
No hace mucho, apenas un cuarto de siglo, Ciudad de México no era Ciudad de México. Las carreras de Distrito Federal, así se llamó la capital desde 1824 hasta 2016, estaban llenas de microbuses y escarabajos verdes, que no era sino los Volkswagen empleados como taxis.
Mientras, entre las callejuelas de zonas como el Pedregal de Santo Domingo sonaban clásicos de la época en bares cubiertos de cartones de huevo para que la música no molestara, y en la Universidad Nacional Autónoma, la UNAM, los estudiantes protagonizaban una gigantesca huelga en pro de la educación superior gratuita.
“Esa fue la juventud que yo viví”, rememora de aquel 1999 Eduardo Rabasa, autor de novelas como La suma de los ceros o Cinta negra que, con su nuevo libro, El hotel de los corazones rotos (Galaxia Gutenberg), ha logrado conectar con esa parte nostálgica de quienes vieron crecer (y rebautizar) una ciudad que, en buena medida, ya no reconocen.

Un descenso a los infiernos para mirar de frente el mundo que nos rodea
Es en ese escenario, tan recordado como imaginario, incluso distópico, donde presenciamos cómo Bruno Bolado, un joven desahuciado por el sistema, decide un día seguir una botarga (disfraz típico en la cultura mexicana) de Elvis Presley sin imaginar que está a punto de adentrarse en un turbio submundo del que quizá no logre salir nunca, y que le llevará también al inicio de una relación amorosa con Milena, una joven universitaria a la que le oculta buena parte de su verdadera vida.
En nuestra entrevista con Eduardo Rabasa, el autor nos comenta que la génesis de esta novela radica en un clásico de la literatura universal: Memorias de un payaso, de Heinrich Böll. “Me conmovió mucho la historia de ese chico joven y marginado que, a través de su historia, echa una mirada a la sociedad. Empecé a pensar en la posibilidad de hacer algo en esa dirección, pero ambientado en México”.
En ese cambio de escenario, y de cultura, el disfraz de payaso es sustituida por el disfraz del famoso rey del rock, caído en desgracia durante los últimos años de su vida, por el que Bruno siente una obsesión que le lleva a perseguirlo por toda la ciudad. “Él no va a ser Elvis Presley ni nada parecido, pero representa una fantasía de escape, una salida, que acaba cristalizando en el giro de la novela, que conduce a un entorno bastante decadente”.

Del idealismo de los más jóvenes a la “muerte espiritual”
La figura del disfraz está presente a lo largo de toda la novela. Es este el que llama la atención de Bruno, pero también será la forma detrás de la que enmascare su propia identidad cuando empiece a mantener una doble vida, a caballo entre lo amoroso y lo criminal. “Hay un antropólogo americano, Ernest Becker, que explica que el carácter, que es la forma en la que nos presentamos ante el mundo, no es sino un disfraz”, cita Rabasa. “Cada quién elige con qué disfraz se presenta, pero para mí, el juego está en cómo, incluso, podemos ponernos un disfraz sobre ese disfraz”.
De este modo, El hotel de los corazones, que a priori podría pasar por un sórdido relato de la idiosincrasia mexicana, acaba por desvelarse como un relato filosófico, “y hasta un poco idealista”, añade su autor: “Los personajes son muy jóvenes, tienen una edad proclive al idealismo, a ese existencialismo filosófico como forma de situarse en el mundo. Me da ternura recordar como lo vivíamos”.
A esa época, en la que resultaba natural creer que se podía cambiar el mundo, le suele suceder una etapa de mayor pragmatismo, “e incluso un cierto cinismo, tal y como veo en mucha gente de mi edad. Es como si la vida se volviera más real, y hubiera que tener preocupaciones de la vida real”. Para Rabasa, que busca todavía formas de seguir siendo “bastante idealista”, ese estado desinteresado por el mundo podría definirse “casi como una muerte espiritual”. Casi como un corazón roto.

Un hotel para los desamparados
Los motivos por los que un corazón puede romperse son varios, tal y como se comprueba en la novela de Rabasa, que está narrada por un chico al que su novia acaba de dejar. “Bruno tiene uno de esos enamoramientos de juventud, fugaz y repentino, y se pregunta qué podría haber hecho para que la ruptura no se hubiera dado”. A Milena, en cambio, lo que le rompe el corazón no son esas fantasías, sino “la realidad”.
“Milena es una chica muy involucrada en la huelga de la universidad, una huelga que yo viví como casi un año en el que había mucho en juego y mucha pasión política”, describe el escritor. “Lo que a ella le rompe el corazón es darse cuenta de cómo va a acabar su lucha, es decir, la confrontación entre las ideas que ella profesa y la realidad”. En ambos casos, por lo tanto, a los personajes les sacude un proceso personalísimo de madurez.
Frente a todo esto, cabe preguntarse si ese crecimiento interior, a tenor de los acontecimientos que viven Bruno y Milena, acaba produciéndose como un destino inevitable o como el fruto de diferentes casualidades. “No sabría responder a eso”, confiesa Rabasa. “En la novela está esta idea de Nietzsche del juego de los dados, que cuando están en la mano existen todas las posibilidades, y por lo tanto existe el azar, pero cuando los tiras y sale un número en específico todo se convierte en el destino”.

Una historia “idiosincráticamente mexicana” y al mismo tiempo “universal”
Así, ¿qué habría ocurrido si Bruno no hubiera seguido a ese muñeco gigante de Elvis Presley? No habría conocido a Milena, pero tampoco se habría iniciado en ese submundo que acabará provocando que ella se marche. “Son situaciones azarosas, que mediante la endeble voluntad de Bruno se convierten en destino”.
En ese mover de los dados, Rabasa busca que al final el lector acabe estableciendo una conexión con los personajes y con su dilema. El hotel de los corazones rotos es una novela, como diría su autor, “muy idiosincráticamente mexicana”, al perfilar una ciudad y una época muy concretas, donde uno puede llegar a estremecerse con “lo que hacía la gente para apañárselas”.
Al mismo tiempo, sin embargo, no deja de ser un relato de iniciación ciertamente universal. “Una historia de amor”, resume Rabasa, “con arquetipos con los que puedes generar todo tipo de empatía”, quién sabe si porque el lector, alguna vez, ha estado ahí, junto al resto de personajes, en busca de un refugio en el que la vida cobre al fin su sentido más pleno.
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