
Durante la conferencia matutina del miércoles 7 de enero, encabezada por la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, se anunció la develación de estatuas dedicadas a seis mujeres indígenas en Paseo de la Reforma, una de las avenidas más emblemáticas de la capital.
El acto se inscribe en una política de reconocimiento a figuras históricas que durante siglos permanecieron fuera del relato oficial.
Las esculturas corresponden a cuatro mujeres homenajeadas previamente, a Eréndira, figura histórica de Michoacán, y a Malintzin, personaje central del periodo de la Conquista.
La inclusión de estas representaciones busca ampliar la narrativa histórica desde una perspectiva que reconozca el papel de las mujeres indígenas en la formación del país.
¿Quién fue Malintzin?

De acuerdo con la Real Academia de la Historia, Malintzin fue una mujer indígena de origen azteca cuyo nombre fue transformado por los españoles en Malinche. Tras ser bautizada, recibió el nombre de Marina, al que se le antepuso el trato de “doña” debido a su papel relevante durante la Conquista. Su figura ha sido interpretada de múltiples formas a lo largo de la historia.
Dominaba tanto el náhuatl como el maya, lo que la convirtió en una pieza clave como traductora y mediadora entre los pueblos indígenas y los conquistadores españoles. Esta capacidad lingüística le permitió intervenir en negociaciones y encuentros decisivos en los primeros años del contacto entre ambos mundos.
Lejos de una visión simplificada, su historia refleja las complejidades de una época marcada por la violencia, las alianzas forzadas y la supervivencia. Su participación no puede entenderse fuera del contexto de dominación en el que vivió.
De la entrega forzada al reconocimiento público

Malintzin fue entregada al ejército de Hernán Cortés en 1519 por los líderes de Tabasco, junto con otras jóvenes, como parte de un acuerdo tras un enfrentamiento armado. Posteriormente fue asignada a uno de los capitanes españoles, antes de convertirse en una figura indispensable para la expedición.
Durante años, su imagen fue reducida a estereotipos que ignoraron su condición de mujer indígena sometida a decisiones ajenas. Sin embargo, las reinterpretaciones históricas más recientes han buscado analizar su papel desde una mirada crítica, que reconoce tanto su agencia como las circunstancias que la rodearon.
El homenaje en Paseo de la Reforma no pretende cerrar el debate, sino abrirlo. Al colocar su figura en el espacio público, se invita a observarla como parte de una historia compleja, donde las mujeres indígenas no fueron figuras pasivas, sino protagonistas en medio de uno de los momentos más determinantes del pasado mexicano.
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