Benjamin Gedan, investigador del Centro Stimson: “Para actuar como mediador por las Malvinas, Trump debe convencer a ambas partes de que es neutral”

El director del Programa para América Latina del reconocido think tank con sede en Washington analizó el alcance real de las declaraciones del presidente estadounidense y la postura del gobierno argentino por la soberanía de las Islas Malvinas

Benjamin Gedan
Benjamin Gedan, director e investigador principal del Programa para América Latina del Centro Stimson, reconocido think tank con sede en Washington
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En las últimas semanas, el Gobierno colocó la discusión con el Reino Unido sobre las Malvinas en el centro de la agenda política, un giro en la estrategia política de Javier Milei a raíz de un interrogante que planteó Donald Trump y la posibilidad de que Estados Unidos modifique su postura con relación a la soberanía de las Islas.

Benjamin Gedan, director e investigador principal del Programa para América Latina del Centro Stimson, reconocido think tank con sede en Washington, y ex director para América del Sur del Consejo de Seguridad Nacional durante la administración de Barack Obama, analizó en Infobae el impacto real de estos movimientos.

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“En cuanto a la mediación, (Trump) tiene la capacidad de ofrecer sus buenos oficios siendo supuestamente un partido neutral y promover una conversación seria entre los dos países. Le encanta ese rol. Ahora bien, para actuar como mediador hay que convencer a ambas partes de que sos neutral”, planteó Gedan, que también es fellow en la Iniciativa de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Johns Hopkins, donde también ejerce la docencia.

¿Qué lectura hace de las declaraciones del presidente Donald Trump respecto de la soberanía de las Islas Malvinas?

No queda claro que lo que tiene en mente el presidente Trump sea realmente este conflicto territorial. Puede ser que le interese exclusivamente la relación de Estados Unidos con el Reino Unido y su voluntad de que los británicos cambien algunas políticas, en particular la inversión en sus fuerzas armadas. También puede ser que esté surgiendo como un tema bilateral entre Washington y Argentina, dado que Trump es un aliado cercano de Milei y quiere aportar en este asunto. Pero mi impresión es que las Malvinas funcionan más como una herramienta para presionar a los británicos que como una prioridad diplomática en sí misma.

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Javier Milei y Donald Trump (REUTERS/Al Drago/File Photo)
Javier Milei y Donald Trump (REUTERS/Al Drago/File Photo)

Más allá de las declaraciones públicas, ¿hay indicios concretos de que EEUU pueda modificar su posición oficial sobre la soberanía de las islas o actuar como mediador en una negociación?

Trump tiene toda la capacidad de cambiar profundamente la postura de Estados Unidos hacia las Malvinas. A diferencia de la política hacia Cuba o Taiwán, que requeriría el involucramiento del Congreso para modificarse, aquí el presidente tiene poder total para argumentar a favor de uno u otro lado. En cuanto a la mediación, también tiene la capacidad de ofrecer sus buenos oficios como partido supuestamente neutral y promover una conversación seria entre los dos países sobre el futuro de las islas. Le encanta ese rol: siempre está ofreciendo su círculo íntimo para resolver conflictos duraderos, como en Gaza o Ucrania. No me sorprende que lo plantee también para las Malvinas. Ahora bien, para actuar como mediador hay que convencer a ambas partes de que sos neutral. Y dudo que los británicos confíen en él, dado lo que acaba de decir sobre el conflicto.

Algunos analistas sostienen que el Reino Unido atraviesa un momento de debilidad geopolítica. ¿Cómo evalúa ese diagnóstico en el marco de este conflicto?

Queda claro que Trump y muchos de sus seguidores no ven Europa como la región del futuro. Eso lo dice también Milei, y tiene eco en el mundo MAGA. Hay una lectura, que yo no comparto, sobre factores demográficos, como la migración desde el Medio Oriente que de alguna manera está debilitando la cultura occidental, y el ascenso de países asiáticos y del sur global, que llevan a Trump y a algunos de sus aliados a considerar que Europa ya no tiene el peso geoestratégico de antes. Por eso Trump no invierte en las alianzas tradicionales con el continente, sino que impone aranceles y critica a sus gobernantes. A eso se suma la alianza entre el mundo MAGA y las fuerzas de derecha extrema europeas, que tensiona aún más esa relación.

¿Cuál considera que es el peso real de Argentina dentro de la agenda estratégica de Washington?

Yo creo que hay una dinámica exagerada. Hay una relación personal entre Milei y Trump, y es cierto que Washington reconoce que América Latina importa para su seguridad nacional, su economía y los temas de migración y crimen organizado. Pero eso tiene que ver más con América Central, México, el Caribe, Ecuador y Colombia. Argentina es un país más lejano geográficamente, que no es fuente de migrantes ni de flujo de narcóticos. Hay factores estructurales que hablan a favor de una relación más cercana —los minerales críticos, la competencia con China— pero no creo que Argentina figure entre los países más relevantes para la doctrina Monroe o Donroe, al menos de forma explícita. Como prueba de eso, después del rescate financiero del FMI hubo mucha confusión dentro y fuera del mundo MAGA para justificar esa inversión en un país tan lejano, y Trump no logró articular una visión estratégica clara a su favor.

