Paloma Palomo
Mérida, 4 jul (EFE).- ‘Spartacus’ ha subido el telón del Festival de Teatro de Mérida para acercarnos al mundo sensible del gladiador tracio con un diálogo sincrónico entre narrativa y ballet. Un grito que resuena en la actualidad a través del eterno conflicto entre el yugo del opresor y la sed de libertad del ser humano.
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Con la adaptación del texto de Ana Graciani y la dirección artística de María Graciani,
esta propuesta despoja al héroe mítico de su armadura para descubrir al hombre,
interpretado por Miguel Ángel Muñoz. Un espectáculo que define un viaje a través del limbo difuso entre la vida y la muerte en un escenario donde coexisten el delirio onírico y la realidad más pura.
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Con una escenografía cuidada al detalle, el teatro romano de Mérida se convierte en el cómplice perfecto para humanizar el mito de un hombre que luchó por su libertad hace 2.000 años. Una apuesta que desde el amor a la vida y el miedo a morir ha permitido al espectador palpar las emociones del guerrero que no solo luchó, sino que también supo de miedos, pasiones y llantos.
El público ha podido empatizar con el esclavo tracio a través de un lenguaje que fusiona la palabra, con un texto narrado por Muñoz, y la plasticidad del ballet clásico.
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En este sentido, los bailarines del Düsseldorf Ballet Theater, dirigidos por Peter Agardi,
han elevado el espectáculo en una propuesta donde Igor Person asume la responsabilidad de dar cuerpo, a través de la danza, al joven Espartaco.
De actor a mito en escena Frente a la tiranía implacable y el egoísmo puro de una Roma que no quiere perder el poder sobre los esclavos, estos empiezan su rebelión gracias a un Espartaco derruido tras haber matado a su mejor amigo en la arena. En la batalla, Muñoz carga de soberbia al personaje a través de su voz, hilando un discurso sobre la dignidad y los derechos de sus iguales que, irremediablemente, pagarán su libertad con sangre.
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En una fusión casi idílica, el actor le da la oportunidad y la fuerza a Espartaco para revivir su pasado, asumiendo tanto sus errores como los egocentrismos del pasado.
El escenario, a través del cuerpo de los bailarines, se llena de una desgarradora fragilidad donde los cuerpos heridos de sus seguidores revelan la agonía de aquel que sufre bajo la fuerza del poder y la tiranía absoluta. Por esta razón el dolor que consume a Espartaco cobra más fuerza al acompañarse por composiciones musicales en directo, además del sonido de esas cadenas y látigos que recordaban su pasado trágico.
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Del odio al perdón.
La propuesta de las Graciani otorga todo el peso dramático a la evolución interna del propio protagonista. Espartaco es quien, frente a la inmensidad del teatro, asume el papel del narrador para que, con gracia y estilo, el cuerpo de baile exprese los pasajes de su pasado.
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En el inicio de la historia, el relato nos muestra a un Espartaco visceral, consumido por el odio y el resentimiento, pues solo eso le “mantienen con vida” al mismo tiempo que
le consume. Con bravura y una fuerza salvaje reflejada en la danza, el personaje verbaliza la rabia de verse despojado de su identidad.
Con una coreografía excepcional en la sincronicidad de movimientos de los 18 bailarines, el gladiador lanza una proclama de igualdad, pues “todos nacemos iguales con dos manos para aferrarnos al mundo”, por lo que, a su juicio, es sensato rebelarse “ante los hombres, pero también ante los dioses que permiten esta barbarie".
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Así, con una fuerza inquebrantable, el gladiador alienta a todos los esclavos de Roma,
incluidos los emeritenses, a luchar, aunque el desenlace es inevitable y la puesta en escena que se vuelve más sobria, la coreografía abandona la espectacularidad de los combates iniciales para centrarse en la pesadez de los cuerpos cansados, reflejando el peso del destino que se avecina.
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La muerte por una causa digna La muerte de Espartaco representa el sacrificio de un hombre que prefirió caer herido antes que verse nuevamente encadenado y que con amargura proclama que "no queda nada” y han “perdido la guerra”. En ese instante, cuestiona en qué momento confundió destino con soberbia, se castiga por su actitud y lanza al aire una duda existencial: "¿merece la pena matar y morir por muy digna que parezca la causa?".
Con el dolor de saber que 6.000 de sus iguales están crucificados, el guerrero comprende y acepta su final, admitiendo que debió morir por una causa mayor,
dejando resquicios de su testamento vital: "aquí llegué yo, lo demás es cosa vuestra”.
El final se corona con la muerte, representada por un caballo blanco, siendo aceptada por el tracio mientras escuchamos el emotivo discurso de su hijo, quien proyecta hacia el futuro la esperanza de que todo el sufrimiento habrá merecido la pena mientras la muerte se lleva a su padre. Al grito unísono de ‘¡Spartacus!’, la obra culmina en el teatro romano logrando una ovación. EFE
(foto)
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