
Estamos en Madrid y son los 80. Hay quienes asociarán esta fecha inmediatamente con la libertad, las fiestas y la eclosión cultural de la Movida. Sin embargo, habría bastado con acercarse a alguna de las calles de Malasaña por la noche para comprobar que, en realidad, había mucho más. Allí era donde heavies, rockers, skins, punkis y otras tantas tribus se disputaban el territorio. De fondo, no había solo una lealtad estética o un gusto musical: el uniforme muchas veces era solo cuestión de conveniencia, y lo que estaba verdaderamente en juego era el poder, el respeto y, sobre todo, el crimen.
Es en este contexto donde destaca la figura de José Manuel Cifuentes, uno de los criminales más famosos de la época. Más conocido como El Panamá, esta peculiar figura del Madrid de la transición alternaba la violencia callejera con una carrera delictiva metódica y organizada, acorde a la ola de criminalidad que azotaba a España por aquel entonces, pero de la que se habla mucho menos que de las luces de neón, los fanzines y los polvos picapica.
“De la Movida se ha idealizado incluso lo bueno”, comenta al respecto el antropólogo cultural y escritor Iñaki Domínguez. Suya es la biografía El Panamá. Vida de un fuera de ley (Ariel), el resultado de más de un año y medio de investigación en el que, precisamente, se muestra el “lado más oscuro” de aquella época “en la que había mucha violencia, drogas y todo tipo de elementos no tan positivos como los que ofrece la tradición mediática”. En el centro de todo, está El Panamá, una figura tan magnética como aterradora: atracador y narcotraficante, su vida “poco común y salvaje”, en palabras del biógrafo, así como su posición de “resistencia al Estado”, fue lo que acabó por mitificar su figura.

Una inclinación natural estimulada por el entorno
Jose Manuel Cifuentes nació en 1968, y su familia pronto se trasladó al recién construido barrio de San Blas. Su padre fue un boxeador y su madre modista, lo que conformaba un núcleo estable y trabajador en el “mayor barrio obrero de España”. Esta aparente normalidad fue lo que más llamó la atención de Iñaki Domínguez: “Es chocante. Él no provenía de un entorno particularmente hostil”. Sin embargo, a los 12 años, El Panamá (apodo adquirido por el colegio en el que estudió) ya había cometido su primer atraco con un machete. ¿Por qué? “Muchos delincuentes profesionales son de alguna manera así: casi de nacimiento”.
Eso sí, advierte que a esa inclinación le falta el ingrediente clave: el entorno. “San Blas era un contexto que sí promocionaba la delincuencia”, describe el antropólogo. Construido por la Obra Sindical del Hogar para alojar a la creciente población obrera de Madrid, este barrio (40.000 viviendas de baja calidad afectadas por una notable carencia inicial de servicios básicos) adquirió pronto una reputación como uno de los distritos más peligrosos de la capital. Si entre 1973 y 1983, España experimentó un aumento del 600% en los atracos a bancos, lugares como San Blas eran considerados “escuelas de atracadores”.
“San Blas no fue solo un fracaso”, señala Iñaki Domínguez. “En cierto sentido, mejoró mucho las condiciones que había en las zonas de chabolismo, y en esas zonas se juntó gente estupenda y se creó una vida muy sana también, con mucha cercanía entre los vecinos. Pero, efectivamente, con la transición, la llegada de las drogas (y la heroína sobre todo), se convirtieron casi en guetos”. Este investigador señala también cómo en estos barrios acabó produciéndose una suerte de chabolismo vertical, un término que Madrid arrastra aún en muchas zonas de la periferia.
Adicto al riesgo de los atracos
Todavía siendo un adolescente, El Panamá pasaría a traficar con hachís robándoles la mercancía a los traficantes de Chueca. Al principio, el epicentro de sus operaciones sería el Parque Paraíso, pero pronto se le empezaría a ver por el centro de Madrid. “El macarra es un delincuente de poca monta, callejero”, explica Iñaki Domínguez. “El delincuente profesional se vuelve más atrevido, vive en un ambiente más oscuro, ejerce extorsión, trafica a mayor escala y se mueve en un mundo más extremo, donde se cometen asesinatos”.
Él ha podido conocer personalmente a El Panamá e incluso desarrollar un vínculo con él. Por eso, sin pretender mitificarlo, destaca “el carisma” como uno de los rasgos más distintivos de su persona, y también una de las razones por las que se acabó granjeando la lealtad de tantos en las calles. Su frialdad extrema y su audacia hicieron el resto: Cifuentes se convertiría en uno de los atracadores más temidos de Madrid con golpes en bancos, joyerías y casas de otros traficantes, como el ocurrido en la avenida de Guadalajara.
“Muchos atracadores actuaban porque necesitaban drogas y estas cosas, pero otros eran personas adictas a la adrenalina”, explica Iñaki Domínguez. En el caso del Panamá, que detestaba las drogas, se trataba de lo segundo. “No hay cosa que más enganche que el riesgo. Se puede convertir en una adicción”, le confesaba el propio Cifuentes en una de tantas citas suyas incluidas en el libro. Tras un atraco exitoso, mientras sus socios celebraban, él caía en una especie de depresión, un síndrome de abstinencia de la adrenalina que solo se curaba planeando el siguiente golpe.

