Pasar muchas horas sentado, entrenar sin atender la mecánica del cuerpo o sostener posturas encorvadas forman parte de la vida cotidiana. En ese cruce entre el bienestar y la actividad física, creció el interés por el entrenamiento de la respiración como una práctica capaz de influir tanto en el rendimiento deportivo como en la postura corporal.
Ese enfoque ganó terreno entre deportistas, médicos del deporte y quienes buscan herramientas para cuidar el cuerpo sin necesidad de equipos ni espacios especiales, en un contexto marcado por más tiempo frente al escritorio y rutinas cada vez más sedentarias.
La pregunta que organiza este doble impacto es concreta: si los músculos respiratorios se fatigan igual que cualquier otro grupo muscular, ¿qué pasa cuando no se los trabaja?
PUBLICIDAD
Domingo Sánchez, licenciado en Ciencias de la Actividad Física y máster en Actividad Física y Salud, abordó esa pregunta en Sport Life: la musculatura que interviene en la respiración puede entrenarse, y esa adaptación tiene consecuencias tanto en el esfuerzo físico intenso como en la movilidad del tórax y en ciertos hábitos posturales.
Qué le ocurre a los músculos de la respiración durante el esfuerzo
Durante el ejercicio cardiovascular, los músculos que participan en la respiración también se fatigan. Sánchez explica que, cuando un músculo recibe una exigencia mayor a la energía disponible, pierde eficiencia.
En actividades aeróbicas intensas o prolongadas, el organismo prioriza el envío de sangre hacia los músculos que generan el movimiento; los que sostienen la respiración, en cambio, quedan con menor aporte de oxígeno en términos relativos.
PUBLICIDAD
La consecuencia directa es que se acelera el agotamiento del diafragma (el músculo principal de la inspiración, ubicado bajo las costillas) y del resto de los músculos que participan en cada inhalación. En personas cuyo entrenamiento principal es cardiovascular, un trabajo específico sobre esos músculos puede traducirse en una mejor administración del esfuerzo y en una menor sensación de fatiga durante el ejercicio prolongado.
Ese interés tiene respaldo reciente. Una revisión sistemática publicada en 2026 en BMC Sports Science, Medicine and Rehabilitation encontró indicios favorables sobre la fuerza de los músculos inspiratorios y algunos resultados de rendimiento funcional en deportistas de equipo.
Los propios autores advierten, no obstante, que la evidencia es aún limitada —con muestras pequeñas y resultados dispares—, lo que indica que el campo necesita estudios más amplios antes de establecer recomendaciones definitivas.
PUBLICIDAD
La postura como segundo frente: sedentarismo y mecánica respiratoria
El vínculo entre la postura y la respiración representa el otro eje del planteo. El artículo de Sánchez no limita el tema al deporte: también lo relaciona con situaciones frecuentes del trabajo y la vida diaria, sobre todo en personas que pasan muchas horas sentadas o sostienen posiciones de bajo movimiento muscular.
Ese tipo de hábitos favorece patrones posturales inadecuados, como la tendencia a encorvar la parte alta de la espalda. Cuando esa posición se repite de forma sostenida, puede limitar la capacidad de ventilar bien.
Sánchez menciona una alteración conocida como síndrome cruzado: un desequilibrio en el que algunos músculos del cuello, el pecho y la cadera se acortan mientras los opuestos se debilitan, lo que tracciona el cuerpo hacia adelante, genera rigidez en el tórax y dificulta la mecánica de la respiración.
PUBLICIDAD
Ese diagnóstico coincide con lo que advierte Mayo Clinic: cuando alguien permanece inactivo por períodos prolongados, el tórax y los pulmones se comprimen, sobre todo si hay algo de encorvamiento.
Según la institución, esa compresión reduce el volumen de aire con el que trabajan los pulmones en cada respiración. Sin movimiento regular, los músculos encargados de respirar se debilitan, lo que se manifiesta en falta de aire, cansancio y menor tolerancia al esfuerzo.
La Cleveland Clinic aporta un dato preciso al mismo punto. Cuando una persona respira de forma habitual y sin conciencia, no usa los pulmones a plena capacidad.
PUBLICIDAD
La respiración abdominal —aquella en la que el vientre se expande con cada inhalación mientras el pecho permanece relativamente quieto— permite aprovechar los pulmones al máximo de su eficiencia, fortalece el diafragma, baja la frecuencia respiratoria y reduce la demanda de oxígeno.
La institución la recomienda también como herramienta de rehabilitación pulmonar en contextos clínicos, no solo como práctica de bienestar general.
Cómo entrenar la respiración como hábito cotidiano
La respiración abdominal puede entrenarse de manera progresiva y el punto de partida es accesible: una mano sobre el pecho y otra sobre el abdomen para verificar cuál se mueve primero al inhalar.
PUBLICIDAD
Practicada entre tres y cuatro veces al día durante cinco a diez minutos, esa técnica mejora la función muscular durante el ejercicio, previene la fatiga por sobrecarga y aumenta el nivel de oxígeno en sangre, de acuerdo con la Cleveland Clinic.
Con práctica regular, tiende a volverse automática y puede incorporarse desde posiciones de reposo hasta actividad moderada.
Aplicada de forma sistemática, la misma institución señala que reduce la frecuencia cardíaca y la presión arterial, dos marcadores que el sedentarismo prolongado tiende a deteriorar con el paso del tiempo.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD