
El barómetro de marzo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) dibuja una fotografía nítida del momento que atraviesa el espacio político a la izquierda del PSOE. Mientras los partidos dentro de Sumar buscan un nuevo liderazgo capaz de recomponer el proyecto, sus votantes siguen mirando hacia figuras ya consolidadas y, en algunos casos, ajenas a la propia coalición.
Entre quienes aseguran haber votado a Sumar en las elecciones generales de 2023, el 35,7% prefiere al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, como jefe del Ejecutivo. A distancia, un 17,9% menciona al portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, y un 13,9% a Yolanda Díaz, que fue la candidata de la coalición en aquellos comicios. La distribución de respuestas apunta a un electorado sin un referente propio claramente asentado, más allá del liderazgo institucional del socialista.
La secuencia no es menor. El hecho de que Sánchez encabece con claridad las preferencias de los votantes de Sumar sitúa al presidente como eje de referencia también para una parte del electorado que, en términos partidistas, se ubica fuera de su organización. Pero, además, la irrupción de Rufián como segunda opción introduce un elemento adicional: la permeabilidad de ese espacio político hacia liderazgos externos en un momento de indefinición interna.
El vacío tras Yolanda Díaz
Este escenario coincide con la renuncia de Yolanda Díaz a repetir como candidata, una decisión que ha precipitado el debate sobre el relevo al frente del proyecto. La vicepresidenta segunda, que fue el principal activo electoral de Sumar en 2023, había logrado aglutinar en torno a su figura a una constelación de partidos con trayectorias y culturas políticas distintas. Su retirada deja al espacio sin una figura de síntesis reconocible.
Es en ese vacío donde emerge el nombre de Pablo Bustinduy. El actual ministro de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030 concita, según coinciden diversas fuentes del espacio consultadas por elDiario.es, un respaldo amplio entre las organizaciones que integran Sumar. Izquierda Unida, Más Madrid, los Comunes y el propio Movimiento Sumar ven en él un perfil capaz de generar consenso interno y de facilitar una eventual recomposición del bloque.
La apuesta no responde tanto a una demanda explícita del electorado como a una lógica interna: la necesidad de encontrar una figura que no esté marcada por los conflictos recientes y que pueda servir de punto de encuentro entre sensibilidades diversas. Bustinduy, con un perfil menos expuesto mediáticamente y sin protagonismo en las tensiones públicas de los últimos años, encajaría en ese esquema.

Sin embargo, esa misma discreción que le convierte en una opción atractiva para las organizaciones es también la que explica su ausencia en el imaginario de los votantes. El ministro no figura entre los nombres mencionados espontáneamente en el CIS cuando se pregunta por la preferencia para presidir el Gobierno, a diferencia de otros dirigentes de la izquierda con mayor recorrido público.
Entre el consenso interno y el reconocimiento externo
La distancia entre ambos planos —el orgánico y el electoral— es, en buena medida, el núcleo del momento político que atraviesa Sumar. Mientras los partidos buscan ordenar el espacio a partir de una figura de consenso, los votantes siguen anclando sus preferencias en liderazgos ya conocidos, incluso cuando estos no pertenecen directamente a la coalición.
El caso de Gabriel Rufián es ilustrativo. Su presencia como segunda opción entre los votantes de Sumar se produce en paralelo a sus llamamientos a la unidad de la izquierda y a la necesidad de evitar la fragmentación del voto progresista. Sin formar parte del espacio, su figura se cuela en él como referencia política en un contexto de incertidumbre.
Algo similar, aunque con menor intensidad, ocurre con Yolanda Díaz. Pese a haber anunciado su renuncia a repetir como candidata, sigue apareciendo como una de las opciones preferidas entre su electorado. Su peso, sin embargo, queda por detrás tanto de Sánchez como de Rufián, lo que apunta a un desgaste relativo de su liderazgo tras su paso por el Gobierno y las dificultades del proyecto en los últimos meses.
En ese mismo cuadro, otras figuras de la izquierda, como Irene Montero o Pablo Iglesias, aparecen de forma marginal, lo que refuerza la idea de un espacio sin un liderazgo alternativo claramente consolidado.
La urgencia de una definición
La presión para resolver esta situación no es menor. Algunas formaciones, como Izquierda Unida, han comenzado a reclamar que el proceso de elección del nuevo liderazgo se acelere. La ausencia de una referencia clara, sostienen, debilita la capacidad del espacio para afrontar los próximos ciclos electorales y dificulta la articulación de una estrategia común.
Pero la urgencia convive con la falta de una solución evidente. Bustinduy, pese al respaldo interno, ha rechazado hasta ahora asumir ese papel. Sus reticencias, vinculadas tanto a motivos personales como a la propia concepción del liderazgo político, dejan en suspenso una operación que, en el plano orgánico, aparece como la más viable.
Mientras tanto, el electorado ofrece una señal distinta. No tanto en forma de rechazo a nombres concretos, sino a través de la persistencia de referentes ajenos o transversales al espacio. Una señal que no resuelve el dilema, pero sí delimita el terreno sobre el que se mueve: el de una izquierda que busca reorganizarse sin haber definido aún quién debe encarnar ese proceso.
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