Los niños pasan 25 días al año enfrente de las pantallas: aumenta el riesgo de obesidad y malestar psicológico entre los 8 y los 16 años

Solo el 4,5% de los jóvenes españoles cumple con el límite de pantallas de dos horas diarias recomendado

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La infancia pasa 25 días
La infancia pasa 25 días al año enfrente de las pantallas. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para muchos niños y adolescentes en España, crecer no solo trae cambios de estatura o voz, también significa menos tiempo corriendo, jugando o haciendo deporte, y más horas frente a pantallas. Los tiempos han cambiado y así lo demuestra un estudio de la Gasol Foundation, que revela que en apenas tres años y medio, los hábitos de vida de los jóvenes empeoran, afectando tanto a su salud física como emocional.

Entre 2019 y 2025, 701 jóvenes de 8 a 16 años participaron en el estudio PASOS Longitudinal, que siguió de cerca sus rutinas diarias. Los resultados muestran una caída considerable de la actividad física. “En tan solo 3,58 años de seguimiento, las 701 personas participantes disminuyen su práctica de ejercicio moderado o vigoroso de forma sustancial, suponiendo una pérdida promedio de más de 9 horas al mes”, señala el informe.

Además, la alimentación tampoco escapa al deterioro. La adherencia a la dieta mediterránea ha caído medio punto en el índice KidMed (cuestionario que evalúa la calidad nutritiva de los niños), y el porcentaje de jóvenes que mantiene una adherencia alta a este patrón alimentario se ha desplomado del 46,2% al 35,3%.

Episodio: Dieta Mediterránea.

Efectos de los 25 días enfrente de una pantalla

El tiempo frente a móviles, tabletas y consolas se disparó 11,33 horas semanales. Traducido a cifras anuales, esto significa que dedican casi 25 días completos más al año a dispositivos electrónicos que cuando comenzó el estudio. Las consecuencias son evidentes en el cumplimiento de las recomendaciones sanitarias. Actualmente, solo el 4,5% de los participantes cumple con la recomendación de no superar las dos horas diarias de pantallas durante el fin de semana, frente al 24,8% que lo hacía al inicio. “El aumento en el uso de pantallas es uno de los resultados más preocupantes del presente informe”, advierten los investigadores.

Y entre sus efectos, se encuentran las horas de resentimiento del descanso y sueño. La proporción de jóvenes que cumple con las recomendaciones de horas de sueño ha caído más de 18 puntos porcentuales durante los fines de semana, cuando el ocio nocturno y el uso de dispositivos se prolongan más.

Asimismo, el malestar psicológico se disparó en 17,3 puntos porcentuales, pasando del 18,3% al 35,6%. “El bienestar psicológico durante la adolescencia y la primera etapa de la edad adulta es básico para la construcción de la identidad propia y un pleno desarrollo saludable”, recuerdan los autores.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, anuncia la prohibición del uso de redes sociales a menores de 16 años. (Europa Press)

La cintura dice más que la báscula

Por otro lado, el estudio introduce el coeficiente cintura/talla como indicador más fiable que el tradicional Índice de Masa Corporal (IMC) para detectar riesgo cardiometabólico en los más jóvenes. Los resultados muestran una clara relación entre este indicador y los hábitos de vida. Quienes lograron reducir su coeficiente cintura/talla practicaban casi 7 minutos más de actividad física diaria y tenían mejor adherencia a la dieta mediterránea desde el inicio del estudio.

En cambio, quienes lo aumentaron ya presentaban al principio 53 horas menos de sueño al año, mayor uso de pantallas y 4,2 puntos porcentuales más de malestar psicológico. “Se trata de un coeficiente sencillo de evaluar, sensible a cambios en la adiposidad a nivel abdominal, que permite ir más allá del pesocentrismo”, explican los investigadores.

El coeficiente cintura/talla es más
El coeficiente cintura/talla es más fiable que el Índice de Masa Corporal (IMC) para detectar riesgo cardiometabólico. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Las niñas, las más afectadas por la obesidad

Un análisis complementario publicado en Obesity Facts muestra que la obesidad entre las niñas y adolescentes españolas se ha duplicado entre 2000 y 2019, pasando del 5,1% al 10%, mientras que la obesidad abdominal creció del 9,3% al 20%. Según Santi F. Gómez, director global de investigación de la Gasol Foundation, “el crecimiento de la obesidad abdominal en niñas y adolescentes es muy pronunciado y refleja desigualdades de género y socioeconómicas”.

En este sentido, las desigualdades se han intensificado de forma dramática. Para la población de menor nivel socioeconómico, la probabilidad de presentar obesidad era 29 veces mayor en 2019 respecto al año 2000, mientras que para la población más favorecida esta probabilidad no ha cambiado. Y en el caso de la obesidad abdominal, la brecha es aún mayor. La probabilidad es 65 veces superior para los grupos más desfavorecidos.

La obesidad severa es una enfermedad crónica, compleja y con una alta prevalencia, que se asocia frecuentemente con otras enfermedades crónicas como la hipertensión arterial, la diabetes o enfermedades cardiovasculares.

La renta marca la salud de la obesidad infantil

Es más, el propio estudio reconoce que los niños y adolescentes que participaron tenían, en general, familias con más dinero y más educación que la media. Por ejemplo, había un 10,6% más de familias con estudios universitarios y la renta anual era 243 euros más alta por persona. Es decir, los resultados podrían subestimar lo grave que es la situación en la mayoría de los niños y adolescentes en España. “Nos encontramos ante un problema sistémico que requiere una intervención integral y holística. No es una consecuencia de decisiones individuales, libres y voluntarias, ni mucho menos una cuestión estética vinculada al peso”, afirman los investigadores.

Por ello, urgen a intensificar la implementación de políticas públicas que contribuyan a generar entornos promotores de la salud y menciona como referencia el Plan Estratégico Nacional para la Reducción de la Obesidad Infantil (PENROI). Entre las recomendaciones destacan limitar el tiempo de pantalla, fomentar actividad física y hábitos saludables, formar a profesionales desde una perspectiva integral que evite el estigma, y utilizar el coeficiente cintura/talla como indicador complementario al IMC.