
El 5 de enero, cientos de familias se amontonan en las calles principales de sus ciudades para ver a sus majestades repartir caramelos entre los más pequeños, quienes esperan que esa noche Melchor, Gaspar y Baltasar recorran casa a casa para dejarles su regalo. No lo hacen solos. Lo hacen acompañados de sus tres camellos y, como manda la tradición, en las cabalgatas y desfiles navideños se utilizan animales para representar mejor la escena navideña.
Renos, camellos, dromedarios, burros o caballos siguen formando parte de algunas celebraciones en distintas ciudades, pese a las crecientes críticas de organizaciones animalistas y a los cambios introducidos por la Ley 7/2023 de protección de los derechos y el bienestar de los animales.
Según Rosa Más, bióloga de la plataforma Defensa Animal, el problema va mucho más allá de episodios concretos de maltrato. “El uso de animales en espectáculos refuerza la aberrante postura supremacista humana, fomentando la idea de que es correcto dominar y controlar a otros animales, obviando por completo sus intereses”, afirma a Infobae. “Ningún animal no humano siente el menor apego a participar en una aglomeración humana acompañada de ruidos y luces estridentes, una situación motivo de gran estrés para todos ellos”, añade.
Desde su punto de vista, “no disfrutan ni les supone motivo alguno de diversión”, debido a que “el ambiente es ajeno y hostil” y cualquier espectáculo humano “para ellos se traduce en miedo, angustia, incomodidad, dolor y la imposibilidad de realizar cualquier comportamiento natural”.

El “bienestar animal”, una ley cuestionada
Uno de los argumentos habituales desde los ayuntamientos para defender la presencia de animales en cabalgatas es el cumplimiento de los estándares de bienestar animal. Sin embargo, desde Defensa Animal consideran que se trata de una justificación falaz. El bienestar animal se apoya en cinco conceptos: libres de hambre y sed, miedo y angustia, incomodidad, dolor y enfermedad, y con posibilidad de expresar su comportamiento natural. No obstante, según la bióloga, en estos eventos apenas se cumplen.
“De todas estas presuntas buenas intenciones, evidentemente solo puede cumplirse el suministro de alimento y agua con la finalidad, no de que los animales se sientan bien, sino de mantenerlos con vida”, subraya. A su juicio, el objetivo último es que puedan “desempeñar la función que se les ha asignado arbitrariamente: distraer al público”.
Este diario se ha intentado poner en contacto con los ayuntamientos de Madrid, El Escorial y Ourense, donde “se han hecho públicas imágenes que han despertado la crítica social”, según la organización. Sin embargo, a la escritura de estas líneas, no hemos recibido respuesta.
A pesar de ello, con la entrada en vigor de la Ley 7/2023 de protección animal se redefinió el marco legal para el uso de los animales en cabalgatas, estableciendo límites claros sobre el estado físico y psíquico de los animales, las condiciones ambientales, el esfuerzo excesivo, el ruido y la prohibición del uso de animales silvestres.
Aun así, Defensa Animal considera que la ley se queda corta. “La normativa es completamente insuficiente, pues lo que debe hacer es acabar con el uso de animales como entretenimiento sin medias tintas ni titubeos”, afirma Nevado. En su opinión, “cualquier cabalgata con animales siempre va a generar estrés y sufrimiento, además de que esos animales van a estar toda su vida sometidos”.
Qué animales se usan y en qué condiciones
Diego Nevado, portavoz de la plataforma, explica a Infobae que en las cabalgatas se utilizan “renos, camellos, dromedarios, burros, mulas o caballos, entre otros”. El problema principal, insiste, no es solo la especie: “El principal problema está en el uso, la mentalidad de que podemos hacer con los animales lo que queramos es lo que normaliza estas situaciones”.
Según él, muchos de estos animales “viven confinados toda su vida y al servicio de un empresario”, a lo que se suma el impacto del propio desfile: “El sufrimiento que les provoca el ambiente hostil, gritos, exceso de luz o de gente”. Pero los efectos no se limitan solo al espectáculo. “El estrés crónico al que se somete a estos animales se manifiesta en comportamientos de alerta permanente, intentos de huida, alteraciones en la alimentación y el descanso y un evidente deterioro de su estado físico y emocional”.
Desde Defensa Animal, denuncian que estos animales son tratados como objetos, “cosificados, tratados como cromos intercambiables, como mercancías, sin el menor respeto o consideración a sus intereses más básicos”. Lejos de fomentar una relación respetuosa, consideran que estos eventos promueven “su obediencia y sumisión como objetos a nuestro servicio”.
Esto ha llevado a que, para el portavoz de la organización, no existan soluciones intermedias. “La única medida que protege a los animales es dejar de verlos como cosas y liberarlos de las obsoletas tradiciones para dañarlos”. En consecuencia, la organización defiende “el abolicionismo y el antiespecismo, además de la educación empática desde la infancia”. “No hay forma ética de esclavizar a los animales y someterles a los intereses humanos para los cuales no hay ninguna reciprocidad”, concluye.
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