
Lo primero que se piensa cuando se viaja a Francia es en ciudades como París, Toulouse o Marsella. Sin embargo, más allá de estas grandes urbes, el país encierra un universo de pueblos con encanto que parecen detenidos en el tiempo, donde la historia asoma en cada piedra y los paisajes invitan a pasear sin prisa.
Quien se atreve a dejar a un lado las rutas tradicionales y emprende el camino hacia regiones menos transitadas, encuentra joyas que cuentan siglos de arte, espiritualidad y vida cotidiana. Entre ellas, el nombre de Cluny brilla con especial luz, recordando un pasado esplendoroso que marcó el destino de toda Europa.
Un legado medieval incomparable
Durante la Edad Media, pocos lugares alcanzaron el renombre de Cluny, cuya poderosa abadía benedictina se convirtió en el centro espiritual, político y cultural de Occidente. Aunque solo ha sobrevivido alrededor del 8% del monumental conjunto, los vestigios que permanecen todavía impresionan al visitante por su grandeza y su atmósfera sagrada. Hoy, la ciudad moderna convive con restos ilustres del antiguo monasterio, separado de lo que fuera la muralla medieval y coronado por sus imponentes torres.
El campanario del Agua Bendita, la torre del Reloj, la capilla Jean de Bourbon, el claustro y la antigua harinera conservan capiteles esculpidos que un día ocuparon el coro de la iglesia, y constituyen paradas obligadas para quienes desean comprender el alcance de este patrimonio excepcional.

Entre las estructuras originales que han llegado hasta nuestro tiempo destaca la Torre del Queso, levantada en el siglo XI y vinculada a entrañables leyendas locales. Esta torre, parte de las antiguas defensas de la abadía, recibe su nombre porque una mujer utilizaba el lugar para secar los quesos que elaboraba, aportando un toque humano a la monumentalidad del lugar. Quien asciende los ciento veinte escalones hasta la cima, se ve recompensado con una panorámica única sobre la ciudad y los bucólicos alrededores, donde los tejados históricos se funden con el verdor del paisaje borgoñón.
Iglesias y calles con sabor a historia
Más allá de su legado monástico, la villa custodia dos iglesias principales que son fiel reflejo de su extraordinario pasado. Notre-Dame de Cluny, edificada en el siglo XI, se erige como el principal templo de la ciudad y atesora elementos arquitectónicos de gran valor. La iglesia de Saint-Marcel, también del siglo XI, sobresale por su campanario octogonal y una colección de vidrieras recientemente restauradas que llenan el interior de matices luminosos y coloridos.
Igualmente, las calles de la localidad invitan a perderse entre plazas decoradas por fuentes, viviendas de piedra y fachadas medievales perfectamente conservadas. Un paseo sin prisas descubre un rosario de casas románicas datadas entre los siglos XII y XIV, cada una con su historia y detalles singulares, testigos de la vitalidad comercial y cultural de aquellos siglos. Pero esto no se queda aquí, pues al recorrer el casco antiguo, el viajero se topa con la Puerta de Santa Odile, parte de la fortificación original y ejemplo de la arquitectura defensiva que protegía la ciudad en tiempos de incertidumbre.
Paisajes y gastronomía de Borgoña
La visita a Cluny es también una puerta de entrada al corazón de la región de Borgoña, célebre por sus paisajes ondulados, viñedos y una de las ofertas gastronómicas más ricas de Francia. Más allá del arte y la historia, el viajero puede dejarse seducir por los sabores profundos de la cocina local. Entre los platos recomendados sobresalen los huevos en meurette, una receta que combina huevos escalfados con una salsa donde el vino tinto, los torreznos, cebolla y chalotas se funden con maestría; el jamón veteado, en lonchas rosadas salpicadas de rayas verdes y cubiertas de gelatina perfumada con vino blanco, completa el menú de especialidades autóctonas.
El vino, omnipresente en la cultura y la mesa de Borgoña, protagoniza los encuentros, realza los sabores y une pasado y presente en cada brindis. Así, la experiencia de viajar a Cluny trasciende la simple contemplación arquitectónica, invitando a saborear lentamente el carácter de un pueblo que ha sabido preservar su memoria, su paisaje y su arte de vivir.
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