
Un Oscar suele representar la cima de una carrera actoral: una estatuilla dorada, codiciada por generaciones, símbolo de éxito en Hollywood. Sin embargo, Melissa Leo, conocida por su interpretación en The Fighter junto a Mark Wahlberg y Christian Bale, desafía esa lógica. La actriz no oculta su escepticismo respecto al premio más famoso de la industria, afirmando sin rodeos que ganar el Oscar no solo no fue un sueño cumplido, sino que, en sus palabras, “no ha sido bueno para mí ni para mi carrera”. En un universo donde la ambición por la Academia marca el pulso de los actores, que uno de sus propios laureados cuestione el valor del reconocimiento descoloca el mito dorado.
Durante una sesión de preguntas y respuestas con lectores de The Guardian, Leo fue tajante: “No lo soñé, nunca lo quise y tenía una carrera mucho mejor antes de ganarlo”. Su respuesta llegó tras la consulta de un seguidor que quiso saber qué pasa por la mente de alguien que sube al escenario para recoger un Oscar. La actriz describe la escena con la franqueza que la caracteriza. Ganadora de numerosos premios ese año por su papel en The Fighter, Leo se encontraba sentada en el Dolby Theatre, convencida de que el premio era una posibilidad, pero con la mente puesta en conocer a Kirk Douglas, encargado de anunciar a la mejor actriz de reparto en 2011. “Estaba tan encantada de conocerlo, eso era todo lo que pensaba”, confesó.
La experiencia de recibir el premio no resultó idílica ni glamorosa. Leo relata cómo, al girarse hacia el público, la magnitud del momento la sobrepasó: “En la mayoría de los teatros, puedes ver al público mirando un poco por encima de tus propios ojos. En el Dolby Theatre, tienes que levantar la barbilla como si estuvieras a punto de escalar el Everest. Cada actor, director y productor conocido te mira fijamente”. La presión de esa mirada colectiva derivó en un instante que se volvió viral: la actriz soltó un eufemismo de fuck en la transmisión en vivo. “Perdí la cabeza, y todavía lamento haber maldecido”, reconoció.

Un discurso polémico
La anécdota de su exclamación subraya su relación conflictiva con el evento. Leo rememoró el momento con ironía, haciendo referencia a Kate Winslet, quien dos años antes había ganado el Oscar por The Reader: “Cuando vi a Kate hace dos años, parecía tan jodidamente fácil”, dijo entonces, en directo. En The Guardian, la actriz fue aún más explícita sobre su tendencia a maldecir: “Digo jodidamente palabrotas todo el tiempo, pero no puedes hacerlo en la televisión nacional. Menos mal que existe el retraso de diez segundos, que fue introducido para idiotas como yo”.
Lejos de tratarse de una reacción aislada o de una pose, Leo insiste en que el Oscar no representa para ella un punto de inflexión positivo. Según su testimonio, la estatuilla dorada no abrió puertas, sino que alteró el curso de su carrera para peor. “Tenía una carrera mucho mejor antes de ganar”, repitió, desmontando la narrativa tradicional del galardón como motor de oportunidades. El caso de Leo no es único. Otras voces, como la de Marcia Gay Harden, han manifestado sentimientos similares tras recibir el mayor reconocimiento de Hollywood. Harden, galardonada en el año 2000 como mejor actriz de reparto por Pollock, compartió con el Los Angeles Times en 2003 su propia decepción: “Fue desastroso a nivel profesional. De repente, los papeles que te ofrecen y el dinero disminuyen. No tiene lógica”. Sus palabras resuenan con las de Leo, revelando una paradoja en la industria: la consagración puede convertirse en obstáculo.
La reacción de Leo también pone en cuestión el ritual televisivo que rodea la entrega de premios. La censura, implementada a través de un retraso en la transmisión, se convierte en salvavidas para la espontaneidad. “Gracias a Dios por esos diez segundos”, dice Leo, reconociendo que el protocolo está ahí para contener a quienes, como ella, no filtran su lenguaje aunque el mundo los esté observando. En el imaginario colectivo, el Oscar sigue siendo el pináculo de la carrera de actor. Sin embargo, los testimonios de Leo y Harden sugieren que, para quienes lo han vivido desde dentro, la estatuilla puede ser una carga inesperada. El brillo dorado, lejos de garantizar éxito duradero, puede proyectar una sombra difícil de disipar.
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