Adrián Vázquez
Barcelona, 18 ene (EFE).- Poner un pie en Rocafonda ya no es entrar en un barrio cualquiera de Mataró. Es pisar un lugar que, desde hace un tiempo, late con un orgullo distinto. Un barrio obrero, de calles estrechas, que el mundo aprendió a situar en el mapa gracias a un chico que celebra los goles marcando con los dedos su código postal. Aquí empezó todo para Lamine Yamal.
El '10' del Barcelona se crió entre estas calles. Con su padre instalado en Mataró y su abuela en Rocafonda, pasó buena parte de su infancia en el barrio y nunca rompió ese vínculo.
No hace falta rebuscar demasiado para comprobarlo. En el parque donde jugaba a fútbol cuando apenas levantaba un palmo del suelo, un mural gigante preside el paisaje urbano: una obra que es homenaje y agradecimiento a un joven aún de 18 años que no se ha olvidado de dónde viene.
Pero durante unas semanas, Rocafonda aprende a convivir con una ausencia. Del 21 de diciembre al 18 de enero, Lamine no está. No desaparece del todo —su nombre se repite en conversaciones, camisetas y murales—, pero su foco se desplaza. Son los días de la Copa Africana de Naciones, y el testigo lo recogen otros ídolos: Yassine Bounou, Achraf Hakimi y, sobre todo, Brahim Díaz.
Todos ellos representan a Marruecos, un país con una presencia profundamente arraigada en este barrio. Rocafonda habla con acento marroquí. Lo avalan los datos: según el Estudio de Población de Mataró, ya en 2023 el 58 % de los residentes extranjeros eran de origen marroquí. Y lo confirman, también, las calles.
Comercios, bares y plazas dibujan un paisaje humano que explica por qué aquí el fútbol se vive de otra manera cuando juega Marruecos, como un reencuentro colectivo con las raíces, como una cuestión de identidad y pertenencia.
Por eso este 18 de enero no es un día cualquiera. Desde 1976, la selección marroquí no levanta un título importante a nivel absoluto. Medio siglo de espera. Cincuenta años sin una alegría grande.
Muchos de los que hoy pasean con camisetas rojas y banderas al hombro jamás han visto a su selección ganar. Otros conservan apenas un recuerdo borroso, heredado más por relatos que por vivencias.
El ambiente lo delata desde primera hora. Algo se cuece en las calles, en los parques, en los bares. Hay nervios, ilusión y un cosquilleo compartido. Aún faltan dos horas para el partido, pero el barrio ya está en modo final.
Este domingo, Marruecos tiene una oportunidad histórica: la final de la Copa Africana de Naciones, además en casa, en Rabat, frente a la Senegal de Sadio Mané o Nicolas Jackson.
Se acerca las 20:00, la hora del partido. Las calles se vacían poco a poco, como si alguien hubiera bajado el volumen del barrio. Pero el murmullo no desaparece: se concentra. Brota desde los bares, donde muchos de esos marroquíes que un día emigraron a España en busca de un futuro mejor se reúnen ahora como una gran familia.
Se abrazan, discuten, rezan y sueñan juntos frente a una pantalla. Pase lo que pase, lo saben todos, este partido ya es historia. Y Rocafonda, una vez más, vuelve a sentirse en el centro del mundo. EFE
avm/jl
(video)

