Gustavo Gavotti
Gustavo Gavotti

El decreto de necesidad y urgencia por el cual el Ejecutivo nacional dispuso la cuarentena obligatoria de los argentinos -deben permanecer en sus casas, con las excepciones necesarias para que funcionen los abastecimientos y servicios mínimos indispensables- es una medida inédita en la historia del país.

Bajo dictadura, con frecuencia los argentinos estuvieron sometidos al estado de sitio -es decir, la suspensión de sus libertades y garantías individuales- y al producirse el último golpe de Estado militar, también rigió la ley marcial, aunque oficialmente no fue aplicada: no hizo falta porque los fusilamientos se practicaban en la clandestinidad. El Estado de sitio rigió durante toda la dictadura. No implicaba toque de queda, pero, por efecto del terror, la misma población restringía sus movimientos. Además, los controles, la identificación de vehículos y personas eran constantes.

La ley marcial sí fue aplicada luego del golpe de 1955 contra el gobierno de Juan Domingo Perón, en especial para reprimir un levantamiento militar en 1956, y en esa ocasión sí se produjeron varios fusilamientos.

Pero en democracia, bajo epidemias como la del cólera o la de la fiebre amarilla, las cuarentenas fueron una excepción y uma medida limitada en su alcance. En la primera, en 1867, sólo se impuso una cuarentena a los barcos que llegaban al puerto. En la segunda, en 1871, la reacción de las autoridades fue tardía. Una campaña periodística promovió la movilización de los vecinos y entonces sí, algunos políticos y funcionarios crearon una “Comisión Popular de Salud Pública”. Hubo estigmatización hacia los inmigrantes italianos -estas pestes solían comenzar en los puertos- y hacia las barriadas con más presencia de negros -que por falta de servicios de higiene y salud presentaron más cantidad de casos-, pero el desplazamiento de población fue espontáneo: la gente “decente” abandonó el sur de la Capital y así nació el “Barrio Norte”.

Medias como las que acaba de tomar el presidente Alberto Fernández son una total novedad. Se inscriben claro está en el marco de un fenómeno también inédito: el de una pandemia que avanza a un ritmo hasta ahora nunca visto por velocidad y facilidad de contagio.

El monumento que se levantó en homenaje a las víctimas de la epidemia de fiebre amarilla.
El monumento que se levantó en homenaje a las víctimas de la epidemia de fiebre amarilla.

A grandes males, grandes remedios.

Quizá una comparación que puede resultar interesante es la de la epidemia de SIDA, que llegó a nuestro país en la segunda mitad de la década del 80. Lo impactante, si se mira retrospectivamente, es la lentitud de reacción de las autoridades y la persistente incredulidad del público. Por varios años, no existió ninguna campaña de prevención estatal; eran algunas revistas, algunos diarios, los que, por propia iniciativa, comentaban el tema o daban recomendaciones.

La negación fue la norma. Y ello a pesar de que ya se habían producido varias muertes de personajes muy conocidos del mundo artístico: los músicos Miguel Abuelo y Federico Moura, y el bailarín Jorge Donn, y, en el mundo, la estrella de cine Rock Hudson y el músico Freddie Mercury.

Debería haber bastado para generar conciencia y sin embargo... En este caso, dos factores explican esta actitud. Por un lado, la creencia inicial de que el SIDA sólo afectaba a la población homosexual masculina primero; y luego sólo a los consumidores de droga. En segundo término, el hecho de que una de las principales vías de contagio fuesen las relaciones sexuales convertía la prevención en un problema mayor. Era la dificultad del ser humano de renunciar a una de sus principales pulsiones vitales.

Pero esto, que puede explicar la conducta individual, no justifica en modo alguno la desidia de las autoridades que por demasiado tiempo eludieron su deber de hacer campañas de concientización: de eso no se hablaba. Luego, cuando empezaron, eran mensajes confusos o ineficaces al punto de causar más risa que temor.

Les llevó mucho tiempo a los creativos darse cuenta de que la mejor estrategia era apelar a caras conocidas -artistas especialmente- para pasar el mensaje de que la diferencia entre la vida y la muerte pasaba por el uso del preservativo. Un método anticonceptivo que la pastilla, el diafragma y el espiral habían hecho caer en desuso.

Hoy, la reacción de las autoridades ha sido inmediata: es verdad que se trata de una epidemia que no hace distingos; aunque exista un sector de la población que, de contagiarse, corre mayor riesgo de muerte, nadie está exento. Y el carácter verdaderamente mundial de esta “peste” moderna permite imitar el ejemplo de otros países, con la ventaja del conocimiento de sus aciertos y errores.

Cabe esperar ahora que los argentinos acaten una disposición que, aunque severa y restrictiva, sólo está dictada por el interés público. Y fundada en la legitimidad y legalidad democráticas.

Y queda por ver también si la dirigencia política argentina, demostrando que ha madurado, que verdaderamente apuesta a la unidad y a impedir que el pasado hipoteque el presente y el futuro, apela a todos los recursos de la nación, y de ser necesario incluso a sus fuerzas militares, como lo han hecho otras democracias, incluso y en primer lugar las de los países más avanzados, para superar esta crisis sanitaria inédita.

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