubio, había logrado infiltrarse en las filas nazis, trabajar para la resistencia sueca, robar documentación y sobrevivir dos años haciéndose pasar por alemán.
La influencer que maneja la cuenta de @cementerios.arg visitó el cementerio judío
“Tenía documentos firmados por Adolf Eichmann. El Museo del Holocausto de Israel había emitido decenas de avisos sobre él”, cuenta Auday.
Tecnología al servicio de la memoria
La Tablada no quedó ajena a los cambios de época. AMIA desarrolló el Cementerio Virtual, una plataforma que permite buscar sepulturas por nombre, apellido y fecha de fallecimiento en los cementerios de Tablada, Liniers y Berazategui, consultar su ubicación exacta y realizar homenajes simbólicos. Se puede desde encender una vela, dejar un mensaje, subir fotografías hasta colocar una piedra virtual.
La plataforma incorporó además una herramienta de navegación para quienes visitan físicamente el cementerio. Desde el celular, el usuario busca el nombre del fallecido y hace clic en “¿Cómo llego?” para recibir las instrucciones de Google Maps hasta la sepultura exacta.
Las sepulturas, además, pueden incorporar un código QR que vincula a una página personal del fallecido: fotos, videos, documentos, pasaportes, relatos. “Se pueden subir, por ejemplo, los pasaportes de los abuelos para que el día de mañana los tataranietos conozcan su historia”, describe Auday.

Auday lleva casi nueve años como director de Sepelios Comunitarios de AMIA. En La Tablada trabajan unas 70 u 80 personas de planta estable. La institución registra alrededor de 1.300 fallecidos por año, cada uno con su familia, su historia, sus conflictos.
“Miramos la muerte cara a cara todos los días - dice Salvador-. El desafío es evitar que ese contacto se vuelva rutina. Cuando una familia llega a dar sepultura a su familiar, ese muerto es único para ellos. Ver rutina del otro lado es muy chocante”. Entonces, el equipo de la AMIA trabaja la empatía de forma activa y deliberada.
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