Una mujer pasa junto a un mural que representa a un soldado sosteniendo una bandera argentina frente a un mapa de las Islas Malvinas (REUTERS/Alessia Maccioni)
Una mujer pasa junto a un mural que representa a un soldado sosteniendo una bandera argentina frente a un mapa de las Islas Malvinas (REUTERS/Alessia Maccioni)

¿Cómo analiza la gestión del presidente Milei? ¿Qué aspectos rescata y cuáles le generan preocupación?

Creo que Milei tiene la receta correcta en materia económica. Sus esfuerzos, aunque impusieron costos sociales brutales a la población, eran necesarios para hacerle frente al gasto insostenible del Estado y a una política monetaria irresponsable. No me queda claro que el pueblo argentino esté dispuesto a aguantar esos costos por mucho más tiempo sin más pruebas de un crecimiento económico que genere empleo y permita llegar a fin de mes. Pero comparto la visión macroeconómica. No soy libertario —creo que todos los países necesitan un Estado con algún tipo de política industrial, infraestructura y mano de obra capacitada— pero lo que logró bajando la inflación y achicando el gasto estatal fue un resultado notable.

En cuanto a mis preocupaciones, tienen que ver con la cultura democrática. Su postura agresiva frente a los medios de comunicación me preocupa, porque puede generar una dinámica violenta en el ecosistema mediático. Lo mismo con su actitud hacia la oposición política, tanto el peronismo como el centro derecha. Hay que defender no solo las instituciones democráticas y las leyes, sino también la cultura democrática, especialmente en países que han sufrido otras formas de gobernanza.

El primer ministro británico, Andy Burnham (REUTERS/Toby Melville)
El primer ministro británico, Andy Burnham (REUTERS/Toby Melville)

¿Estamos ante un verdadero giro ideológico de los votantes latinoamericanos hacia la derecha, o se trata más de un voto castigo al oficialismo de turno?

Es innegable que varios candidatos de derecha ganaron elecciones en poco tiempo, con mandatarios conservadores en países como Colombia, Perú, Chile y Argentina. Eso genera una oportunidad para promover políticas conservadoras y una posible coordinación regional. Pero yo no creo que haya mucha prueba de un cambio ideológico profundo en los votantes latinoamericanos. Lo que vemos refleja más una dinámica de antioficialismo. Hay muchos analistas que piensan distinto, pero para mí los datos apuntan en esa dirección: los mandatarios conservadores en Chile, Argentina y Bolivia tienen niveles de aprobación bajísimos. En Bolivia, hubo más de cuarenta días de manifestaciones exigiendo la salida del presidente. En Colombia y Perú, ambos ganaron con márgenes acotados. En elecciones donde dominan la inseguridad y la migración, hay ventajas estructurales para la derecha, pero cuando vuelve a imponerse la economía —como ocurre en Chile y Argentina—, las lunas de miel políticas se acortan. En poco tiempo vamos a ver el retorno de fuerzas hacia la izquierda.

¿Cómo describe la competencia entre Washington y Beijing por influencia en América Latina, y qué margen de maniobra tienen países como Argentina para navegar esa tensión?

Es un contexto permanente, una tensión que vamos a vivir por mucho tiempo. Refleja un cambio estructural en el mundo: el pasaje de un orden unipolar a uno bipolar o multipolar, con una disputa continua entre Estados Unidos y China. Dentro de la polarización política en Washington, uno de los pocos consensos que existe es precisamente ese: hay que invertir más en la competencia con Beijing, también en América Latina. Por eso vamos a ver muchos esfuerzos para presionar a los gobiernos de la región a alejarse de China, o más inversión para poder competir de verdad.

Hay un tema de fondo permanente. Países como Argentina van a tener que navegar esa tensión con una habilidad diplomática poco común, porque no es fácil. Unos días antes de que el canciller Marco Rubio llegara a Ecuador, el presidente ecuatoriano estaba en Beijing negociando con el gobierno chino. El canciller chileno viajó a China hace poco. El presidente del Congreso salvadoreño también. Y hablo solo de países conservadores. Argentina, por su parte, acaba de renovar su swap de monedas con China por casi 20.000 millones de dólares.

Yo doy crédito a Trump por no haber presionado demasiado a Milei hasta ahora, porque lo que podría pasar sería una dinámica muy negativa para la economía argentina si, por ejemplo, se cortara el acceso al financiamiento del Banco Central de China o se impidiera la inversión china en el sector minero.

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