El corto LGBT+ sobre el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco que es viral: crimen de Estado y amor en “otra vida”

Los actores Jason Romo y Eduardo Barquín protagonizan “Mejor ya vámonos”, un cortometraje LGBT+ escrito y dirigido por el cineasta Miguel Arath

Escrito y dirigido por Miguel Arath, este proyecto nos invita a imaginar los miedos, las esperanzas y el cariño de dos jóvenes mientras a su alrededor se aproxima uno de los episodios más oscuros de la historia contemporánea de México.

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Jason Romo y Eduardo Barquín protagonizan Mejor ya vámonos, un cortometraje LGBT+ escrito y dirigido por el cineasta Miguel Arath que coloca una historia de amor entre dos jóvenes en las horas previas a la represión del 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco.

La obra recupera el miedo de acudir a la marcha, la persecución contra el movimiento estudiantil y la homofobia de una época que obligaba a muchas parejas a ocultarse.

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El corto ha llamado la atención por ligar un episodio de violencia estatal con la intimidad de Gabriel y Lalo, personajes ficticios que enfrentan una decisión inmediata: acudir al mitin en la Plaza de las Tres Culturas o resguardarse ante los rumores de que el Ejército volvería a las calles.

La historia parte de un hecho documentado: el 2 de octubre de 1968, fuerzas del Estado reprimieron un mitin estudiantil y civil en Tlatelolco. El gobierno mexicano reconoció políticamente en 2024 que los actos de violencia contra integrantes del movimiento estudiantil constituyeron un crimen de lesa humanidad.

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En uno de los diálogos, Gabriel plantea la preocupación que existe en su casa ante la movilización. “Mejor ya vámonos. Mi papá dijo que pueden llegar tanques como llegaron al Zócalo”, dice antes de que la conversación pase al temor que provoca su relación.

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Lalo intenta convencerlo de asistir al encuentro y promete que estarán poco tiempo. Gabriel responde que no puede hacerlo. Su madre ya cuestiona por qué pasa tanto tiempo con él, por qué vuelve tarde y por qué los vecinos los observan.

“Lalo, tengo miedo”, dice Gabriel. La frase no se limita a la posibilidad de una represión contra estudiantes. También retrata el riesgo de sostener una relación entre hombres en una sociedad donde la homosexualidad solía enfrentarse al señalamiento familiar, vecinal y público.

El corto LGBT+ sobre el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco que es viral: crimen de Estado y amor en “otra vida”
(Instagram/@chamacomexicano)
El corto LGBT+ sobre el 2 de octubre de 1968 en Tlatelolco que es viral: crimen de Estado y amor en “otra vida” (Instagram/@chamacomexicano)

Lalo le responde: “Yo te dije que iba a estar contigo en esta y en la siguiente vida”. La promesa anticipa el recurso que articula el desenlace de Mejor ya vámonos: una posibilidad de reencuentro fuera de las restricciones, el miedo y la violencia que rodean la noche de Tlatelolco.

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El corto no presenta a Gabriel y Lalo como figuras que sustituyen a las víctimas reales de la masacre. Su historia funciona como una ficción situada en un hecho que dejó muertos, personas heridas, detenidas y familias marcadas por la represión.

Las voces de los personajes se cruzan con ruidos de bocinas, gritos y una canción que acompaña los momentos de tensión. El recurso coloca la conversación privada de la pareja frente a una atmósfera que anuncia peligro.

En otra escena, Lalo pregunta qué ocurrió y si su compañero está bien. Después propone volver a la marcha al día siguiente y llevarlo con su padre para evitar un conflicto familiar. Gabriel cambia de postura: “Esta vez me voy contigo”.

La decisión adquiere otro sentido frente al contexto de 1968. No se trata solamente de acompañar a una pareja. Los personajes avanzan hacia un espacio atravesado por la vigilancia, la censura y la violencia que el Estado ejerció contra el movimiento estudiantil.

El Estado mexicano reconoce la responsabilidad por los hechos de 1968

Durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, la versión oficial intentó presentar la matanza como una respuesta ante presuntos francotiradores y una supuesta conspiración. Las autoridades reportaron una cifra limitada de víctimas civiles y responsabilizaron a estudiantes por el inicio de la violencia.

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Díaz Ordaz asumió después la responsabilidad por las decisiones de su gobierno. Luis Echeverría Álvarez, quien era secretario de Gobernación en 1968, enfrentó décadas más tarde un proceso por genocidio, aunque no recibió una condena definitiva.

Con la alternancia política de 2000 hubo acceso parcial a archivos y se creó la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado. La fecha también quedó establecida en la memoria pública bajo la consigna “2 de octubre no se olvida”.

El cambio institucional más amplio llegó el 2 de octubre de 2024, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum firmó un acuerdo publicado en el Diario Oficial de la Federación. El documento reconoce que los actos de violencia gubernamental contra el movimiento estudiantil fueron constitutivos de un crimen de lesa humanidad.

La Secretaría de Gobernación ofreció una disculpa pública a víctimas, familiares y a la sociedad mexicana. El acuerdo también establece el compromiso del Ejecutivo federal de garantizar la no repetición de actos de represión, privación ilegal de la libertad, tortura y uso de las Fuerzas Armadas contra la población.

La Presidencia señaló que la responsabilidad principal por los hechos recayó en Gustavo Díaz Ordaz. El acuerdo incluye el compromiso de que las estructuras y elementos de las Fuerzas Armadas “nunca más sean utilizados para atacar o reprimir al pueblo de México”.

Mejor ya vámonos plantea una memoria LGBT+ del 2 de octubre

La propuesta de Mejor ya vámonos abre una pregunta sobre las vidas que quedaron fuera de los relatos oficiales de 1968. La memoria de la represión suele concentrarse en cifras, dirigentes y decisiones gubernamentales, mientras las historias personales de quienes estuvieron ahí permanecen menos documentadas.

Gabriel y Lalo no existieron como personas identificadas dentro de los registros del movimiento. Aun así, su historia plantea que en las calles, escuelas y hogares de esa época también había jóvenes LGBT+ que enfrentaban la represión política junto con la discriminación por su orientación sexual.

El reencuentro planteado en “otra vida” no elimina la tragedia de Tlatelolco. La coloca frente a una posibilidad que los protagonistas no tenían en 1968: expresar afecto sin esconderse de la familia, los vecinos o las autoridades.

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