
La era de los grandes imperios terminó con el fin de la Primera Guerra Mundial, pero no las ansias mundanas de querer más. Más territorios por “seguridad nacional” (como afirma el Gobierno de Trump con Groenlandia); más territorios por tratarse de “nuestra tierra” (como llama Putin a Ucrania); más territorios en busca de “recursos vitales” (como excusó Hirohito su ataque a Peal Harbour). Es precisamente ese ‘espacio vital’ (Lebensraum, término original acuñado en Alemania) al que aluden quienes operan bajo la ley del más fuerte.
“Vivimos en un mundo, en el mundo real... que se rige por la fuerza” fueron las palabras exactas del asesor de la Casa Blanca Stephen Miller a la CNN durante el día de Reyes Magos, como el niño que pide su regalo de Navidad en una carta supervisada por sus padres: un territorio danés autogobernado llamado Groenlandia.
No obstante, esta no es la primera vez que Estados Unidos trata de adquirir territorio que no le pertenece, ya sea comprándolo o invadiéndolo. El estado número 49, Alaska, fue incluido en el país por una transacción del secretario de Estado del momento, William Seward, con Rusia por 7,2 millones de dólares. La cantidad pagada supera la primera propuesta de EE. UU. para poseer Groenlandia: un año después de la compra (1869) y por 5,5 millones de euros. Pero ¿qué le llevó a Estados Unidos a comprar al que se convertiría en el estado más extenso del país?
Negocio rentable para Estados Unidos: comprar Alaska por 7,2 millones de dólares en oro
En 1867, Estados Unidos adquirió Alaska, aunque no se constituiría como el 49 estado del país confederado hasta enero de 1959. El precio que abonó el Gobierno de EE. UU. fue entonces el equivalente a 7,2 millones de dólares en oro. Tras la compra de Alaska, aún le quedaba por hacerse con Hawái. Y, del mismo modo que sucedió con Alaska, el territorio isleño estuviese bajo dominio estadounidense desde 1898, pero no se se convirtió oficialmente en un estado de la unión hasta mucho después, el 21 de agosto de 1959.
Fue, precisamente, cuando EE. UU. formalizó la compra de Alaska, el momento en que surgieron iniciativas en la esfera política estadounidense para evaluar la posible anexión de Groenlandia y también de Islandia. De hecho, el 1 de julio de 1868, varios periódicos estadounidenses publicaron que William Henry Seward, entonces secretario de Estado, estaba negociando la adquisición de Groenlandia por 5,5 millones de dólares en oro. Seward participaría en la compra de Alaska, así como en las intentonas con Groenlandia.
Sin embargo, el intento no prosperó, pero la ambición de controlar el territorio nórdico no desapareció del todo. Décadas después, durante la Segunda Guerra Mundial, los acontecimientos dieron un giro: con Dinamarca bajo ocupación alemana, Estados Unidos asumió el control de facto de Groenlandia, aunque al término del conflicto devolvió la isla a la soberanía danesa.
Sea como fuere, los vaivenes con los que Estados Unidos se ha adueñado de varios territorios ha dejado una huella que todavía se percibe en la cultura, la arquitectura y las relaciones diplomáticas entre Washington y Moscú. Aunque el imaginario colectivo asocia actualmente este territorio con sus reservas de petróleo, el trasfondo de la operación dista mucho de la narrativa dominante.
Por aquel entonces, el gobierno del zar Alejandro II (quizá conocido por ser el padre de Anastasia) selló con Estados Unidos la venta de Alaska para poner fin a un periodo en el que la continuidad rusa en el territorio había resultado insostenible, desde el punto de vista económico y geopolítico. El desgaste provocado por la guerra de Crimea y el temor ante una eventual expansión británica en la región influyeron decisivamente en la decisión de la corte de San Petersburgo.
La herencia rusa persiste en Alaska
La implicación rusa en Alaska, que se remonta al siglo XVIII, responde al empuje inicial de comerciantes y exploradores, atraídos por la rentabilidad de las pieles de nutria marina. Este impulso derivó en la fundación de la Compañía Ruso-Americana, a la que la emperatriz Catalina la Grande otorgó el monopolio para la administración y explotación del territorio.
A la actividad comercial se sumó la llegada de sacerdotes ortodoxos rusos, que erigieron misiones e iglesias caracterizadas por cúpulas en forma de cebolla, aún visibles en ciudades como Sitka y Anchorage. La impronta de la presencia rusa ha logrado perdurar más de siglo y medio después de la venta, manifiesta en costumbres, tradiciones y edificaciones que hoy forman parte del paisaje alaskano.
El deterioro de la posición rusa ha propiciado el debate interno sobre la pertinencia de mantener Alaska como una colonia. Las dudas sobre la viabilidad del territorio llevaron a que, en una carta escrita en julio de 1867, Eduard de Stoeckl reconociera la resistencia que su tratado encontraba en el seno de su propio país, afirmando: “Mi tratado ha encontrado fuerte oposición... pero esto se debe a que en casa no se conoce la verdadera situación de nuestras colonias. Solo nos quedaba venderlas o esperar que nos las arrebataran”.
Reacciones, controversias y consecuencias del acuerdo
El anuncio de la venta de Alaska no tuvo una acogida positiva ni en Rusia ni en Estados Unidos. La prensa liberal rusa, en periódicos como Golos, cuestionó la medida preguntándose si se había sacrificado el orgullo nacional por “apenas seis o siete millones de dólares”. Por su parte, medios estadounidenses como el New-York Daily Tribune manifestaron su escepticismo con términos como: “Podremos firmar un tratado con Rusia, pero no podremos hacerlo con el Rey de la Nieve”.
Existieron posiciones críticas sobre el precio pactado y sobre el valor real del territorio transferido. El New York World afirmaba en abril de 1867: “Rusia nos ha vendido una naranja exprimida. Sea cual sea el valor real de ese territorio y sus islas, para Rusia ya no significaba nada”.
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