El peronismo continúa deslizándose con asombrosa rapidez en un espiral autodestructivo que, muy probablemente, y de no mediar un tan radical como improbable cambio en el humor social, terminará con una debacle electoral de proporciones históricas.
Son muy pocos los dirigentes que, con un voluntarismo ya casi rayano con la ingenuidad, esperan a esta altura que el Presidente y su vice se sienten a dialogar para alcanzar un acuerdo que les permita afrontar las elecciones con una oferta de contornos nítidos y un candidato único y competitivo. Todos los puentes han sido sistemáticamente dinamitados y, a medida que se acerca el 24 de junio, cuando se cierren formalmente las listas de candidatos nacionales, la tensión parece haber superado ya ampliamente el “punto de no retorno”.
El último episodio que dejó en evidencia la magnitud de la degradación de los vínculos internos en el Frente de Todos fue la agresión a Sergio Berni por parte de un grupo de choferes de la línea 620 que protestaban por el brutal asesinato de un compañero en La Matanza. Más allá de lo preocupante de un hecho que desnuda con crudeza la precaria convivencia social, algo que muchos dirigentes que continúan procrastinando se resisten a ver, el episodio mostró también que el vínculo entre el Presidente y el Gobernador bonaerense está atravesado por algo más que la mera frialdad.

Incluso el propio ministro del Interior Wado de Pedro, otrora un equilibrista y faceta más moderada del kirchnerismo, ya cuestiona abiertamente al Presidente. Así, en las últimas horas responsabilizó a Fernández de decidir, en forma unilateral, la “estrategia electoral” de dirimir las diferencias internas en unas PASO, y lo criticó por la falta de voluntad de habilitar una mesa para negociar. A está altura, cabe señalar, una crítica que encierra casi un galimatías: exigirle al Presidente que decline de sus intenciones sin tener un candidato competitivo alternativo implicaría asumir la potencial derrota. Es que a esta altura pareciera inevitable que, más allá de las fracturas expuestas al interior del oficialismo, o ganan todos o -lo más probable- pierden todos. Quien diga lo contrario está mirando solo el “pago chico”.
Así las cosas, el peronismo se asoma a un proceso electoral histórico sumido en la más absoluta incertidumbre. Una situación inédita en la historia reciente, que solo encuentra ciertos “parecidos de familia” con lo ocurrido en las presidenciales de marzo de 2003. Veinte años después de esa elección que consagró a Néstor Kirchner como presidente con apenas el 22% de los votos, el peronismo vuelve a mostrar un asombroso nivel de fragmentación: el presidente insiste en su delirante proyecto de reelección, el kirchnerismo resiste con una agenda cada vez más desacoplada de las demandas ciudadanas, el Frente Renovador se aferra con desesperación al “plan aguantar” de Massa, varios gobernadores desdoblan las elecciones locales procurando sobrevivir a una debacle, y otros -como Schiaretti- trabajan en una construcción propia.
Si la fragmentación es la característica que aparece como denominador común entre las presidenciales de 2003 y el proceso electoral en ciernes, la diferencia fundamental pareciera radicar en su manifiesta falta de competitividad del espacio. Mientras en 2003 la presidencia se dirimió entre dos opciones del propio peronismo (Kirchner y Menem) con unas PASO suspendidas por orden del propio presidente Duhalde, en este 2023 existe incluso la posibilidad de que el peronismo quede fuera de un escenario de ballotage el próximo noviembre.
Un este sentido, un reciente trabajo de Aresco da cuentas de la rapidez con que se han venido deteriorando las chances electorales del oficialismo. Mientras en noviembre del 2022 la intención de voto a Presidente, agrupada en preferencias partidarias, marcaba 35,6% para Juntos por el Cambio; 33,5% para el Frente de Todos; y 19,3% para La Libertad Avanza; hoy el Frente de Todos cayó casi 6 puntos porcentuales, mientras Milei creció casi 3% (35% JxC; 28% para el Frente de Todos; y 22% para los libertarios).
Nada parece indicar que está situación vaya a cambiar. Todo lo contrario. Mientras el Gobierno continúa jaqueado por la inflación y la inestabilidad permanente, la relación entre el Presidente y el kirchnerismo está definitivamente rota. Con críticas y chicanas recurrentes los máximos referentes del kirchnerismo más duro ya han manifestado su rechazo al proyecto reeleccionista del presidente que, por convicción o por mero pragmatismo, exaspera a propios y extraños con la insistencia en su precandidatura. Un juego imposible que no solo tensiona aún más un frente que más allá de la supervivencia formal ya está roto, sino que obtura las posibilidades de procurar instalar otros candidatos en la liza electoral.

En este contexto, una vez más, el principal depositario de la frustración y descontento es el ascendente Javier Milei. Es que uno de los datos más inquietantes de la mencionada encuesta de Aresco da cuentas de que los votos que pierde el Frente de Todos se fugan hacia el candidato libertario o la abstención. Y esta proyección no solo interpela a un oficialismo que podría a este ritmo quedarse fuera de un ballotage, sino también a una oposición que, con la pelea de fondo entre Larreta y Bullrich, muestra diferencias cada vez más profundas que plantean el interrogante acerca de en qué medida el triunfador en las PASO podrá retener la mayoría de los votos del vencido.
La dirigencia tradicional, enfrascada en sus internas y dejando en evidencia la orfandad de proyectos políticos consistentes, parece confiar en exceso en que el proceso electoral deje en evidencia las limitaciones del candidato libertario y ordene “racionalmente” las preferencias. Una apuesta a todas luces de alto riesgo: si en política hace ya un buen tiempo se sabe que las emociones son más fuertes que la razón, en contextos donde el humor social muestra niveles altísimos de hastío, esta propensión debería tender a profundizarse.
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