
Últimamente me ha dado por pensar que muchos tratan el riesgo como el primo incómodo del proyecto. Lo mencionamos por protocolo, lo documentamos en un registro, pero al final lo “dejamos pasar” para centrarnos en lo que hace ruido: el cronograma, el presupuesto, los entregables. No digo que esté mal enfocarse en eso, pero entendí que, cuando el riesgo se maneja bien, abre la puerta a la recompensa, no solo a la supervivencia.
En los proyectos, el riesgo no es solo aquello que puede salir mal, sino también aquello que puede salir muy bien. Y sí, muchas guías lo plantean: “gestiona riesgos para asegurar resultados”. Pero acá lo retomo en lenguaje de equipo: no se trata solo de resguardar lo que podría fallar, sino de capturar lo que podría dejar una huella.
Mantener la conversación viva y prestar atención a las oportunidades
La primera práctica que recomiendo es que el riesgo empieza con una conversación, y debe mantenerse como conversación. Cuando participé en un proyecto, se lanzaron en la reunión de arranque las siguientes preguntas: ¿qué nos puede impedir cumplir lo que prometimos? ¿Qué podemos hacer para cambiar el juego a nuestro favor?
Al inicio, algunos equipos se encogieron de hombros. “Riesgo”, dijeron. Pero cuando les dije que también quería hablar de oportunidades derivadas de esos riesgos, se abrió otra dimensión de la discusión. Lo que antes era “que no pase esto” pasó a ser “¿y si hacemos esto para que pase esto otro?”. Eso cambia mucho, porque cuando el equipo entiende que el riesgo no es el enemigo, pierde esa postura de “mala noticia que no quiero dar”. Se convierte en capacidad de anticipar, de probar, de adaptarse.
Por otro lado, una de mis frases favoritas es: “El riesgo no viene sin una oportunidad”. Y, en serio, lo comprobé. En un proyecto de producto digital hicimos un backlog de riesgos convencionales; pero, al revisarlo juntos, nos dimos cuenta de que varias entradas eran oportunidades ocultas: ¿y si redujéramos el alcance para lanzar antes? ¿Y si cambiamos de proveedor para acceder a otra tecnología? Sí, implicaban riesgo, pero también recompensa.
Por ello, la gestión del riesgo no debe enfocarse solo en mitigar lo malo, sino en explorar lo que puede ser bueno. Eso exige doble mentalidad: proteger lo que ya sabemos y apostar por lo que podría transformarse. ¿El resultado? No solo menos sorpresas, sino más valor.
Presupuesto para la incertidumbre y liderar desde la incertidumbre
Otra cosa que aprendí es que no basta con listar riesgos. Necesitamos asignarles un presupuesto. Suena pesado, pero es decisivo. Si detecto una amenaza de un proveedor crítico o una tecnología emergente que podría extender el cronograma, necesito preverlo en un fondo de contingencia o en un plan B. Y ese recurso no es “cuando todo va mal”, sino “cuando algo evoluciona”.
En un equipo de proyectos planteamos la categoría “riesgo-oportunidad”. Es decir, partíamos preguntándonos si aprovechábamos una tecnología temprana, cuánto costaría modular nuestro contrato para tenerla y cuánto ganaríamos si funcionaba. Eso nos permitió decidir: “Sí, avanzamos; este es nuestro buffer”. Y no terminó siendo un gasto, sino una inversión de riesgo consciente.
Dirigir en un entorno sin certezas no es para todos. Lo que marca la diferencia es la actitud: ser visible en el riesgo, no desaparecer ante él. El rol de un gestor de proyectos no es hacer que el riesgo desaparezca, sino crear condiciones para que la incertidumbre se encuentre con decisión. Eso implica transparencia, métricas que informen y canales de comunicación abiertos. Cuando todos saben que “estoy listo para lo inesperado”, el equipo trabaja distinto. Y cuando trabaja distinto, la recompensa deja de estar al final del túnel y empieza a verse en el camino.
Los proyectos ya no son líneas rectas: son bucles, y el riesgo también. No lo etiquetes solo al inicio y luego te olvides. Tienes que revisarlo, ajustarlo, aprender de lo que pasó. Porque la intención no es esquivar todo peligro, sino crecer con lo que el riesgo nos deja. En cada revisión de sprint, en cada entrega parcial, nos debemos preguntar: ¿qué aprendimos sobre lo que puede ir mal o puede ir mejor? Esa curiosidad convierte el registro de riesgos de un documento olvidado en un vehículo de mejora continua. Como equipo, dejamos de temer al “riesgo inevitable” y lo usamos para abrir caminos que antes no veíamos.
Para mí, gestionar riesgo y maximizar recompensa ya no es una dualidad. Es un solo camino, con un solo rumbo: generar valor con intención, en medio del ruido, del cambio y de lo inesperado. Y en ese camino, el riesgo deja de ser solo amenaza y se convierte en aliado.
Si estás liderando proyectos que quieren más que “salir bien”, te invito a mirar el riesgo de manera diferente: no como el obstáculo que evitamos, sino como la puerta que podemos abrir. Porque cuando el equipo acepta que el riesgo puede traer recompensa, deja de apagar incendios y empieza a generar oportunidades.

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