
Richard Virenque, figura emblemática del ciclismo francés y siete veces portador del maillot de lunares que distingue al mejor escalador del Tour de Francia, mantiene su versión sobre los hechos que marcaron su carrera. Más de dos décadas del caso Festina, que escandalizó al ciclismo a fines de los años noventa, Virenque afirma que su confesión de haber utilizado sustancias prohibidas fue consecuencia de presiones externas: “Admití el dopaje porque me chantajearon”, asegura el exciclista, en un testimonio que revive polémicas nunca completamente cerradas para el deporte pedal.
Su historia comenzó lejos de los focos europeos, en Casablanca, y se forjó desde la infancia tras su llegada al sur de Francia. Cuando Virenque debutó en el Tour de Francia con apenas 22 años, no tardó en captar la atención del público y la prensa con su actitud ofensiva y su capacidad para destacarse en la montaña. Aquella primera participación lo mostró capaz de luchar al más alto nivel, vistiendo por breve tiempo el maillot amarillo y disputando etapas de manera decidida. A lo largo de la década, consolidó su identidad como el escalador más consistente del pelotón, obteniendo múltiples victorias de etapa y comenzando a coleccionar maillots de lunares en las llegadas a París.
La edición de 1997 marcó su punto máximo como aspirante a la victoria general. Con figuras históricas como Miguel Indurain ya retiradas y un nutrido grupo de figuras jóvenes, Virenque lideraba una escuadra Festina que soñaba con el primer puesto. “Sabía, después de ese Tour, que podía pensar en la victoria”, llegó a declarar el corredor en aquel momento. Sin embargo, la carrera no le fue favorable en los momentos clave. Episodios como el ataque fallido en la etapa a Courchevel, cuando un Ullrich imbatible y un Bjarne Riis decisivo lograron anular su estrategia, condicionaron el desenlace. El francés terminó segundo, con la sensación de haber rozado el objetivo máximo de su vida deportiva.

El año siguiente cambió el curso de su carrera y del ciclismo mundial. A pocos días de comenzar el Tour de 1998, la revelación del gran escándalo de dopaje en el equipo Festina arrastró a Virenque y a varios de sus compañeros al centro de la polémica. Un cuidador del equipo fue sorprendido transportando numerosas sustancias prohibidas, lo que derivó en un escándalo de proporciones y en la exclusión del equipo completo de la competencia. Virenque fue uno de los rostros más señalados durante la investigación y el juicio que siguió.
La confesión de Virenque
Él sostiene que, frente a la presión judicial y mediática, no tuvo más opción que admitir los hechos: “Me vi obligado a confesar, no me dejaron otra salida”. Según su relato, el propio tribunal le habría advertido que, de no admitir su participación, enfrentaría una condena mucho más dura. “El juez me dijo que, si yo no hablaba, me iba a condenar por tráfico de estupefacientes”. La confesión tuvo consecuencias inmediatas y profundas. Virenque fue suspendido durante casi un año y excluido por dos ediciones del Tour, lo que terminó con cualquier expectativa de victoria general.
Regresó a las competencias centrando sus esfuerzos en recuperar el prestigio a través de hazañas individuales, especialmente defendiendo la camiseta de mejor escalador, que volvió a ganar en tres ocasiones más, y adjudicándose varias etapas memorables. Su victoria en el Mont Ventoux en 2002, años después de su sanción, fue para muchos un símbolo de su voluntad de resurgir. Durante toda su carrera posterior, Virenque continuó sosteniendo que fue víctima de una época en la que el dopaje era una práctica extendida y aceptada, y que su papel de cabeza de turco respondió tanto a motivos deportivos como políticos.
Señala que la presión sobre su figura fue mucho mayor que la sufrida por otros corredores con responsabilidades similares. “A mí me eligieron para explicar la crisis del ciclismo”, sostiene, recordando cómo su nombre se asoció a una supuesta complicidad con líderes políticos, lo que agravó su condición ante la opinión pública. En sus años finales como profesional, el apoyo del público francés nunca dejó de estar presente. Pese a los escándalos, su capacidad para conectar con la gente y su espíritu luchador lo mantuvieron entre los corredores más queridos y reconocibles. Su última participación en el Tour, portando una vez más el maillot de lunares en 2004, cerró una trayectoria atravesada por la gloria, la controversia y la lucha constante por limpiar su honor.
Ahora, cuando recuerda esa etapa, Virenque afirma que su mayor error fue no haber contado toda la verdad desde el primer momento, lo que quizás le habría evitado años de sanciones y estigmatización. “Debí haber hablado enseguida. No quería ser el hombre a derribar, pero a veces no podés elegir tu propio destino.” La suya es una historia compleja, que trasciende la simple estadística y que refleja los dilemas de una generación de ciclistas marcada por la sospecha y la necesidad de redención.
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