Una biografía en contra de la idealización y el sensacionalismo
A la hora de estudiar la figura de El Panamá, Iñaki Domínguez explica cómo una parte del trabajo consistió en separar el mito de la realidad. Él mismo, al conocerlo, tuvo que hacer un trabajo para abstraerse del carisma y la simpatía que le transmitía, así como del propio código ético que descubrió en él. “En la delincuencia hay un microcosmos con unos valores muy claros, aunque luego se vayan desdibujando y rompiendo como en la sociedad, tal y como ocurre en la sociedad”, incide.
Sin embargo, la sociedad muchas veces proyecta unos valores en los delincuentes que no corresponden con la realidad. En primer lugar, por una romantización excesiva de su oposición al sistema, pero sobre todo, por actitudes que van desde la hipocresía que supone “hablar en nombre de los oprimidos sin conocer a ninguno de la vida real” hasta la “exageración” que muchos medios de comunicación cometen. “Tengo muchos amigos delincuentes enfadados con ciertos programas que hacen ese tipo de sensacionalismo con relación al mundo de la delincuencia”, pone como ejemplo Iñaki Domínguez.
Sea con El Panamá o cualquier otra figura, de lo que se trata es de establecer un contacto con la realidad para ofrecer una representación fidedigna de los hechos. “Los quinquis son iguales que el resto de la humanidad, solo que quizá tienen menos poder”, precisa el antropólogo. “En el caso del sensacionalismo, también ocurre que la mayor parte de información que tenemos sobre la delincuencia viene de la policía, que lógicamente es contraria a estas personas, por lo que la información que llega desde ahí tampoco es fidedigna”.

El destino del Panamá
En el caso de Iñaki Domínguez, quizá el mayor reto para escribir este libro fue “superar el miedo a meterse en un mundo tan oscuro y con gente muy temida”, algo que logró superar y que le llevó a vivir toda una serie de vivencias que no olvidará. “Estaba en una euforia constante en el proceso”, rememora ahora. “De algún modo, este libro es un ejemplo de cómo hay que superar esos temores, porque muchas veces detrás hay cosas que nos pueden proporcionar placer y bienestar”.
El Panamá, por su parte, cumple actualmente una sentencia de treinta y dos años de prisión por su presunta implicación en el atraco a un supermercado Mercadona en Yuncos (Toledo) en 2013. Durante el asalto, un guardia civil que intentó impedir el robo resultó gravemente herido y quedó parapléjico. Sin embargo, el Panamá negó siempre su participación en este golpe. “Podría haber sido él, pero a mí me ha dicho que no”, comenta su biógrafo, quien al margen de esa verdad “complicada de saber”, señala que la condena no fue muy justa, debido a que las pruebas utilizadas para encarcelar finalmente a El Panamá fueron “lo que llamaríamos circunstanciales”.
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