Un estudio demuestra que el calor acelera el envejecimiento

La investigación de la Universidad de California del Sur (USC) apunta que el calor extremo hace que el cuerpo envejezca antes

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Ciclista por las
(Foto de ARCHIVO) Ciclista por las calles de Sevilla en plena ola de calor. (Francisco J. Olmo / Europa Press)

Un estudio de la Universidad de California del Sur (USC) ha demostrado que la exposición continua al calor extremo acelera el envejecimiento biológico en la población de mayor edad. La investigación, publicada en la revista Science Advances, ha determinado que quienes residen en zonas donde los días de calor elevado son más habituales muestran un envejecimiento biológico mayor que los habitantes de áreas más frescas.

El trabajo ha sido liderado por Jennifer Ailshire, profesora de gerontología y sociología en la USC Leonard Davis. A diferencia de otros estudios, este trabajo introduce una distinción clave entre edad cronológica (la que marca la fecha de nacimiento) y edad biológica, que mide cómo funciona realmente el cuerpo a nivel molecular, celular y de sistemas. Tener una edad biológica superior a la cronológica se asocia con un mayor riesgo de enfermedad y mortalidad, lo que convierte este hallazgo en una señal de alerta para la salud pública.

Hasta ahora, la exposición al calor extremo se había relacionado sobre todo con efectos directos, como el aumento del riesgo de muerte y problemas cardiovasculares o respiratorios. Sin embargo, el vínculo entre el calor y el envejecimiento biológico no había sido demostrado con claridad. Para abordar esta cuestión, Ailshire y su coautora, Eunyoung Choi, doctora en Gerontología por la USC y becaria postdoctoral, analizaron datos de más de 3.600 participantes del Estudio de Salud y Jubilación (HRS, por sus siglas en inglés), todos ellos mayores de 56 años y residentes en distintos puntos de Estados Unidos.

Correlación entre calor y envejecimiento biológico

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Durante un periodo de seis años, se tomaron muestras de sangre en diferentes momentos y se analizaron en busca de cambios epigenéticos. Estos cambios hacen referencia a modificaciones en la forma en que los genes se activan o desactivan mediante un proceso conocido como metilación del ADN. Para interpretar estos datos, las investigadoras utilizaron herramientas matemáticas llamadas relojes epigenéticos, que permiten estimar la edad biológica a partir de los patrones de metilación genética. Posteriormente, los cambios en la edad biológica se compararon con el historial del índice de calor de las zonas donde vivían los participantes y con el número de días de calor registrados por el Servicio Meteorológico Nacional entre 2010 y 2016

El análisis reveló una correlación significativa entre los vecindarios con mayor número de días de calor extremo y las personas que experimentaban mayores incrementos en su edad biológica. Esta relación se mantuvo incluso después de controlar variables como diferencias socioeconómicas y demográficas, así como factores de estilo de vida como la actividad física, el consumo de alcohol o el tabaquismo. Es decir, el efecto del calor se mantuvo independientemente de otras condiciones que también influyen en la salud.

La vulnerabilidad de las personas mayores

El estudio pone el foco especialmente en la población de mayor edad, que resulta más vulnerable a los efectos del calor. Según Ailshire, el problema está en que “las personas mayores no sudan de la misma manera” pues, con la edad, “comenzamos a perder la capacidad de tener el efecto refrescante en la piel que proviene de la evaporación del sudor”. En contextos de alta humedad, este mecanismo se reduce, lo que incrementa el riesgo fisiológico.

Además del impacto individual, los resultados del estudio abren el debate sobre la planificación urbana y las políticas públicas. Las investigadoras señalan que estos hallazgos podrían influir en decisiones relacionadas con la mitigación del calor en las ciudades, como el diseño de infraestructuras más adaptadas a las personas mayores, la construcción de espacios con sombra, la plantación de árboles y el aumento de zonas verdes. La disposición de aceras, paradas de autobús y espacios públicos también podría jugar un papel relevante en la reducción del impacto térmico en poblaciones vulnerables.