
El mundo del cine es un mundo lleno de historias, solo que estas, además de ocurrir frente a la cámara, a veces también se encuentran detrás. Este es el caso de Haing S. Ngor, una persona que, hace justo 40 años, se convertiróa en el primer actor de ascendencia asiática en ganar el Oscar a Mejor Actor de Reparto, una hazaña reservada hasta entonces a intérpretes con carreras consolidadas, aunque su caso resultó excepcional: era ginecólogo, nunca había actuado y su experiencia vital estaba marcada por las huellas del terror de uno de los regímenes más sanguinarios de la historia.
El legado de Haing S. Ngor permanece ligado de forma indisoluble a la memoria del genocidio camboyano y a su inesperado ascenso en Hollywood. En su juventud, Ngor disfrutaba de la prosperidad como médico en Phnom Penh hasta que, en 1975, los Jemeres Rojos (brazo del Partido Comunista de Kampuchea) instauraron un régimen totalitario empeñado en destruir la vida urbana e intelectual de Camboya.
Tras el golpe, él y su esposa, Chang My Huoy, fueron enviados a un campo de concentración, donde ella falleció por la falta de atención médica al dar a luz. Para sobrevivir, Ngor ocultó su profesión, soportando torturas (en una ocasión, según su testimonio, fue crucificado mientras encendían una hoguera a sus pies), hasta que pudo huir a Tailandia con su sobrina cerca del final del régimen.

Así fue su salto al cine
La oportunidad de participar en la película Los gritos del silencio surgió ya en Estados Unidos, donde Ngor se había establecido tras recibir asilo y trabajar orientando a refugiados. Roland Joffé y el productor David Puttnam lo seleccionaron para encarnar a Dith Pran, un periodista que también escapó del genocidio. Su decisión de aceptar el papel estuvo marcada por el recuerdo de sus familiares fallecidos y por la convicción de que su relato podía visibilizar la tragedia de todo un pueblo.
“Quería mostrarle al mundo lo grave que es el hambre en Camboya, cuánta gente muere bajo el régimen comunista”, relataría más tarde en una entrevista para la revista People. Al llegar a la ceremonia de los Oscar junto a su sobrina, apenas a tiempo tras un atasco, Ngor subió al escenario y recibbió la ya histórica estatuilla: “Esto es para ti. Hice esto por ti”, afirmaría. Aquella noche, Los gritos del silencio ganaría tres Oscar de sus siete nominaciones.
Una muerte que nadie sabe explicar
La carrera de Ngor continuó con apariciones esporádicas en cine y televisión, aunque ninguna alcanzó el reconocimiento de su debut. Durante ese tiempo, mantuvo su compromiso con la denuncia de los horrores sufridos en Camboya. Tal y como contó más adelante su propia sobrina en una entrevista con The Hollywood Reporter, “utilizó su fama para educar a la gente”, expresó su sobrina más adelante a The Hollywood Reporter.
Sin embargo, todo acabaría de la forma más abrupta y horrible. El 25 de febrero de 1996, a los cincuenta y cinco años, Ngor fue asesinado a tiros frente a su casa en Los Ángeles. En un primer momento, la policía manejó la hipótesis de un robo fallido; sin embargo, ni su Mercedes ni los 3.700 dólares en efectivo fueron sustraídos por los ladrones, un hecho llamativo que alimentó rumores sobre motivaciones más profundas y posibles conexiones con su activismo político y la diáspora camboyana.
Aunque tres adolescentes fueron declarados culpables el 16 de abril de 1998 —día que coincidió con el de la muerte de Pol Pot en Camboya—, miembros de la comunidad nunca dejaron de sospechar la implicación de antiguos miembros de los Jemeres Rojos. La vida de Ngor y su muerte, irreparable y rodeada de incógnitas, continúan evocando preguntas sobre el precio de dar testimonio y la deuda de memoria con las víctimas del terror.
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