A propósito de los que se sienten “perseguidos” cuando se les señala que su discurso hiere y conlleva peligros para la victimas reales. Hace años vengo escuchando a personas quejarse de ser víctimas de lo políticamente correcto. A veces pienso que quizás no tengan idea de lo que realmente significa ser víctima de la discriminación. Soportar la violencia verbal sistemática, día tras día, mes a mes, año tras año, hasta llegar a décadas, en algunos casos. Muchas veces desde sus propias casas, desde sus propios padres, sin lugar donde ampararse. La comunidad es hostil y hay que convivir porque no queda otra.
Imagino que estas personas -por más heteronormativas y cuerpo-hegemónicas que sean- habrán pasado en algún momento de sus vidas por la experiencia de ser excluidas de algún grupo o de recibir una burla muy hiriente. Alguna vez habrán vuelto a sus casas llorando, con angustia, con el peso de plomo en la espalda fruto de la violencia ejercida desde la normatividad. Imaginen no poder liberarse de ese peso nunca, estar a la defensiva cada día, en guardia. Qué tal ponerse en esos zapatos, habitar esa piel, ese cuerpo, e imaginar querer crecer en un mundo que no nos acepta como somos.
Una vez un conocido director de cine argentino fue agredido por una patota xenófoba en España una noche en la que iba a un boliche, luego de proyectar su película en un festival. Le pegaron por morocho y sudaca. Yo trabajaba en ese momento en un medio gráfico y hablé con él para publicar la noticia. Me sorprendió al pedirme que no publicara nada. Entendí que le deba vergüenza recordar y hacer pública una situación humillante y que prefería olvidar.
Ninguna víctima de violencia desea replicar y repetir su dolorosa experiencia. Se hace cuando no queda otra. De modo que tampoco entiendo a quienes postulan que las victimas salen victoriosas de exponer esas experiencias. La única victoria, eventualmente, será que se haga justicia y que no exista una próxima víctima.
Las personas que se sienten víctimas de lo políticamente correcto quizás no tengan medida del dolor que pueden provocar cuando lo que dicen es una invitación a anular derechos adquiridos a otras personas. Quizás no hayan padecido los distintos grados de violencia verbal, psicológica o física, la exclusión, la invisibilización o la simple y aplastante falta de reconocimiento como sujeto. Por eso, nada más que por eso, no pueden sentir empatía con quienes sí la padecen. Quisiera pensar eso, que simplemente no se detuvieron a pensar demasiado.
La autora es escritora y flamante asesora del Inadi. Su último libro es El año de la militancia verde, disponible en Bajalibros.
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