
Cada taco de pescado, cada plato de atún, abulón o langosta encierra una historia que cruza el océano Pacífico. Una historia de buzos japoneses, familias migrantes y una comunidad que, entre redes, mareas y nostalgias, ayudó a forjar el rostro moderno de este puerto bajacaliforniano.
Hoy Ensenada es uno de los principales destinos gastronómicos del norte de México, reconocido por los vinos del Valle de Guadalupe y los productos marinos de alta gama.
Pero esta riqueza culinaria no nació por azar. Está profundamente vinculada al legado de los distintos pueblos que han habitado la región, desde los kumiai, pueblo originario de la península, hasta los misioneros españoles del siglo XVIII que introdujeron la vid y las familias rusas que, a inicios del siglo XX, impulsaron el cultivo de trigo y sentaron las bases de la producción moderna del vino en el Valle de Guadalupe. Sin embargo, frente a este paisaje agrícola siempre estuvo el océano Pacífico, generoso e impredecible, esperando a quienes supieran leer sus mareas. Fue ahí donde la presencia japonesa marcó un antes y un después.

Cuando el mar empezó a hablar japonés
Masaharu Kondo no llegó como turista ni como aventurero. Llegó como ingeniero y profesor universitario formado en Tokio, con una obsesión clara: entender cómo transformar el mar en futuro. En 1908 fue enviado a Estados Unidos para estudiar tecnología pesquera y comenzó su labor en los muelles de Los Ángeles–San Pedro, donde conoció a Aurelio Sandoval, quien desde los tiempos del porfiriato contaba con concesiones de pesca en Baja California. Fue allí donde Kondo comprendió algo que pocos veían: que las aguas del Pacífico mexicano guardaban una riqueza capaz de cambiar la historia de un puerto entero.
En 1912 regresó con capital japonés y fundó la M.K. Fisheries Company of San Diego, conectando a México con redes comerciales que se extendían hasta Europa y Asia. Introdujo buceadores especializados, técnicas avanzadas de captura y métodos de clasificación del abulón que elevaron su valor comercial. Sus trabajadores se internaban durante horas en el agua helada, combinando disciplina japonesa con resistencia forjada a golpes de marea. Para 1923, la mitad de las tripulaciones pesqueras de San Diego eran japonesas: Baja California comenzaba a hablar japonés bajo el agua.

Además de su liderazgo en la pesca de abulón, Kondo fue también un pionero de la industria del atún. Hacia 1918 impulsó en San Diego una empresa, con apoyo financiero japonés y concesiones mexicanas, mediante la cual empleó a pescadores japoneses para operar frente a las costas de Baja California. Esta iniciativa contribuyó a consolidar las operaciones atuneras transfronterizas que conectarían las costas mexicanas con la flota y las conserveras de San Diego, sentando las bases de la futura flota atunera de alta mar en el Pacífico norte.
Su planta enlatadora de Bahía Tortugas, inaugurada en 1928 y con alrededor de 350 trabajadores japoneses, simbolizó el auge de una industria naciente. Sin embargo, la historia no fue generosa con él. En 1931 la empresa quebró; la planta fue incautada y vendida al general Abelardo L. Rodríguez —gobernador del Territorio Norte de Baja California entre 1923 y 1930 y presidente interino de México de 1932 a 1934—, quien posteriormente fundó la Pesquera de Bahía Tortugas, S.A. El pionero que había enseñado a México a mirar el mar murió lejos de sus redes y de sus buzos.

Tras su quiebra, el vacío dejado por el capital japonés fue ocupado por actores políticos y empresariales mexicanos. Rodríguez organizó en 1937 la empresa Pesquera del Pacífico, S. de R.L., mientras que el empresario japonés Shin Shibata, desde Los Ángeles, reclutó a buzos japoneses para abastecer a su compañía. A este entramado se sumó Luis M. Salazar, exgobernador del Territorio Norte de Baja California, quien en 1933 fundó La Industrial de Ensenada, S. de R.L., dedicada al envasado de sardina, abulón, macarela y calamar.
Entre 1920 y 1940 Ensenada vivió su mayor auge pesquero, con alrededor de 300 inmigrantes japoneses dedicados a esta actividad. La pesca se organizó en dos grandes grupos: pescadores de atún, sardina y bonito, y buzos especializados en la captura de abulón, técnica prácticamente desconocida en México hasta entonces. Estos hombres no sólo explotaron el mar: capacitaron a trabajadores mexicanos y sentaron las bases de las comunidades pesqueras que aún caracterizan a la costa de Baja California.

