
El 17 de julio de 1936, tras el fallido golpe de Estado del bando franquista y el estallido de la Guerra Civil que se cobró miles de vidas, se desencadenó la mayor evacuación de obras de arte de la historia de España, que cumple ahora 90 años. Solo unos días después, la Dirección General de Bellas Artes creó en Madrid la Junta de Incautación y Protección del Tesoro Artístico, origen de las diversas Juntas que se formaron en la España republicana e integradas por funcionarios y voluntarios encargados de salvaguardar el patrimonio artístico, y encargada de salvar las obras de arte del Museo del Prado de las bombas.
Durante décadas, el régimen franquista construyó un relato muy diferente. La dictadura acusó a la República de azuzar a los grupos revolucionarios para quemar iglesias e imágenes religiosas. La realidad fue muy diferente. Si bien se destruyeron obras arquitectónicas, no fue con el beneplácito del Gobierno. Todo lo contrario. Su objetivo fue protegerlas. Es más, la vuelta de las obras salvadas y reunidas al finalizar la contienda fue resultado de la acción previa de la República y no de las autoridades franquistas. Todo empezó en la capital.
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Sortear las bombas durante tres años de contienda
La guerra convirtió a Madrid en una ciudad sitiada y el pánico ante la destrucción era real. La Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico movilizó a expertos y voluntarios que, liderados por Josep Renau y el pintor Timoteo Pérez Rubio, recorrieron iglesias, conventos y palacios, empaquetando cuadros bajo el sonido de las sirenas antiaéreas. Sin embargo, mover el Prado, donde se encontraban las pinturas más importantes del país, fue la mayor pericia.
En una conferencia, el catedrático y experto Arturo Colorado Castellary ha reconstruido aquella atmósfera. “Fue la mayor empresa de traslado y salvamento de obras de arte de toda la historia”, aseguró entonces. El Prado, el Museo Arqueológico, el convento de las Descalzas Reales y la basílica de San Francisco el Grande se transformaron en fortalezas improvisadas donde el arte se mezclaba con sacos terreros y vigas de madera. Las obras, que también llegaron de otros municipios de todo el país, se trasladaron a las cámaras bajas en un primer momento. Se embalaron con varias capas de materiales para protegerlas del fuego y la humedad, y cada caja fue registrada con precisión. Pero no era suficiente.
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El único viaje de “Las Meninas” fuera de España
La junta decidió que Madrid no era segura, de modo que las obras emprendieron un arriesgado viaje de cientos de kilómetros. La primera parada fue Valencia; la última, Ginebra. La evacuación del Prado y del resto de obras se convirtió en un operativo lento y minucioso. Los camiones avanzaban a 15 kilómetros por hora, y cada parada era una prueba. El miedo a los bombardeos era constante. “Fue la única vez en la historia que Las Meninas han salido de España”, destacaba Colorado.

El destino inicial fueron las Torres de Serrano y la Iglesia del Patriarca de Valencia, que se adaptaron como depósitos blindados. Allí, en medio de la tensión, se produjo una de las escenas más inusuales del éxodo: técnicos británicos del British Museum exigieron comprobar el estado de los cuadros. Se abrió la caja de Las Meninas y, ante el asombro de todos, posaron junto a la pintura para certificar internacionalmente su integridad.
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Leyendas en la montaña
El avance de las tropas franquistas obligó a nuevos traslados: primero a Barcelona, luego al norte de Cataluña. El éxodo de las obras siguió los pasos del propio gobierno republicano, en una huida paralela marcada por la improvisación y el peligro. En el trayecto, los cuadros El dos de mayo y El tres de mayo de Goya sufrieron daños cuando un balcón bombardeado cayó sobre el camión que los transportaba a través de Benicarló. El Dos de mayo perdió parte de la masa pictórica, un daño que el Prado no restauró hasta décadas después, y que durante años fue la cicatriz visible de aquel viaje. “Yo tengo que reconocer que ahí me dio un poco de pena, porque era el único vestigio que quedaba de toda la aventura de la guerra. No quedaba otro”, apuntó el experto en su conferencia.

Los refugios del arte se multiplicaron en escenarios inesperados. El castillo de San Fernando de Figueres almacenó cientos de cajas, y la remota mina de talco de La Vajol fue adaptada como cámara acorazada. Colorado Castellary relató cómo la ubicación y el secretismo de la mina dieron pie a leyendas sobre tesoros ocultos, aún hoy objeto de búsqueda para aficionados e historiadores. Nunca encontrarán nada. La totalidad de las obras abandonó España. Pero para ello hicieron falta muchas conversaciones.
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Un pacto de Figueres a base de diplomacia de emergencia
La dimensión internacional del rescate se solidificó en el tramo final. El pintor José María Sert —conocido por sus murales en Ginebra y su amistad con figuras de la Sociedad de Naciones— impulsó la creación del Comité Internacional para el Salvamento de los Tesoros de Arte Españoles. El comité, con representantes del Louvre, la National Gallery, el Metropolitan Museum y museos suizos y holandeses, se formó en tiempo récord. Tras muchas conversaciones y un pacto a base de diplomacia de emergencia, la República aceptó el viaje de las obras a Suiza.
Según detallaba el experto, el 9 de febrero de 1939, 71 camiones cruzaron la frontera con Francia y, tras un breve paso por Le Boulou y el Château d’Aubigny, embarcaron en tren hasta Ginebra. La aduana suiza pesó cada bulto: 1.868 cajas, 140 toneladas de arte. En los sótanos de la Sociedad de Naciones, un equipo internacional —con Timoteo Pérez Rubio y Jacques Jaujard— inventarió más de 540 pinturas del Prado junto a tapices, esculturas y documentos.
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Durante semanas, diplomáticos y técnicos revisaron cada caja. No tardarían en regresar a España. Tras la Guerra Civil española, estalló la Segunda Guerra Mundial, y la vuelta se precipitó. En septiembre de 1939, un tren atravesó Francia con las cajas del Prado a oscuras, por temor a los bombardeos. El 7 de septiembre, la colección llegó a la estación de Príncipe Pío en Madrid. “El Prado estaba completo, no faltaba ni una sola obra”, destaca Colorado, apoyándose en los inventarios y los registros de la época. El crítico de arte Álvarez de Sotomayor y la prensa franquista celebraron la recuperación, mientras los protagonistas del salvamento quedaron relegados al olvido.
90 años después, el exilio del Prado sigue siendo caso de estudio en museos y universidades de todo el mundo. Colorado Castellary concluyó su exposición reivindicando el esfuerzo colectivo y la cooperación internacional que permitieron salvar el corazón del arte español. Hoy, la memoria de aquella evacuación recuerda que la cultura puede sobrevivir al conflicto si existen la voluntad, la profesionalidad y la valentía de quienes creen en el arte como patrimonio común de la humanidad.
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