
Hay episodios que, lejos de diluirse con el paso del tiempo, adquieren un halo casi novelesco que los hace aún más irresistibles. Así sucede con una de las anécdotas más comentadas en la historia de los viajes oficiales de la reina Sofía, quien durante su primera visita de Estado a Argentina, en 1978, protagonizó sin pretenderlo una escena tan insólita como difícil de olvidar.
Tal y como recogía en aquel momento el diario La Nación, los entonces reyes de España, Juan Carlos I y doña Sofía, llegaron a Buenos Aires en noviembre de aquel año, en un contexto político marcado por la dictadura militar. A pesar de las circunstancias, la agenda institucional se desarrolló con la solemnidad habitual, incluyendo una fastuosa recepción celebrada en el emblemático Concejo Deliberante, donde se congregaron cerca de dos mil invitados pertenecientes a la élite social, política y empresarial del país.
La ocasión exigía un estricto protocolo. Los caballeros debían vestir traje oscuro, mientras que las damas lucían vestidos largos acordes con la formalidad del evento. Fiel a su inconfundible estilo, discreto, pero siempre impecable, la reina griega apostó por un elegante conjunto en blanco, realzado con sutiles detalles en rojo que aportaban un aire sofisticado y contemporáneo. Sin embargo, la pieza que captó todas las miradas fue una delicada capa de gasa de seda natural, ligera y semitransparente, que caía con gracia sobre sus hombros y envolvía casi por completo su figura, aportando un toque etéreo al conjunto.

La velada transcurría con absoluta normalidad, entre saludos protocolarios, conversaciones distendidas y un ambiente cuidadosamente coreografiado. No obstante, en un momento dado, ya acomodada en la mesa presidencial, doña Sofía decidió retirarse la capa, quizá buscando mayor comodidad. Con naturalidad, se la entregó a uno de sus asistentes, sin imaginar que ese gesto cotidiano daría lugar a una cadena de acontecimientos inesperados.
La prenda inició entonces un recorrido tan curioso como desconcertante. Pasó de mano en mano entre miembros del servicio y del personal de organización, hasta que una invitada, con aparente amabilidad, se ofreció a llevarla al guardarropa. Nadie sospechó que aquel ofrecimiento, en principio inofensivo, acabaría convirtiéndose en el origen de un pequeño caos.

Fue al término de la cena, cuando la reina Sofía se disponía a abandonar el recinto, cuando surgió el contratiempo. Al solicitar su capa, nadie pudo indicar su paradero. La sorpresa dio paso rápidamente a la preocupación, y los equipos de protocolo, tanto españoles como argentinos, activaron una búsqueda urgente por todo el edificio. Sin embargo, los minutos pasaban y la prenda no aparecía.
Lejos de perder la compostura, Sofía mantuvo la serenidad que siempre la ha caracterizado y, ante la imposibilidad de recuperar la capa en ese momento, optó por retirarse discretamente. Mientras tanto, las autoridades se comprometieron a esclarecer lo sucedido y a localizar la prenda lo antes posible.
La resolución llegó apenas unas horas después, casi con la rapidez de un desenlace cinematográfico. Según relataba el citado medio, la policía logró identificar a la persona que había intervenido en el traslado de la capa y localizó la prenda en su domicilio. Fue devuelta de inmediato a la embajada de España, poniendo así punto final a un episodio tan incómodo como sorprendente.
Con el tiempo, se supo que la protagonista involuntaria de esta historia había sido Julia Sundblad de Beccar Varela, miembro de una conocida familia argentina, quien explicó lo sucedido apelando a un simple descuido. Según su versión, se llevó la capa sin ser plenamente consciente de ello, en un gesto fruto de la distracción más que de la intención.
Afortunadamente, todo quedó en una anécdota sin mayores consecuencias, aunque con el paso de los años ha seguido evocándose como uno de los momentos más singulares en la trayectoria internacional de la reina emérita. Un pequeño “papelón histórico”, como lo definió la prensa argentina, que aporta un matiz humano a la institución y recuerda que incluso en los escenarios más solemnes pueden surgir situaciones inesperadas.
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