
En el sureste del estado de Guanajuato, dentro del municipio de Tarandacuao, se encuentra un manantial de aguas cristalinas conocido como Ojo de Agua, un lugar que combina belleza natural, historia y tradiciones culturales.
Este sitio, que forma parte de la región hidrológica Lerma-Chapala, se ha convertido en un destino ideal para quienes buscan disfrutar de actividades recreativas y de aventura, como el rafting, o simplemente relajarse en un entorno rodeado de naturaleza.
Según informó el Gobierno de Guanajuato, este espacio es especialmente popular durante las vacaciones de Semana Santa, cuando visitantes de diferentes lugares llegan para refrescarse en sus aguas turquesas.
Un hermoso entorno natural
El paisaje de Ojo de Agua está embellecido por la presencia de majestuosos ahuehuetes, árboles que han crecido durante años gracias al agua que fluye desde el río Lerma hacia esta región.
Este entorno no solo es un refugio para quienes buscan un espacio de tranquilidad, sino también un lugar perfecto para actividades como caminar, nadar y disfrutar de un día al aire libre bajo la sombra de estos árboles centenarios.
Además de su atractivo principal, el manantial, Ojo de Agua ofrece una variedad de instalaciones para el disfrute de los visitantes, como jardines, palapas, regaderas, asadores y áreas diseñadas para convivir en familia o con amigos.
El acceso al lugar tiene un costo accesible: 30 pesos para adultos y 20 pesos para niños, tarifas que contribuyen al mantenimiento de este importante recurso natural que abastece de agua a las comunidades cercanas.
El municipio de Tarandacuao, cuyo nombre ha sido interpretado como “lugar por donde entra el agua”, se encuentra rodeado por límites territoriales que incluyen a Jerécuaro al norte y este, el estado de Michoacán al sur y Acámbaro al oeste.
Sin embargo, según el Gobierno de Guanajuato, esta definición carece de sustento documental y parece haberse popularizado a mediados del siglo XX, cuando se comenzaron a recopilar datos históricos de los municipios.
A pesar de ello, la relación de Tarandacuao con el agua es innegable, ya sea por el río Lerma o por los manantiales como Ojo de Agua, que han sido fundamentales para la vida en la región desde tiempos prehispánicos.
Historia y resistencia indígena en Tarandacuao
La historia de Tarandacuao está marcada por la resistencia de las comunidades indígenas frente a la colonización española. Durante los primeros años de la colonia, las tierras de los pueblos indígenas fueron reconocidas y protegidas por las autoridades coloniales, quienes ordenaron que las concesiones a los colonos españoles no afectaran las tierras de los nativos.
Sin embargo, estas disposiciones fueron frecuentemente ignoradas, lo que llevó a conflictos por el acceso a recursos como el agua y las tierras de cultivo.
Un ejemplo de esta resistencia se remonta al año 1614, cuando Jusepe de Celi, en representación de los habitantes del pueblo de Santiago Tarandacuao, solicitó al virrey de la Nueva España que interviniera para detener los abusos de los colonos españoles.
Según el Gobierno de Guanajuato, los españoles residentes en el pueblo habían comenzado a apropiarse del agua y las tierras de los indígenas, lo que provocó que muchos de ellos abandonaran la región.
Durante la década de 1940, este manantial era frecuentado por los habitantes de Tarandacuao para actividades como el baño y el aseo, especialmente en las temporadas cálidas. El lugar era conocido por su limpieza y por la sombra que ofrecían los sabinos centenarios que lo rodean, según el gobierno del estado.
La princesa Tara Handa y el origen del Ojo de Agua

Hace mucho tiempo, en el Monito de Piedra vivía la princesa Tara Handa. Su belleza cautivó a dos hermanos príncipes, Taríndacua y Acua Ho, quienes se enfrentaron por su amor sin considerar su vínculo de sangre. En medio del conflicto, un joven paje de la princesa intervino y los convenció de resolver la disputa de forma pacífica. Al presentarse ante Tara Handa, ella eligió como esposo a Acua Ho.
Afligido por el rechazo, Taríndacua se convirtió en una enorme roca, el peñascal del cerro, y comenzó a llorar inconsolablemente. De su llanto nació el manantial conocido como el Ojo de Agua, cuyas aguas fluyen al sur del pueblo. Tara Handa, conmovida por la tristeza, derrumbó su palacio para permanecer bajo sus ruinas junto a su amado, mientras que el paje, avergonzado, se alejó y se transformó en el cerro Bermejo.
Las lágrimas de Taríndacua dieron vida a la planicie del noreste, mientras que el Monito de Piedra, símbolo del Pedregal, permanece seco y sin vegetación. Las grandes piedras que rodean el lugar representan a los miembros de aquella corte, convertidos en roca al presenciar el destino de los príncipes.
Cada temporada de lluvia, el paisaje se transforma: el campo reverdece y florecen miles de “estrellitas”, flores que, según la tradición, son el aliento de los príncipes que aún habitan ese rincón. Las mujeres de Tarandacuao las recogen mientras cantan, rindiendo homenaje a la historia de amor y tristeza que permanece viva en el Monito de Piedra.
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