
Ver porno y ser un chatbot sexual eran los trabajos de un joven en Kenia. Durante ocho horas analizaba videos explícitos para una empresa de inteligencia artificial y, al terminar, conversaba por mensaje con usuarios de Estados Unidos como operador humano de robots sexuales. Tras sufrir un fuerte desgaste emocional, abandonó estos empleos para fundar una organización llamada Data Labelers Association (DLA) y, además, relató en un libro su experiencia.
El trabajo de Michael Geoffrey Asia consistía en pasar horas frente a una pantalla viendo pornografía y anotando lo que sucedía en cada fotograma para una empresa de inteligencia artificial, clasificando el contenido según distintas categorías. Tras varios meses desarrollando esa tarea, al igual que otros etiquetadores de datos, desarrolló insomnio, trastorno de estrés postraumático y dificultades para mantener relaciones sexuales. “Llegó un punto en el que mi cuerpo no podía funcionar. Cuando veía a alguien desnudo, ya no sentía nada”, declaró a 404media.
En su segundo trabajo, Asia debía hacerse pasar por un chatbot sexual, lo que le exigía una gran creatividad y agilidad mental para adaptarse a cada usuario. Por ejemplo, si hablaba con un hombre heterosexual, asumía el rol de una mujer. Debía ajustar sus mensajes según la orientación y preferencias de la persona con la que interactuaba. En un primer momento, su función consistía en “entrenar” robots con inteligencia artificial, pero con el tiempo, se dio cuenta de que estaba interactuando en tiempo real con personas reales.

Asia alcanzó un punto crítico y decidió abandonar ambos empleos vinculados a la inteligencia artificial. Actualmente es secretario general de la Data Labelers Association (DLA) en Kenia y autor de The Emotional Labor Behind AI Intimacy, donde relata su experiencia como trabajador humano detrás de los chatbots sexuales con IA. Desde la DLA, Asia intenta que los etiquetadores de datos consigan mejores salarios, acceso a servicios de salud mental y la eliminación de acuerdos de confidencialidad restrictivos.
Detrás de la IA: ver y clasificar contenido
Los etiquetadores de datos representan una parte relevante de la fuerza laboral tecnológica en Kenia. Su labor consiste en entrenar y moderar los resultados de herramientas de inteligencia artificial desarrolladas por las principales empresas del sector. Pese a su función clave, reciben salarios bajos, disponen de pocos recursos de apoyo en salud mental y, en muchos casos, sus tareas son supervisadas por algoritmos poco transparentes.
“Te dan un vídeo y te piden que lo describas, o te dan fotos de personas y te piden que identifiques rostros. Tienes que dibujar recuadros alrededor de los rostros y etiquetarlos”, explicó el extrabajador, quien recibía instrucciones diarias a través de un correo electrónico con un enlace para acceder a las tareas.
Hace unas semanas, el periódico sueco Svenska Dagbladet reveló que algunos etiquetadores de datos kenianos han estado viendo y clasificando grabaciones sin censura tomadas por las gafas con cámara de IA, material que incluye imágenes muy sensibles y violentas.

Asia estudió gestión de carga aérea en la universidad, con la expectativa de trabajar planificando rutas de carga y equipaje. Sin embargo, la crisis provocada por la COVID-19 en el sector impidió que encontrara empleo en esa área. Poco después, a su hijo le diagnosticaron cáncer linfático y solicitó un préstamo de unos 17.000 dólares para cubrir los gastos del tratamiento. Ante la urgencia económica, ingresó al sector del etiquetado de datos. “Eran unos 240 dólares estadounidenses al mes, pero sentí que no tenía otra opción”, relató.
Durante años, el trabajo de los etiquetadores de datos africanos ha permanecido en la sombra, como una labor invisible que sostiene el desarrollo de productos tecnológicos en Estados Unidos. “La IA nunca podrá ser IA sin los humanos. No es inteligencia artificial. Es inteligencia africana”, afirmó Asia.
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