El hígado graso no duele, no avisa y en la mayoría de los casos se descubre por accidente, cuando un médico solicita un ultrasonido por otra razón.
Según un estudio publicado en 2024 en Diabetes Spectrum, revista científica de la Asociación Americana de Diabetes (ADA), la enfermedad afecta hasta al 32% de la población mundial.
Es decir, uno de cada tres adultos puede tenerla sin saberlo.
Lo que hace al hígado graso especialmente silencioso es que sus síntomas —cuando aparecen— se confunden con cansancio o malestar general.
No es una enfermedad aislada: está estrechamente vinculada con obesidad, resistencia a la insulina, colesterol alto y diabetes tipo 2. Ignorarla tiene consecuencias que van más allá del hígado.
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Prevenir su desarrollo o detener su avance depende en gran medida de decisiones cotidianas. El estudio de Diabetes Spectrum señala que los cambios en el estilo de vida son la primera y más poderosa línea de acción.
Estos son los cinco hábitos que la evidencia científica respalda:
Tener controlado el peso corporal
Perder peso es la intervención con mayor respaldo clínico para mejorar el hígado graso.
El estudio establece umbrales concretos: una reducción de al menos 5% del peso corporal basta para disminuir la grasa hepática; perder entre 7 y 10% mejora la inflamación del hígado; y una pérdida de 10% o más puede revertir la fibrosis.
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Incluso pacientes con peso normal se benefician: en ese grupo, bajar entre 3 y 5% del peso logra la remisión de la acumulación de grasa dentro del hígado.
No se trata de dietas extremas. La clave es una restricción calórica sostenida, combinada con un patrón alimentario saludable a largo plazo.
Adoptar una dieta de verdad, no un régimen temporal
El Instituto Nacional de la Diabetes y las Enfermedades Digestivas y Renales de Estados Unidos (NIDDK) recomienda sustituir las grasas saturadas y trans por grasas insaturadas, especialmente ácidos grasos omega-3.
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También sugiere priorizar alimentos con índice glucémico bajo: la mayoría de las frutas, verduras y cereales integrales afectan menos la glucosa en sangre que el pan blanco, el arroz blanco o las papas.
El estudio de Diabetes Spectrum refuerza esto con la dieta mediterránea como el patrón más estudiado y recomendado por las guías clínicas relevantes: aceite de oliva, pescado, leguminosas, nueces, semillas, granos enteros y poca carne roja o procesada.
En ensayos clínicos de 18 y 24 meses, este patrón redujo la grasa hepática de forma significativa, incluso comparado con dietas bajas en grasa.
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Eliminar el azúcar que se bebe, no solo la que se come
El NIDDK advierte que las bebidas con grandes cantidades de azúcares simples —refrescos, bebidas deportivas, jugos y tés endulzados— son una fuente especialmente dañina de fructosa.
El estudio de Diabetes Spectrum lo confirma: las bebidas azucaradas se asocian directamente con mayor grasa visceral y hepática, y deben eliminarse.
El azúcar de mesa también cuenta: la sacarosa se convierte rápidamente en glucosa y fructosa durante la digestión, según el NIDDK.
Moverse con regularidad, aunque no sea en un gimnasio
La actividad física mejora la acumulación de grasa hepática de forma independiente, sin necesidad de que haya pérdida de peso, y puede prevenir la fibrosis y la cirrosis, de acuerdo con el estudio de Diabetes Spectrum.
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La combinación de dieta y ejercicio produce mejores resultados que cualquiera de las dos intervenciones por separado.
No se requiere alta intensidad: caminar, andar en bicicleta o nadar a ritmo moderado son suficientes si se mantienen con constancia.
Dejar de fumar y reducir el alcohol al mínimo
El tabaco se asocia con la progresión de la fibrosis hepática y con el desarrollo de cáncer, según el estudio de Diabetes Spectrum.
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El alcohol, aunque no sea la causa del hígado graso no alcohólico, daña aún más un hígado ya comprometido, advierte el NIDDK.
Los especialistas recomiendan que ambos hábitos deben eliminarse o reducirse al mínimo posible en cualquier persona con esta condición.