En política, el príncipe azul no existe

Ningún gobierno logró satisfacer simultáneamente a todos sus votantes. Esa expectativa pertenece más al terreno de los cuentos de hadas que al de la realidad. El cuarto oscuro no reparte cartas mágicas y la abstención disfrazada de pureza termina, casi siempre, favoreciendo la opción que menos se quería elegir

javier milei y cristina kirchner
Javier Milei y Cristina Kirchner
Guardar

Cuando toca hablar de política, y más precisamente de esa tendencia inercial llamada polarización, conviene entender por qué tantos argentinos se resisten a aceptar sus reglas más elementales. La grieta no nació de un capricho. En todo caso es la consecuencia natural de una sociedad que sigue esperando algo que probablemente nunca llegará.

Esa figura de armadura reluciente y caballo blanco que da nombre a esta columna representa la fantasía de una solución perfecta, sin manchas ni contradicciones, sin errores propios ni ajenos, algo que jamás sucedió en ningún terreno de la vida humana. No aparece en el amor, donde toda pareja real conserva defectos que se aprenden a tolerar y aceptar con normalidad. Tampoco emerge en el trabajo, donde ningún empleo combina remuneraciones ideales, jefes admirables, clima laboral óptimo y horario cómodo todo al mismo tiempo. Menos todavía se puede esperar eso en la política, un oficio hecho de acuerdos imperfectos entre seres humanos naturalmente imperfectos. Sin embargo, una porción significativa del electorado sigue reservándole una silla vacía a ese jinete imaginario, como si en algún momento fuera a desmontar para resolver, sin costos ni matices, todo lo que ahora perturba.

PUBLICIDAD

Quien viajó alguna vez en avión conoce esa escena en la que una azafata recorre el pasillo con una bandeja y pregunta si el pasajero prefiere “pollo o pasta”. No hay tercer plato escondido en la cocina, ni siquiera para quien detesta ambas variantes. La democracia representativa funciona de manera muy parecida, ya que entre el asiento y el cuarto oscuro no cabe la carta imaginaria de una alternativa perfecta. Solo están disponibles los caminos explicitados, con sus virtudes evidentes y sus defectos igualmente inocultables.

A algunos les molestan las formas del liderazgo actual, cierto estilo áspero, declaraciones sin filtro o el abordaje de temas puntuales donde la coincidencia no es absoluta. Ese fastidio resulta legítimo y hasta saludable, porque ningún gobierno debería aspirar a contar con una adhesión incondicional. El problema aparece cuando esa molestia se transforma en la excusa perfecta para seguir esperando la mágica aparición del personaje que nunca se presentará, en lugar de encarar la incómoda tarea de definir entre las alternativas reales que sí están sobre la mesa.

PUBLICIDAD

La otra opción disponible no es una incógnita ni una hoja en blanco. Tiene una larga historia, y esa ya fue vivida por generaciones enteras, con consecuencias indisimulables, a saber: inflación descontrolada que empobreció a los más vulnerables, cepo cambiario que restringió libertades, controles de precios que multiplicaron la escasez, un Estado sobredimensionado financiado con emisión monetaria y una deuda impagable hija de la irresponsabilidad fiscal endémica. Volver hacia ese modelo no equivale a subirse a un vehículo desconocido, sino que es sinónimo de entrar a un tren fantasma cuyo recorrido ya se conoce de memoria, con todos sus sustos anunciados de antemano. Sin ir más lejos, ahora podría preverse una agenda que incluya indulto a la ex presidenta Cristina Kirchner, la probable reversión de reformas de fondo relevantes, expropiaciones a discreción, emisión monetaria para financiar políticas redistributivas y el regreso de varios impuestos al ruedo, por solo citar los ítems más mencionados en declaraciones recientes.

Frente a ese dilema, el indeciso que demanda perfección enfrenta una encrucijada más simple de lo que parece. Puede seguir esperando a un personaje que forma parte de su fantasía, o puede animarse al difícil ejercicio de elegir entre lo que efectivamente existe, aceptando que ese gesto no implica renunciar a la crítica ni al reclamo posterior. Apoyar un rumbo con matices no equivale a aplaudir cada detalle de su ejecución cotidiana, pero sí implica tomar postura, y de eso se trata una convocatoria a expresarse en las urnas.

Ningún gobierno, ni el más brillante de la historia universal, logró jamás satisfacer simultáneamente a todos sus votantes en cada tema sensible. Esa expectativa, por más comprensible que resulte, pertenece más al terreno de los cuentos de hadas que al de la política real. El cuarto oscuro no reparte cartas mágicas, solo suele ofrecer pollo o pasta, y la abstención disfrazada de pureza termina, casi siempre, favoreciendo al plato que menos se quería elegir.