Cartas, fotografías y una vida al otro lado del Pacífico
Según María Elena Ota Mishima, pionera de los estudios de la inmigración japonesa en México; Sergio Hernández Galindo, historiador de la comunidad nikkei —es decir, de los inmigrantes japoneses y sus descendientes—; y Kiyoko Nishikawa Aceves, integrante de la Asociación Japonesa de Ensenada, estos trabajadores fueron reclutados desde Wakayama, Shizuoka, Iwate, Ibaraki, Ishikawa, Mie, Nagasaki y Chiba mediante el sistema de yobiyose, que permitía emitir cartas de requerimiento para traer a familiares, esposas y empleados.
Ensenada se llenó de apellidos japoneses: una clínica, barberías, pequeñas tiendas, talleres, compañías y ranchos comenzaron a dar forma a la vida cotidiana de la localidad. El crecimiento se refleja en el Directorio de japoneses de 1935, que registró 174 jefes de hogar y la existencia de la Asociación Japonesa de Ensenada, fundada en 1925.

El día que todo se quebró
Todo cambió en diciembre de 1941. Tras el ataque a Pearl Harbor, nueve inmigrantes japoneses que residían en Baja California fueron incluidos en la lista negra emitida por Estados Unidos y recibieron un plazo de apenas 24 horas para abandonar la región. La madrugada del 11 de diciembre de 1941 partieron rumbo al entonces Distrito Federal.

Semanas después, el golpe fue definitivo. El 2 de enero de 1942, la Secretaría de Gobernación ordenó la concentración de los nacionales de los países del Eje que habitaban en Baja California en un plazo máximo de ocho días. Pero los japoneses de Ensenada tenían solo 72 horas para empacar su historia. Las familias japonesas salieron de Ensenada en silencio, dejando atrás casas, redes y una vida entera construida junto al mar; algunas fueron enviadas a Guadalajara y otras a la capital del país.

Cuando la guerra terminó, el 28 de septiembre de 1945, México levantó la suspensión de las garantías individuales. Pero el regreso fue incompleto: de los cerca de 300 japoneses reunidos en Guadalajara, solo unos 150 volvieron a los estados donde habían residido antes, y a Ensenada regresaron apenas 25 pescadores. La compañía Industrial de Ensenada solicitó formalmente su retorno, advirtiendo que sin ellos la producción —sobre todo el envasado de abulón— había caído de forma alarmante.
Ensenada había perdido, de golpe, a quienes mejor conocían sus mareas.

El día que Ensenada volvió a mirarse en Japón
Por eso, cuando en noviembre de 2025 los nietos y bisnietos de aquellos migrantes se reunieron frente al Pacífico para celebrar el centenario de la Asociación Japonesa de Ensenada, la gran ceremonia conmemorativa y el festival titulado “100 años de presencia japonesa en Ensenada” se transformaron en algo más que un aniversario: tejieron un puente con Japón. Organizado por la Asociación Japonesa de Ensenada en colaboración con diversas instituciones japonesas y mexicanas, el encuentro reunió cine, música, danza, conferencias y exposiciones que dialogaron con la memoria, el mar, los oficios y los vínculos históricos entre Japón y México.

En ese mismo espacio se proyectó Cine Nikkei, se realizó un taller de gyotaku —técnica japonesa que imprime la silueta de un pez real sobre papel o tela— y se presentaron la danza y la música tradicional japonesa, mientras el sonido de las olas acompañaba cada recuerdo. La celebración concluyó con una ceremonia de clausura en la que participaron representantes de la Embajada de Japón y autoridades locales, quienes destacaron la historia compartida y los lazos de amistad que, desde hace un siglo, unen a ambas naciones a través de Ensenada.
Allí quedó claro que Ensenada no sólo es “México profundo” por sus raíces indígenas, como explicó en su libro Guillermo Bonfil Batalla, destacado antropólogo mexicano, sino también por sus migraciones. En cada marea y en cada red lanzada al océano siguen latiendo historias japonesas que hoy son tan mexicanas como el taco de pescado. Recordarlas es reconocer la riqueza cultural que nos ha formado y agradecer a quienes ayudaron a construir la Ensenada que hoy conocemos y amamos.
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