Carlos Alberto Fernández
Vigo, 9 abr (EFE).- La artista de las calaveras, Patricia Fornos, abandona ese sello que la diferenció cuando añoraba su México natal para explorar una nueva etapa artística y vital desde su residencia de Vigo, ciudad en la que este viernes pondrá el broche al color, centrada ya en el blanco, la materia y el bordado que le ha inspirado la maternidad.
Sus padres son de Ourense -su madre, de Beariz y él de una aldea de Maceda-, aunque ella nació (1980) en México y con 23 años llegó a España de Erasmus -estudió diseño gráfico-, pasó por Salamanca y Vigo, regresó a su país dos años y volvió a cruzar el Atlántico para residir en Madrid, donde trabajó como directora de arte en agencias de publicidad.
En una entrevista con EFE, cuenta que en 2012 la crisis económica en España y el "nivel de estrés altísimo" que sentía en el trabajo le llevaron de vuelta a México, donde expuso retratos hechos a lápiz con acuarela en la Embajada de España.
Sin embargo, pocos meses más tarde, una amiga le animó -y convenció- para volver a Madrid y sacar sus calaveras de la intimidad.
Hasta entonces, pintarlas había sido, en Europa, su "manera" de relajarse y de "reconectar" con sus orígenes mexicanos, pero cuando trascendieron fue "el boom".
Un "montón de lugares en Malasaña querían que expusiera", la prensa se hizo eco y aquello "fue bestial". La bautizaron como la artista de las calaveras.
Pintó un mural para Casa de América, expuso en el Teatro Alcalá, en el Centro Cultural de España en México, en hoteles de lujo... Y en esas idas y vueltas entre un país y otro, Patricia Fornos regresó al Viejo Continente para fijar su residencia antes de la pandemia.
Confluyeron en aquel momento un cambio político en su país, "mucha más inseguridad", y otro "momento vital" tras la muerte de sus dos abuelas, una de las cuales le había enseñado a pintar. Así, inició "una transformación", quería ser madre y se asentó en Vigo, donde, "recién montadito" su estudio, llegó el confinamiento.
Después de la pandemia cumplió el objetivo de la maternidad con dos bebés y, a la vez, dejó de pintar. "En 2021, embarazada del mayor, fue cuando hice el último cuadro, de gran formato", recuerda.
Ese cuadro fue vendido y está en Suiza; en cambio otras de sus creaciones favoritas figuran en la exposición que inaugura este viernes en La Contenedora, en Vigo, con la que cierra esa etapa de color y se despide de las calaveras que la diferenciaron, aquellas que hacía "con los ojos cerrados" y que ahora, en la fase final, le "cuesta un mundo" trazar.
Fornos está centrada en la nueva etapa que comenzó con su maternidad. "He cambiado totalmente mi arte, estoy haciendo mucha cerámica con bordado, una obra muy delicada, muy frágil, pero yo sentía que necesitaba cerrar la etapa de las calaveras y darle una explicación a la gente que me seguía", afirma.
Ha "mutado del color y del mural, del gran formato, al pequeño, a lo delicado, a la cerámica intervenida con textil y a las cosas muy, muy manuales".
Ahora tiene una obra relacionada con la lactancia y supone, cuenta, todo un desafío, porque cree que "son temas muy delicados" y, al mismo tiempo, "difíciles de exponer y que a la gente le interesen".
Teje piezas con "un mensaje muy potente y muy incómodo; habla de la lactancia, de las heridas que se abren a veces cuando tú estás criando".
Al leer "un reportaje que decía que los flamencos, cuando crían, se vuelven blancos", se dio cuenta de que eso mismo era lo que le estaba "pasando" a ella.
Ahora "solo" le da por pintar en blanco, aunque no descarta que "en otro momento vital" el color y las calaveras regresen "transformadas".
A fin de cuentas, aunque tengan vinculación con la muerte, "siempre" las ha planteado "como una celebración de la vida", porque, dice, "en la cultura prehispánica, el morir es realmente el vivir" y por eso sus calaveras, esas a las que ahora dice hasta luego, han lucido "esa mirada tan alegre". EFE
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