Eloy Vera
Puerto del Rosario (Fuerteventura), 28 ene (EFE).- Ayoub calculó que con un neumático de camión, unas aletas, su conocimiento del mar y la compañía de un amigo podría llegar a nado desde el sur de Marruecos hasta Fuerteventura, pero no pensó que el viaje acabaría en una pesadilla tras ocho días en alta mar en un flotador, sin comida ni agua y viendo morir a su compañero durante la travesía.
Hace poco más de un año, el 7 de enero de 2024, Salvamento Marítimo informaba de que había rescatado a 16 kilómetros al sureste de Fuerteventura, casi desfallecido, a un joven magrebí sobre un neumático de camión a la deriva que aseguraba que había partido a nado desde Tarfaya, a algo más de 100 kilómetros de allí.
Su historia parecía tan increíble que los propios servicios de emergencia la pusieron en duda, hasta que les mostró los vídeos que guardaba en su móvil, los mismos que ahora comparte con EFE.
Ayoub se había ganado hasta aquel momento un jornal como pescador en Dajla, en el sur del Sáhara Occidental, hasta que las autoridades marroquíes decidieron aumentar la vigilancia en la zona y comenzaron las represalias sobre el gremio de pescadores.
"Nos quitaban el pescado y la situación económica se agravó", explica el joven por teléfono desde Italia, donde se encuentra en la actualidad. El salario que aportaba a sus padres para contribuir a la economía familiar ya no alcanzaba y empezó a soñar con emigrar.
Primero intentó cruzar a España desde Tánger, en el norte de Marruecos, pero su plan de llegar a la península con el neumático de un camión duró el tiempo que tardó en ser interceptado en aguas internacionales y devuelto a tierra.
El joven había descartado la opción de subirse a una patera por "miedo a que pudiera volcarse" y, como él era un hombre de mar, se confió en que podía hacerlo sobre un neumático.
El viaje fallido no le quitó de la cabeza la idea: se fue a Esauira a ver a su mejor amigo, Moussin, se convencieron uno al otro de que el mejor camino para llegar a Europa era a través de la Ruta Canaria y empezaron a planear el viaje.
Lo primero que hicieron fue mirar el parte meteorológico. Al ver que los pronósticos eran buenos, prepararon el material: cargadores de baterías para móviles, aletas, trajes de neopreno, agua y comida y, con todo en la mochila, marcharon a Tarfaya.
Salieron el 30 o 31 de diciembre, no recuerda con precisión. El GPS del móvil les iba marcando el camino; cuando llevaban 46 kilómetros y se veían cada vez más cerca de Canarias, la marea les devolvió diez kilómetros atrás. "Tuvimos que parar y descansar un poco", recuerda.
El viaje con el que habían soñado se esfumó y empezaron los problemas. A su lado, pasaban animales que creyeron identificar como orcas, delfines y el miedo se fue apoderando de ellos. "Pero seguíamos confiando en que podíamos conseguirlo", asegura.
"Los dos últimos días nos quedamos sin comida ni agua", recuerda. De día, el sol les quemaba la piel y, de noche, el frío y la humedad se les metía en los huesos.
Moussin empezó a delirar y a decir palabras incoherentes. En una de esas alucinaciones, cuenta Ayoub, se cayó al agua. "Lo saqué a flote, le di de beber y lo reanimé".
Como su amigo se vio incapaz de seguir moviendo las aletas, Ayoub decidió subirlo a su neumático y continuar hasta que se desvaneció y volvió a caerse. "Yo ya no tenía fuerzas para volver a sacarlo del agua; empezó a echar espuma por la boca y agonizar. Se murió en mis manos y tuve que soltarlo", lamenta.
Sin saber qué hacer y roto de dolor por la pérdida, decidió seguir adelante: "Estaba sin fuerzas e intentado componerme, pero tuve que hacer un esfuerzo para contener esas emociones y poder continuar".
Mientras el joven seguía en medio del océano, la Salvamar Ízar salía desde Fuerteventura al rescate de una neumática con 57 personas a bordo. A la vuelta, se tropezaron con un joven a la deriva montado sobre un neumático y con síntomas de hipotermia.
Ayoub recuerda "el alivio inmenso" que sintió a ver la embarcación después de tres días sin agua ni comida. "No tenía fuerzas para continuar aunque veía Fuerteventura cerca", recuerda.
La Salvamar lo dejó en el muelle de Gran Tarajal y de ahí fue a parar a un centro de atención humanitaria en Puerto del Rosario, donde intentó reponerse de lo vivido esos días y acudió al centro de salud para curarse las quemaduras del sol.
Asegura que no pudo vivir el sentimiento de alegría que otros chicos contaban tras llegar al centro de acogida y pisar Europa. "Nunca sentí esa alegría porque siempre tenía en mente a mi amigo", explica.
Tras 26 días en Fuerteventura, lo derivaron a un centro de acogida en Murcia, donde pasó un mes hasta que empezó a buscarse la vida por sí solo y así continúa. Lo más difícil desde que pisó España, asegura que ha sido el limbo en el que ha vivido por no tener documentación.
Hace tres meses, se fue a Italia en busca de nuevas oportunidades. Antes recogió naranjas en Granada y cortó el pelo en Tormelloso, en Albacete, aprovechando sus conocimientos de barbería. "Siendo inmigrante irregular la vida se complica mucho más", explica.
En su día a día como emigrante en Europa no hay grandes sueños ni utopías, reconoce, sino solo el deseo de "llevar una vida normal, tener una casa digna y un trabajo".
Tras un rato de conversación telefónica, Ayoub se despide. Antes, una última pregunta: ¿volverías a hacer el viaje? Responde, sin dudarlo: "Jamás". EFE
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