Han pasado cuatro años desde el final de La Casa de Papel y, como sucede con los Mundiales de fútbol, ya iba tocando un relevo. No es que no haya habido grandes series españolas entre medias, pero sí se echaba en falta un gran concepto y una nueva galería de personajes tan moralmente cuestionables como carismáticos a su manera. Los creadores de aquel éxito de televisión que traspasó fronteras y es un fenómeno mundial muy vigente regresan a Netflix con una serie dispuesta a seguir los pasos de Río, Tokio y El Profesor, pero haciéndolo a su manera.
El refugio atómico nos trae la historia de un grupo de excéntricos multimillonarios, los cuales se refugian en un gran búnker ante el estallido de una crisis global y la amenaza de un desastre nuclear que arrase el planeta. Pero el lugar al que van a parar está lejos de la idea tradicional de búnker, ya que promete todos los lujos y comodidades que han podido disfrutar en la superficie: catering privado —al estilo buffet, eso sí—, actividades de descanso y relajación, gimnasio y mucho más. Sin embargo, las diferentes personas llegan allí arrastrando sus propios problemas, entre ellos los de dos familias enfrentadas por un trágico accidente que marcó su pasado, y que ahora no les deja avanzar al futuro. Si es que existe un futuro más allá de esas paredes.
Tal y como explica Álex Pina, cocreador de La Casa de Papel y autor de esta nueva serie junto a Esther Martínez Lobato—-quien también trabajó como guionista en La Casa de Papel—, el detonante de la idea no fue otro que la pandemia. “El germen de la serie fue en la pandemia, y pensamos en un búnker como el escenario perfecto para hacer una serie con mala leche, con una ironía negra, poderosa y de nuevo con gran ambigüedad de personajes”, explica Pina, quien ya ha trabajado junto a Martínez Lobato en la creación de otras series como Sky Rojo o La casa de papel: Berlín, el spinoff centrado en el personaje interpretado por Pedro Alonso.
Encontrando a los nuevos héroes
Una de las claves del éxito de La Casa de Papel fue encontrar a una galería de actores semidesconocidos o directamente inéditos para encarnar a personajes de lo más carismáticos que se han terminado convirtiendo en ídolos, como Tokio, Río o El Profesor, al que daba vida Álvaro Morte. En El refugio atómico ese rol recae sobre Miren Ibarguren, encargada de organizar el búnker en el que se refugian los Varela y los Falcom. En los primeros encontramos a Natalia Verbeke y Carlos Santos junto al joven Pau Simon, mientras que en la otra se encuentran el prestigioso actor argentino Joaquín Furriel junto a la debutante Agustina Bisio y la jovencísima Alicia Falcó.
“Solemos tener pocas ideas preconcebidas y los que están suelen ser los mejores del casting, hacemos procesos bastante exhaustivos. Con algunos habíamos trabajado, algunos no los conocíamos y otros directamente no habían hecho nada”, detalla Pina, quien pone como ejemplo al joven debutante Pau Simon, quien da vida a Max Varela, un personaje algo diferente frente al guion original: “A medida que íbamos trabajando con él teníamos que modificar la escritura porque el personaje original era más indolente. Estaba en el Brad Pitt de El club de la lucha y lo fuimos cambiando para que tuviera más alma”, confiesa el creador y guionista de la producción de Netflix.

Tiempos atómicos, tiempos de IA
Uno de los elementos más novedosos que incorpora El refugio atómico, y tan de nuestro tiempo como imaginar un escenario en el que una crisis global lleve a los más ricos a refugiarse, es la presencia de la inteligencia artificial. El búnker no solo está provisto de grandes lujos, sino también de una especie de servicio personalizado y personificado en Roxanne, una inteligencia artificial que controla todo el complejo y que se encarga de atender los encargos de todos los huéspedes.
“Es la primera vez que hemos trabajado con esta herramienta y el equipo de arte, que es el más numeroso que se ha hecho en una serie en este país. Trabajaba con ella a la hora de colores, cuando empezamos a diseñar escenarios buscando huir del hormigón… Para mí era la primera vez y fue complementaria a los concepts que veníamos haciendo con dibujantes”, señala Pina. “Hay un poquito de crítica a no pararte a pensar que eso está ahí y de qué puede ser capaz. Creo que los personajes están tan metidos en sus cosas que ni reparan en ello, y en nuestra vida sucede igual, es como cuando aceptas los términos y condiciones”, concluye Martínez Lobato, dejando el gran interrogante de hasta dónde puede llegar esta nueva herramienta que, como en su serie, está mucho más cercana a la realidad que a la de un futuro apocalíptico.
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