Madrid, 9 mar (EFE).- Desde finales del XIX el aumento de la temperatura media provocado por el calentamiento global y sumado a diversas mejoras de las condiciones de vida, como la expansión de las infraestructuras o la generalización de la calefacción, han reducido la mortalidad por frío en Madrid casi un 90 % desde 1890.
Esta es una de las conclusiones incluidas en un estudio del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) cuyos detalles se han publicado en la revista Scientific Reports.
El estudio, que ha analizado la relación entre temperatura y mortalidad en la capital entre 1890 y 2019, refleja que en ese periodo el 1 % de las muertes se debió al frío o al calor, pero mientras que las provocadas por las bajas temperaturas han caído drásticamente a lo largo del siglo XX las relacionadas con el calor extremo han mantenido "cierta estabilidad".
En concreto, la mortalidad asociada al frío ha descendido de forma relevante desde finales del siglo XIX: el número de muertes causadas por frío extremo pasó del 2,2% entre 1890 y 1899 al 0,3 % entre 2010 y 2019, es decir, siete veces menos, y las asociadas al frío 'moderado' pasaron del 10,8% al 1% en el mismo periodo, casi diez veces menos.
Este descenso fue especialmente evidente a lo largo del siglo XX. En las primeras décadas analizadas, la exposición al frío causaba efectos prolongados y la mortalidad se extendía varias semanas tras el episodio de frío. Pero "en las décadas más recientes, estos efectos son más breves y de menor magnitud”, explica Dariya Ordanovich, investigadora en el Instituto de Economía, Geografía y Demografía (IEGD-CSIC) y autora del estudio.
El estudio apunta que, aunque desde 1890 la temperatura media ha crecido unos 2,2 °C y se ha reducido la frecuencia de días extremadamente fríos, el calentamiento global no explica por sí solo la reducción de fallecimientos asociados al frío moderado en casi un 90%.
En ese periodo han mejorado las condiciones de vida, se han expandido las infraestructuras urbanas, se ha generalizado el uso de la calefacción, la asistencia sanitaria ha mejorado y la esperanza de vida ha crecido.
"Precisamente, nuestro estudio analiza cómo ha variado la vulnerabilidad de la población a temperaturas no óptimas a lo largo de las profundas transformaciones demográficas, urbanas y climáticas registradas en Madrid", apunta Diego Ramiro Fariñas, coautor del estudio e investigador del IEGD-CSIC.
Pero la mortalidad asociada al calor muestra un patrón diferente.
Aunque los fallecimientos provocados por el calor moderado disminuyeron con el tiempo, con una reducción aproximada de tres veces en 130 años (del 1,8% en 1890-1899 al 0,6% en 2010-2019), los asociados al calor extremo tan solo se redujeron 1,5 veces, pasando del 1,2 % al 0,8 % en ese mismo periodo.
No obstante, la relación entre mortalidad y calor extremo se ha estabilizado en torno al 1% desde comienzos de los años 2000.
"A diferencia del frío, cuyos efectos pueden prolongarse hasta tres semanas, el calor presenta un impacto más inmediato, es decir, el incremento del riesgo se concentra en los primeros días tras la exposición", añade Ramiro.
El estudio recuerda que durante los 130 años analizados, Madrid ha experimentado profundas transformaciones climáticas y una expansión demográfica sin precedentes: de 470.000 habitantes a finales del XIX a más de 3,5 millones en la actualidad.
Este crecimiento, además, ha ido acompañado de un envejecimiento de la población en Madrid, donde las personas mayores de 65 años representan en torno al 20% de sus habitantes y que son más vulnerables al frío y al calor.
Esta evolución demográfica en el actual contexto de cambio climático se ha traducido en menos muertes por bajas temperaturas, frente a la creciente amenaza del calor, cada vez más intenso -especialmente desde 1980- y que afecta especialmente a las personas de mayor edad.
"Aunque la ciudad ha reducido notablemente su vulnerabilidad al frío, se mantiene el riesgo asociado al calor extremo —en un contexto de envejecimiento poblacional y mayor frecuencia de olas de calor—, lo que refuerza la necesidad de mantener y adaptar las estrategias de prevención dirigidas a los grupos más vulnerables", concluyen los investigadores. EFE
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